Uno de los fenómenos que dejaron los últimos años en la Argentina ha sido ese llamativo asunto de que todo lo que está bien, en realidad está mal y, por consiguiente, lo que está mal y se practica y se milita hasta puede llegar a ser considerado transgresor, revolucionario, y, por supuesto, bien visto.
Como corresponde, los últimos años pusieron en valor la integridad del ser humano. Se intentó, por todos los medios, que el pobre de toda pobreza fuera considerado uno más por una clase media que siempre miró por el hombro y a menos, desde ya, a quien consideraba que no se encontraba a su altura.
Para ello hubo un esfuerzo descomunal de los gobiernos, creando secretarías y direcciones con funcionarios puestos a velar por la igualdad de derechos de todos, en especial de aquel universo de parias que durante los años del neoliberalismo se lo invisibilizó y escondió, como para no dar que hablar de un país que se abría al mundo como uno de los mejores exponentes de occidente.
La clase media, particularmente la venida a menos, comenzó a crujir y a sentirse molesta porque hordas avanzaban sobre su territorio amenazando con ocupar lugares destinados sólo para la estirpe de ciudadanos con derechos consuetudinarios sobre los mismos.
El quiebre fue mayúsculo y alcanzó, por supuesto, al mundo de las ideologías. De un lado quedaron quienes militaron y batallaron a favor de la inclusión y del otro, supuestamente, ese otro mundo deleznable compuesto por señores y señoras gordas sólo preocupadas por tener limpio su ombligo y el perímetro de la baldoza que ocupaban.
Los primeros comenzaron a inquirir a los señores y señoras gordas que, con el esfuerzo del trabajo, pudieron cambiar el auto, irse de vacaciones y mandar a sus chicos a escuelas de categoría. Los segundos se vieron auscultados y vigilados y el sentimiento culposo que los invadió en los primeros tiempos de la instalación del fenómeno se transformó lentamente en rencor infinito e individualismo a ultranza.
Los primeros, azuzados desde las esferas oficiales, pasaron en algún momento a la acción contra los segundos a quienes siempre vieron como los culpables de sus tantos años de ostracismo que debieron sufrir y soportar sobre el lomo. Y la lucha de clases ganó las calles, los cafés y los espacios de discusión pública que se abrieron en los medios de comunicación.
Quienes dejaron la bochornosa clase media para militar en el bando de los separados, pasaron a ser considerados progres y garantistas por impulsar, a lo que diera lugar, el reconocimiento de los postergados. A los culposos y rencorosos en cambio se los identificó como fachos, horribles criaturas que siempre pensaron en sí mismos sin querer, siquiera, permitir conmoverse por semejante política de Estado para ser integrados y compartir lo que ganaron con los que nunca tuvieron nada.
La dignidad, para los progre, si no podía venir de la mano de la verdadera inclusión entendida por el acceso a una educación de excelencia, a un trabajo como manda el mundo civilizado y Dios, si se quiere, debió manifestarse con millones y millones de pesos transferidos por quienes pagan los impuestos, pero bajo la peor forma asumida por el clientelismo, creando batallones de nuevos incluidos estadodependientes, gobiernodependientes y partidodependientes.
Esa práctica, por años, formó parte de la revolución de ideas y de medidas correctivas asumidas desde el poder institucional que llegó a la conducción para poner las cosas en su lugar.
Parte de la clase media, grasa y odiada por quienes llevaron adelante la revolución, no entendió nunca el objetivo central de las políticas que se presentaron como inclusivas y reparadoras. Es evidente que la grasada no entenderá nunca el objetivo central de semejante movimiento y esfuerzo llevado por años, con principios tales como que al que transgrede normas hay que entenderlo, y si roba o mata será porque la vida no le dio las oportunidades que sí tuvo la golpista y grasa clase media de señores y señoras gordas, y fachos.
La batalla cultural ganó todos los ámbitos, tanto que los famosos y famosas progre solventados con los fondos del Estado se las agarraron con los famosos y famosas grasas y golpistas que salieron a gritar su hartazgo de manera desbocada por la inseguridad, por los problemas del modelo o por la falta de un sistema justo para todos.
Ese falso garantismo que hizo la vista gorda sobre lo que en verdad está bien y está mal, o que ha buscado en verdad dar a entender que el transgresor, en vez de responder a la Justicia como corresponde, debe seguir como pancho por su casa porque hasta que llegó la reparación histórica como nunca se vio en el país, ya había sufrido lo suficiente.
Gastón Aguirre, el motochorro más famoso; el mismo que cuya imagen dio la vuelta al mundo intentando robar una mochila a un turista; el mismo que fue detenido en plena vía pública cuando se preparaba para robar un auto, con casi medio kilo de marihuana en su poder y a las pocas horas liberado porque la Justicia entendió que había sido detenido por portación de rostro; el mismo que se floreó en un canal de televisión y hasta osó retar al turista que fue su víctima por difundir el video del intento de robo para hacerse famoso; el mismo que debió escapar de los estudios escondido en el baúl de un taxi porque una horda de exaltados ciudadanos grasa y fachos quería agredirlo, bien puede ser un fiel exponente de los nuevos tiempos, un producto de la revolución. Todos los demás, pobres giles. Para ellos, agua y ajo.