17 de abril de 2026
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Por Marcelo Torrez

Realidad, relato y militancia

El periodista y relator de fútbol Víctor Hugo Morales, por estas horas en Mendoza y uno de los defensores más férreos que haya tenido y tiene el gobierno de Cristina Fernández, aseveró ayer que de ninguna manera se considera “un militante del gobierno”, que muchas veces se ha enfrentado a sus políticas y que el disenso y las diferencias políticas que se abrieron en la sociedad argentina durante los últimos años lejos de dañar al país, han provenido de un ejercicio puramente democrático.

Ni Morales ni nadie puede negar un país partido al medio y dividido por las visiones políticas, por el modo de ver la cotidianeidad de la Argentina, por el origen de los problemas y hasta por la negación absoluta de la realidad, una realidad que muestra su cara más preocupante, como los desacoples económicos, la inflación, el temor a quedar sin trabajo, la incertidumbre de las pequeñas empresas de si podrán hacer frente el mes que viene a las obligaciones contraídas con proveedores y empleados, la pobreza, la inseguridad y la pérdida de las posibilidades para planificar un presente y un futuro mejor.

Más de uno de los defensores del gobierno, y se remarca el gobierno porque es quien más responsabilidades y obligaciones tiene de cara a los desafíos del momento, no puede entender, ni siquiera comprender que cuando buena parte de la sociedad cuestiona, critica e inquiere, lo hace no sólo por el hecho, quizás, de comulgar con otra visión política de la situación, ni por el mero entretenimiento de ponerle palos en la rueda a quien conduce, sino que lo hace por la simple razón de que las dificultades se las encuentra cada día cuando deja su casa, bien temprano para ponerle el pecho a las sorpresas cotidianas.

Por eso Víctor Hugo y otros tantos como él, con el respeto que se merece el periodista y su pensamiento por el lugar que se ganó en la consideración del público, por estar ajeno a muchos de los hechos de la calle, entiende que lo que hay en verdad es una gran conspiración orquestada desde el origen del mal incluyendo allí a los grandes medios concentrados y hegemónicos, a los empresarios, banqueros, a los buitre y a esa clase media a quien el gobierno pareciera despreciar por no haber podido hacer pie en esa gran masa de votantes que decide elecciones, como cuando decidió que fuese el actual elenco de gobierno el que se pusiera al frente de un país en llamas, como aquel que recibió Néstor Kirchner en el 2003.

Esa práctica de hacer desaparecer las voces contrarias al relato oficial, como a la oposición –la que más allá de sus propios y graves problemas representa también a otros argentinos con derechos igual al que ellos acceden, como corresponde en cualquier parte del país–, es considerado por el actual oficialismo como el más puro sentimiento democrático. “Tienen que tener paciencia”, suelen aseverar los defensores de este modelo tan particular de ejercer la democracia “hasta que lleguen las próximas elecciones y sus candidatos logren imponerse”, dicen con altanería y prepotencia, sin saber que se dirigen también, con esos dichos, a quienes alguna vez, o siempre, durante los últimos doce años acompañaron con el voto a los candidatos del kirchnerismo.

El consenso y la búsqueda de acuerdos no está en el diccionario de estos argentinos que hoy han blindado la mera posibilidad de que muchas de las medidas que impulsan puedan ser enriquecidas con otros aportes.

La alta erudición y a veces exagerada de personeros de la comunicación social en el país, sean oficialistas u opositores, ha venido a mellar, contrariamente a lo que se pueda llegar a creer, la posibilidad de discutir sobre cuestiones diarias de la gente de a pie. Los ensayos con aires de intelectualidad, cargados de frases de nulo significado práctico, pareciera que sólo han permitido saciar la vanidad de estos personajes que militan o de un lado o de otro, cavando aún más profundo la zanja que divide a los argentinos.

Mientras todo este espectáculo se viene dando por quienes protagonizan la vida política del país y que, además, casi irresponsablemente nos prestamos desde los medios, la vida en la calle continúa. Continúa con la misma complejidad de obstáculos irresueltos y lo peor de todo, cada vez más encarajinados.

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