Durante décadas, el imaginario colectivo del vino argentino estuvo indisolublemente ligado a una postal inamovible: la viña bajo el sol intenso, con la Cordillera de los Andes como telón de fondo y un clima desértico. Esta representación geográfica ha dejado de ser la única realidad y la industria vitivinícola nacional confirma un fenómeno de expansión territorial sin precedentes a pesar de la crisis.
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Vino Argentino: su nueva geografía de Ushuaia a La Quiaca
La vitivinicultura argentina deja el desierto y avanza por todo el país: Litoral, Pampa Húmeda y hasta Ushuaia redefinen el mapa del vino argentino.
Daniel Bergamín, ingeniero responsable técnico de Vivero Mercier (entidad líder en la provisión de plantines de vid), admite el asombro ante la velocidad del cambio: “Hasta nosotros estamos sorprendidos de la amplitud que ha tomado este cultivo en todo nuestro país”.
Según los registros actuales, la vid ha roto las fronteras tradicionales. “Siempre que hablamos de vides, de vitivinicultura, de viñedo, inmediatamente se nos vienen a la mente las imágenes de las viñas con la cordillera de fondo acá en Mendoza y decimos Cuyo”, reflexiona Bergamín, para luego sentenciar con contundencia: “Hoy ya no es así, podemos decirlo con todas las palabras y con toda la fuerza de que no está más la viña solo en Cuyo”.
El fin de la excepción climática
Para comprender la viabilidad agronómica de plantar en zonas húmedas o costeras, es necesario desmitificar la idea de que la vid solo prospera en el desierto. Bergamín aporta una perspectiva global: “El 70% de los viñedos del mundo están plantados en zonas más parecidas a la Pampa Húmeda que a Mendoza”.
Bajo esta óptica, la tradición argentina de cultivar en zonas áridas resulta ser la anomalía. “Nosotros casi somos una excepción en la vitivinicultura mundial por las condiciones que tenemos de baja humedad ambiente, alta insolación, condiciones de desierto”, explica el especialista. Esta validación agronómica ha permitido que provincias como Santa Fe o Santiago del Estero se sumen al mapa, alcanzando un total de 21 jurisdicciones con proyectos vitivinícolas activos.
El éxito de esta expansión radica en la tecnología disponible, específicamente en la combinación genética. “Hoy puedes hacer cualquier cosa, puedes plantar viña donde se te ocurra”, asegura Bergamín. La clave está en la selección: “Hay alguna combinación de la variedad clon por injerto que esa genética permite obtener uvas de calidad en muchas condiciones”.
El ascenso del Litoral y la Pampa Húmeda
Entre los nuevos polos, la provincia de Buenos Aires muestra un dinamismo particular, consolidándose como un actor de peso. “En Buenos Aires tenemos más de 30 proyectos que estamos atendiendo, cosa que por ahí nadie se imagina”, detalla el ingeniero. El crecimiento es tal que, según datos del vivero, “hoy casi se disputa con Entre Ríos el segundo destino en cantidad de clientes o de proyectos actualmente que están plantando”.
En estas regiones, el desafío principal es la sanidad vegetal frente a la humedad. Aquí, la elección varietal es determinante. Bergamín destaca el éxito del Marselan, un híbrido entre Garnacha Tinta y Cabernet Sauvignon:“Tiene de bueno esta variedad que tolera muy bien la alta humedad ambiente sobre su granito, sobre su hollejo, entonces no se pudre la uva; el racimo es suelto, las bayas son pequeñas, entonces permite que la uva crezca sin podrirse”.
Junto al Marselan, cepas como el Tannat, el Cabernet Franc y el Syrah están logrando resultados notables, comparables a los de la vecina orilla. “Nada que envidiar a los vinos uruguayos”, afirma Bergamín, subrayando que “he probado vinos de Entre Ríos realmente buenos”.
Ushuaia: viñedos en latitudes extremas
Quizás la frontera más audaz se encuentre en el extremo sur. Actualmente existen proyectos en desarrollo en Ushuaia, Tierra del Fuego. Contrario a la intuición de un cultivo imposible por el hielo, la geografía fueguina ofrece microclimas particulares. “Ushuaia tiene una condición muy interesante que está rodeada de mar, por lo cual el mar actúa como moderador del clima con una alta humedad ambiente y modera las bajas temperaturas”, explica el experto. Gracias a esto, “prácticamente no hay heladas fuertes”.
El reto en el sur no es el congelamiento, sino la duración del ciclo vegetativo. La vid requiere acumular temperatura diariamente para desarrollarse, un proceso que en el sur es muy lento. Por ello, la estrategia se basa en variedades de ciclo corto provenientes del norte de Europa. “Necesita variedades de ciclo muy, muy corto, como algunos Pinot, algún Riesling”, detalla Bergamín. Aunque los proyectos son recientes, el ingeniero anticipa que “el primer vino se va a lograr recién el año próximo” y que, tras los estudios realizados, existe una “muy alta probabilidad de ser exitosos”.
El motor de la experiencia turística
¿Qué impulsa esta diversificación? La respuesta excede lo puramente productivo y se adentra en las nuevas demandas del consumo. “La vitivinicultura hoy ya no es tomar el vino como un producto estándar, sino que cada zona, cada lugar, cada particularidad de esas condiciones expresa en el vino algo distinto, algo diferente, algo que no se puede repetir en otro lado y eso es lo que se está explotando”, analiza Bergamín.
El viñedo se ha transformado en un ancla para el turismo y la gastronomía regional. El consumidor moderno busca una vivencia integral. “Reúne el vino de la zona, la comida típica, el paisaje y las vivencias del lugar y se lleva una experiencia que no se puede vivir en otro lugar reuniendo todas esas condiciones”, concluye el especialista.
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