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Politica Monetaria

Licitación de Bonos: se cerró un capítulo en la pulseada entre Gobierno nacional y bancos

El Gobierno logra captar con bonos parte de los pesos en disputa, mientras los bancos y el mercado enfrentan la tensión por la política monetaria.

Por Marcelo López Álvarez

Finalmente, el Gobierno logró captar, después de un fin de semana cargado de tensión y reuniones, poco más de la mitad de los pesos que habían quedado en el mercado el último viernes, cuando la licitación de letras y bonos había tenido un pobre desempeño.

En la jornada de hoy, con la tensión entre el sistema financiero y el Gobierno nacional en un punto crítico, Economía logró colocar casi la totalidad de lo ofrecido: 3,8 billones de pesos, en una tasa promedio de lo que paga el sistema a los plazos fijos de más de 1.000 millones de pesos.

Así se cierra un pequeño capítulo de lo que comenzó como un debate técnico en torno al reemplazo de las LEFI y derivó en un enfrentamiento político y económico que hoy condiciona la estrategia oficial en plena transición hacia un nuevo esquema monetario. De esta manera, el Gobierno cumple el objetivo de seguir secando la plaza y ralentizando al máximo la actividad económica.

La herencia de las LEFI y la incomodidad de los bancos

El origen de la disputa se remonta al 10 de julio, cuando el Tesoro decidió desarmar la posición de las LEFI que le había transferido el Banco Central. Para los bancos, estos instrumentos resultaban cómodos: garantizaban liquidez automática sin necesidad de cálculos complejos, en contraste con los viejos mecanismos de encajes y operaciones interbancarias.

El equipo económico, encabezado por el ministro Luis Caputo y el presidente del BCRA, Santiago Bausili, buscó redirigir esa liquidez hacia tres destinos: un aumento de los encajes, la suscripción de LECAPs y otras alternativas financieras. Sin embargo, la resistencia del sistema fue inmediata. Los bancos reclamaron mayor tiempo de adaptación y la existencia de una ventanilla de liquidez.

Para responder a esos pedidos, el Gobierno coordinó la creación de nuevas ruedas de fondeo, que replicaban circuitos utilizados en los años ochenta y noventa. Pero la gimnasia de cálculo y gestión de numerales que poseían aquellas tesorerías ya no estaba presente en la nueva generación de banqueros.

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El gobierno logro absorber, con una nueva licitación de bonos, parte de la liquidez que había quedado en poder de los bancos.

Una transición conflictiva

La eliminación de las LEFI generó un escenario de tensiones. Los bancos, reacios a las LECAPs, optaron por “sobre encajarse”, lo que produjo un exceso de liquidez y la consiguiente caída de las tasas. Este desajuste impactó en el tipo de cambio y obligó al Tesoro a recurrir a licitaciones fuera de cronograma, mientras el BCRA desplegaba pases y repos para absorber excedentes.

El resultado fue un reacomodamiento a tasas más elevadas que las que regían bajo el esquema de las LEFI. Paralelamente, el Banco Central decidió aumentar los encajes de las cuentas remuneradas, utilizadas por los fondos de money market. El objetivo era alargar la duración del fondeo bancario, obligando a las grandes tesorerías corporativas a volver a los plazos fijos tradicionales.

El movimiento, aunque técnicamente justificado, generó rescates de fondos y un aumento en las tasas de cauciones, impactando también en el mercado de capitales local.

El traspié en la licitación

La licitación del Tesoro realizada a mediados de agosto confirmó las dificultades. El mercado esperaba una renovación cercana al 75% de los vencimientos, dado que casi la mitad estaba en manos del sector público. Sin embargo, el nivel de adhesión fue inferior a lo previsto.

El Tesoro pretendía extender la duración de la deuda con instrumentos como la letra TAMAR, con vencimiento a fines de 2025. Pero los bancos, cada vez más distantes de la comodidad de las LEFI, se resistieron. El resultado fue un “roll over” bajo y la necesidad de recurrir a nuevas licitaciones fuera de cronograma.

El frente cambiario y las expectativas

Mientras tanto, en el frente cambiario, el BCRA buscó mostrar orden. A pesar de la suba del dólar en julio, el oficialismo remarcó que la preocupación central no era la divisa sino las expectativas de inflación a doce meses, que se habían desanclado tras la larga negociación con el FMI.

En este punto, tanto Milei como Caputo enfatizaron en redes sociales que la política monetaria ortodoxa tenía como prioridad quebrar la inercia inflacionaria, incluso por encima de la acumulación de reservas. Una visión que genera escepticismo en el mercado, donde muchos operadores dan por hecho que tras las elecciones el tipo de cambio retomará un sendero alcista.

Ruido político y señales contradictorias

El telón de fondo es, sin embargo, político. La decisión del Gobierno de subir encajes por segunda vez en menos de un mes fue leída por los banqueros como un “corralón”, evocando el recuerdo de las restricciones de 2001. En una reunión virtual con más de 200 participantes, representantes de Adeba, ABA, ABE y Abappra acusaron al equipo económico de imponer medidas unilaterales sin escuchar al sistema.

El malestar se reflejó en Nueva York, donde las acciones de los bancos argentinos sufrieron fuertes caídas: Supervielle perdió 8,7%, Galicia 5,3% y BBVA 4,2%. Desde el exterior, la señal fue clara: el sistema financiero local aparece jaqueado por la propia política oficial.

Incluso consultoras como Max Capital remarcaron que, desde la eliminación de las LEFI, la estrategia oficial perdió consistencia y previsibilidad, con anuncios nocturnos por redes sociales que desorientan al mercado.

Una pulseada abierta

Más allá del desenlace de la batalla de hoy, la historia de esta disputa aún está por escribirse. Caputo reconoce que la volatilidad actual tiene raíces en el “contexto político electoral”, aunque su explicación técnica resulta, para muchos, contradictoria.

En cualquier caso, el Gobierno parece decidido a sostener el ancla fiscal y la ortodoxia monetaria, aun al costo de multiplicar tensiones con el sistema financiero.

De un lado, los banqueros, que denuncian un “apretón monetario” que seca al sistema y destruye el valor de las acciones. Del otro, un equipo económico que apuesta a la disciplina monetaria como único camino para desarmar las expectativas inflacionarias.

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