El aumento sostenido del endeudamiento y el deterioro en la capacidad de cumplir con las obligaciones financieras están configurando un escenario cada vez más exigente para los hogares argentinos. Los últimos datos muestran un crecimiento de la morosidad en el sistema bancario, con especial impacto en las familias, en un contexto en el que el crédito dejó de ser una herramienta ocasional para convertirse en un recurso estructural destinado a sostener el consumo cotidiano.
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Endeudamiento y morosidad: crece la presión financiera sobre los hogares argentinos
La morosidad en hogares supera el 11% y el endeudamiento crece en Argentina. El crédito ya se usa para gastos básicos y aumenta la presión financiera.
La brecha entre familias y empresas
Según datos del Banco Central, en febrero la irregularidad del crédito aumentó 0,3 puntos porcentuales respecto de enero y alcanzó el 6,7% del total de los préstamos. Sin embargo, el dato más relevante aparece al observar el comportamiento de los hogares: la morosidad en ese segmento trepó al 11,2%, con una suba mensual de 0,6 puntos y un incremento interanual de 8,3 puntos porcentuales. En contraste, la mora de las empresas se ubicó en 2,9%, lo que refleja una menor presión relativa sobre el sector productivo, en parte como resultado de decisiones del equipo económico orientadas a reducir tasas para ese segmento, mientras que los créditos personales y las tarjetas de crédito continúan en niveles elevados, afectando a trabajadores y familias.
Este fenómeno se inscribe en un contexto de fuerte expansión del endeudamiento. Actualmente, la deuda total de los hogares asciende a unos 39 billones de pesos: 32,1 billones corresponden a compromisos con entidades financieras y 6,9 billones a obligaciones no bancarias, que incluyen financiamiento con comercios, mutuales y mecanismos informales. Este volumen no solo refleja una mayor disponibilidad de crédito, sino también la creciente dificultad de los ingresos para seguir el ritmo de los precios.
Un relevamiento de la consultora Focus Market, basado en una muestra de 2.670 hogares y complementado con datos de la Encuesta Permanente de Hogares, indica que seis de cada diez familias tienen deudas activas. En este contexto, el endeudamiento dejó de estar asociado a decisiones excepcionales o de planificación financiera y pasó a cubrir gastos corrientes como alimentos, servicios y educación.
Cambio en la composición del financiamiento
Esta transformación también se observa en la composición del financiamiento. En los últimos años se registró un corrimiento desde formas informales hacia instrumentos bancarios. Mientras que en 2023 el 41,3% de los hogares tenía deuda bancaria y el 82,6% recurría a mecanismos no bancarios, a comienzos de 2026 esos porcentajes se ubicaron en 55,1% y 59%, respectivamente. La brecha entre ambos segmentos se redujo de manera significativa, lo que evidencia una mayor penetración del sistema financiero formal.
El crecimiento del crédito también se refleja en su peso dentro de la economía. El stock de préstamos al sector privado alcanzó en enero de 2026 el 13,6% del producto bruto interno, más del doble del 5,2% registrado a fines de 2023. Este avance estuvo impulsado principalmente por el financiamiento a los hogares, por encima del crédito destinado a la actividad productiva.
Deterioro acelerado en la capacidad de pago
Sin embargo, esta expansión vino acompañada de un deterioro marcado en los indicadores de pago. La cartera irregular total pasó de 2,7% en enero de 2025 a 10,6% un año después, lo que implica que prácticamente se cuadruplicó en doce meses. Este comportamiento, además, no es homogéneo entre los distintos productos financieros.
Los préstamos personales muestran el mayor deterioro, con una tasa de mora que pasó de 3,5% a 13,2%. Las tarjetas de crédito siguieron una dinámica similar, con un aumento del 2% al 11%. En el extremo opuesto, los créditos hipotecarios se mantuvieron estables en torno al 1%, lo que sugiere un mayor compromiso de pago cuando existe una garantía real asociada.
Particularmente significativo es el desempeño de la categoría “otros préstamos”, que agrupa líneas de menor monto y mayor dispersión. En este caso, la morosidad escaló del 10,7% al 31,9%, lo que implica que casi un tercio de esos créditos presenta incumplimientos. Este dato refleja con claridad la fragilidad de los segmentos más expuestos del sistema.
Aumento del endeudamiento promedio
El análisis del endeudamiento promedio refuerza la magnitud del fenómeno. La deuda bancaria por hogar alcanza actualmente los 5,7 millones de pesos, mientras que la deuda no bancaria ronda los 1,1 millones. En términos históricos, el salto es considerable: en 2023, el promedio de deuda bancaria era de apenas 377.664 pesos. Medido en relación con los ingresos, el stock de deuda pasó de representar 1,43 salarios registrados a 3,46 salarios en poco más de dos años.
En paralelo, la deuda no bancaria también muestra cambios relevantes en su composición. Disminuyó la participación de los préstamos entre familiares o conocidos, mientras que crecieron las obligaciones vinculadas a gastos esenciales, como impuestos, servicios, expensas y cuotas educativas. Este desplazamiento sugiere una menor capacidad de contención dentro de las redes personales y una mayor presión sobre los compromisos formales.
Preocupación institucional
El aumento de la morosidad y el uso del crédito para cubrir gastos básicos empiezan a generar preocupación tanto en el sistema financiero como en el ámbito comercial, donde el financiamiento cumple un rol clave para sostener la demanda. Al mismo tiempo, el fenómeno comienza a tener repercusiones en el plano institucional, con diversas iniciativas legislativas orientadas a establecer mecanismos de alivio o reestructuración de deudas para hogares sobreendeudados.
En conjunto, los datos delinean un escenario en el que el crédito actúa simultáneamente como sostén y como límite. Por un lado, permite amortiguar el impacto de la pérdida de poder adquisitivo; por otro, expone a un número creciente de familias a dificultades de pago. La evolución de estos indicadores abre interrogantes sobre la sostenibilidad del proceso y sobre la capacidad del sistema para absorber este deterioro sin comprometer su funcionamiento.