No es un secreto que Argentina navega por aguas turbulentas en cuestiones de economía. Los motivos que llevan a esta situación pueden ser muy variados. Especialmente según la óptica con la que decidimos enfocarnos en la problemática. Si lo analizamos en términos ideológicos existen probabilidades de pasar una eternidad discutiendo respecto al origen de todos los males argentinos.
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Inflación y economía argentina: montaña rusa financiera
Pero si uno piensa que abordando la temática desde un punto de vista estrictamente económico se logra zanjar cualquier diferencia, cae en un grueso error.
En economía todo se encuentra sujeto a análisis e interpretaciones absolutamente extremas. En términos de macroeconomía es claro que el año 2020 fue muy perjudicial para las economías de las naciones de todo el globo terráqueo a consecuencia de la dolorosa pandemia por Covid-19.
Si bien es cierto que algunos sectores fueron beneficiados, podemos establecer como un hecho que las medidas relacionadas a la crisis de salud global afectaron negativamente en las finanzas de todos los estados.
En este escenario podemos establecer que el producto interno bruto (PIB) de gran parte de los países se vio afectado negativamente. El PIB básicamente es un indicador que nos permite medir la economía de un país y además compararla con el resto de los países
De manera estadística podemos afirmar con tranquilidad entonces que, si el PIB de un país crece, esto significa que va bien en sus finanzas, y si crece más que otros países, significa entonces que en una eventual competencia económica también está mejor.
Pero como en todo. Depende de cómo mostremos o queramos ver dichos números. En Argentina el PIB creció un 5,2% durante el año 2022, y el de Brasil un 2,3%. ¿Esto significa que la economía de Brasil va peor que la de Argentina? Ciertamente no. Si observamos el PIB de un país, y construimos un historial con su variabilidad durante varios años podremos obtener con seguridad un dato más preciso.
Argentina posee niveles extremadamente altos de inflación, y si miramos su PIB de las últimas cinco décadas tendremos la clara sensación de que estamos ante el electrocardiograma de una persona agitada, o en el mejor de los casos observando las adrenalínicas curvas de una montaña rusa.
Para clarificar el sube y baja. Si bien, como dijimos el PIB de Argentina creció un 5,2% respecto al año anterior, durante ese año el cuarto trimestre cerró con un descenso del 1,5% respecto al trimestre anterior.
Esto nos muestra cómo el análisis puede resultar confuso teniendo en cuenta contra qué dato comparemos. Estos saltos, esta variabilidad tan inconsistente generan escenarios de incertidumbre. Y a la incertidumbre la podemos traducir como falta de confianza.
Nos encontramos de frente, con el peor enemigo de una economía saludable o creciente. La ausencia de confianza puede generar un daño irreparable. Tanto en una empresa que desea invertir, como en la economía personal de cada ciudadano.
Es por ello por lo que las políticas de estado a implementar por el gobierno de turno deben apuntar a generar un marco de estabilidad y certidumbre, fomentando de esta manera la inversión en todos los sectores. Generando confianza en los ciudadanos, tal como lo hacen las economías exitosas, sean empresas, países o individuos.
Ejemplos encontramos en cada vuelta de esquina. La confianza no es un producto que se adquiere, es un valor que se gana. Confianza en el sentido simple de generar en el otro la idea concreta de que lo esperado suceda, que algo funcione de una manera determinada. Tan simple como eso.