La mejora de algunos indicadores macroeconómicos todavía no se traduce en alivio para los hogares. El empleo concentra las preocupaciones, mientras el crédito, la inflación, el consumo y la actividad productiva profundizan el malestar.
El crecimiento económico no alivia a los hogares: el empleo, el crédito y la inflación concentran el malestar y agravan la distancia entre cifras y el bolsillo.
La mejora de algunos indicadores macroeconómicos todavía no se traduce en alivio para los hogares. El empleo concentra las preocupaciones, mientras el crédito, la inflación, el consumo y la actividad productiva profundizan el malestar.
La economía argentina ofrece una imagen partida. Los indicadores oficiales muestran crecimiento en buena parte de la actividad, una balanza comercial superavitaria y un aumento de las reservas. En las redes sociales, la conversación de los argentinos refleja un deterioro generalizado, marcado por los problemas de empleo, la pérdida de poder adquisitivo y las dificultades para acceder al crédito.
Esa distancia entre la macroeconomía y la vida cotidiana se amplió durante agosto. El sentimiento promedio que Monitor Digital relevó sobre ocho variables económicas pasó de 60 puntos negativos en julio a 76 en agosto. La intensidad de la negatividad aumentó cerca del 27%, lo que llevó al indicador a su tercer peor registro de los últimos tres años, apenas detrás de diciembre de 2023 y abril de 2026.
La caída se destacó tanto por su profundidad como por su alcance: las ocho variables analizadas empeoraron al mismo tiempo. El crédito y la inflación encabezaron el deterioro, que también alcanzó al trabajo, la pobreza, el dólar y las actividades productivas. Durante el mes, la percepción pública no encontró señales que compensaran el malestar general.
El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) del Indec mostró una expansión en buena parte de los indicadores. El impulso provino principalmente de las actividades primarias, la minería y la pesca, sectores cuyo avance todavía no alcanza para revertir las dificultades del consumo masivo, la industria y la construcción.
La economía crece, pero ese crecimiento no se refleja con la misma intensidad en el empleo ni en los ingresos disponibles. Hasta que eso ocurra, la mejora de las cifras generales tardará en traducirse en bienestar para los hogares.
Las proyecciones tampoco anticipan un cambio inmediato. El Relevamiento de Expectativas de Mercado del Banco Central redujo al 2,7% su previsión de crecimiento para 2026, cuatro décimas menos que en el informe anterior. El consenso sigue esperando una expansión moderada, con profundas diferencias entre sectores.
Entre todas las variables examinadas, el crédito sufrió el deterioro proporcional más pronunciado. El indicador pasó de 39 puntos negativos en julio a 74 en agosto y quedó en el segundo peor nivel de toda la serie.
Durante julio, el financiamiento en pesos perdió dinamismo y varias líneas retrocedieron en términos reales, afectadas por las tasas de interés y el aumento de la morosidad. Al mismo tiempo, crecieron con fuerza los préstamos en dólares, aunque el acceso se concentra principalmente en empresas con ingresos vinculados al comercio exterior.
Los datos del Banco Central muestran algunos matices. El crédito agregado en pesos aumentó un 1,2% real desestacionalizado en julio, impulsado sobre todo por las líneas comerciales. Para las personas, el costo continuó siendo elevado: a comienzos de agosto, la tasa promedio de los préstamos personales rondaba el 69,5% nominal anual.
El financiamiento existe, pero no necesariamente en las condiciones ni en los segmentos donde podría aliviar el presupuesto familiar.
La inflación registró el segundo mayor deterioro de agosto. La negatividad asociada al tema aumentó un 74,9% respecto de julio, después de que el Índice de Precios al Consumidor pasara del 1,9% en junio al 2,1% en julio.
La diferencia puede parecer menor frente a los niveles de inflación que atravesó la Argentina, pero tuvo un efecto concreto sobre las expectativas: volvió a interrumpir la idea de una desaceleración continua. Agosto comenzó con nuevos ajustes en servicios, transporte, medicina privada y otros gastos habituales.
Las tarifas de los trenes del Área Metropolitana de Buenos Aires aumentaron alrededor del 11,6%, mientras el Gobierno mantuvo bonificaciones extraordinarias en las tarifas de gas y electricidad para amortiguar parte del impacto del invierno. Para los hogares, la inflación se manifiesta menos como una estadística aislada que como una sucesión de aumentos que recorta el ingreso disponible.
El trabajo concentra el 44,1% de las menciones económicas en las redes sociales, muy por encima de la inflación, la pobreza y el dólar. No es un fenómeno ocasional: desde hace años, el empleo ocupa el centro de las preocupaciones relevadas por Monitor Digital.
La tasa de desocupación del primer trimestre fue del 7,8%. En mayo, tanto el empleo registrado total como el número de asalariados privados cayeron un 0,1% mensual. La Encuesta de Indicadores Laborales volvió a marcar una baja del 0,1% en junio.
Los salarios registrados crecieron un 2,4% durante ese mes y superaron la inflación. En el sector privado formal, los ingresos avanzaron un 1,9%, exactamente lo mismo que el índice de precios. El acumulado anual continuó mostrando dificultades para recuperar plenamente el poder adquisitivo.
La reducción de la pobreza también mostró señales de freno. La Universidad Torcuato Di Tella proyectó una tasa del 31,6% para el primer semestre y estimó un 32,7% para el segundo trimestre, frente al 30,5% de los primeros tres meses. La Universidad Católica Argentina, con una metodología diferente, identificó una tendencia similar. La pobreza cerró agosto con 86 puntos negativos en el indicador de sentimiento.
La percepción sobre las ramas productivas también se deterioró. El promedio pasó de 38 a 44 puntos negativos, un empeoramiento del 16,8% en un mes. Seis de las siete actividades analizadas retrocedieron. La única excepción fue el campo, que pasó de 13 a 7 puntos negativos.
Tecnología registró el peor resultado de su serie, mientras industria, servicios, energía y finanzas se ubicaron entre sus marcas históricamente más desfavorables. Son los sectores con mayor presencia en la conversación: servicios reúne el 33,7% de las menciones, industria el 28,8% y finanzas el 21,7%. El campo representa apenas el 2,8% y la minería, el 2,1%.
Esa distribución ayuda a explicar el desfasaje. Varias de las actividades que sostienen el crecimiento tienen escasa gravitación en el debate cotidiano. Los sectores ligados al empleo urbano y al consumo, en cambio, concentran la atención y muestran mayores dificultades.
Las ventas en supermercados y mayoristas cayeron un 3,1% interanual en junio. El consumo masivo retrocedió un 2,6% en julio y acumuló una baja del 2,9% durante los primeros siete meses. La construcción disminuyó un 4,1% mensual en junio y la Unión Industrial Argentina estimó para julio una contracción fabril desestacionalizada del 0,6%.
La economía conserva algunos datos favorables: el EMAE mejoró en junio, el superávit comercial acumuló 16.080 millones de dólares entre enero y julio y las reservas superaron los 49.000 millones de dólares a comienzos de agosto. Pese a esas cifras, el relevamiento no encuentra señales de una recuperación vigorosa y generalizada. Su proyección mantiene el sentimiento económico en terreno crítico durante los próximos meses y la percepción productiva en niveles muy negativos hasta fin de año. Si ese clima comienza a revertirse, el cambio recién sería visible en 2027.

