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Mercados

Dólar hoy: por qué vuelve a subir y qué riesgos enfrenta la economía argentina

El dólar oficial y el blue marcan nuevos récords en un contexto de tensión cambiaria, caída de reservas y desequilibrios persistentes en la economía.

Por Marcelo López Álvarez

El dólar oficial quebró este lunes un nuevo récord tras haber acumulado un alza de 22,50 pesos durante la semana pasada, en un contexto de creciente tensión cambiaria y política. Al mismo tiempo, el dólar blue superó la barrera de los $1.300, nivel que no alcanzaba desde hace tres meses.

La presión sobre los tipos de cambio se intensificó luego de que el Senado aprobara un nuevo aumento en las jubilaciones, la prórroga de la moratoria previsional y la declaración de la emergencia en materia de discapacidad. Todas cuestionadas por el Gobierno nacional, que las considera incompatibles con el objetivo de alcanzar el equilibrio fiscal.

La escalada en los mercados financieros también coincidió con un revés judicial para la Argentina en el exterior. El tribunal que arbitra el litigio por la expropiación de YPF rechazó el pedido del Estado nacional de suspender la transferencia de acciones a la firma Burford Capital, lo que vuelve a poner en foco los riesgos financieros.

Más allá de los movimientos coyunturales, el dólar continúa funcionando en la Argentina como algo más que una moneda: es un termómetro de expectativas, un refugio ante la incertidumbre y un símbolo de desconfianza estructural. Su comportamiento refleja la persistencia de desequilibrios económicos de fondo: la debilidad del aparato exportador, la escasez de reservas internacionales, la fuga sostenida de capitales, la fragilidad del sistema financiero y un Estado que, desde hace décadas, no logra consolidar un marco macroeconómico estable ni una política fiscal previsible.

La situación actual del mercado cambiario, marcada por el final de la liquidación de la cosecha gruesa, es una nueva etapa en ese ciclo recurrente. Durante mayo y junio, los exportadores de cereales y oleaginosas inyectaron más de 7.000 millones de dólares, un flujo de divisas que, lejos de traducirse en acumulación de reservas o estabilidad sostenida del tipo de cambio, se diluyó entre intervenciones oficiales fallidas, demanda persistente y desequilibrios de fondo.

El modelo Milei-Caputo, que apostó a una combinación de shock fiscal, desregulación financiera y liberalización de precios, enfrenta ahora su prueba más delicada. La falta de divisas genuinas —es decir, aquellas que surgen de un superávit comercial sostenible y no de deuda o liquidaciones puntuales— limita cualquier capacidad real de intervención en el mercado. El Banco Central, lejos de aprovechar la bonanza estacional para recomponer reservas, optó por dejar flotar el tipo de cambio mayorista, con la expectativa de que la mayor oferta contuviera los precios. La apuesta no funcionó: el dólar siguió subiendo y las reservas continuaron cayendo.

La insaciable demanda de dólares

Una de las claves para entender esta dinámica está en la demanda estructural de dólares. Más allá de las operaciones comerciales tradicionales —importaciones, turismo, servicios—, la dolarización de carteras y el atesoramiento de divisas siguen siendo comportamientos arraigados en un contexto de incertidumbre política y desconfianza institucional. A esto se suma un elemento nuevo: el desarme de instrumentos financieros en pesos.

La salida masiva de las letras fiscales (LEFI) y su reemplazo parcial por los bonos Lecap provocó una expansión de liquidez inesperada. Gran parte de esos fondos fue retirada en efectivo por los bancos, y, ante la caída de las tasas de interés en moneda local, el mercado se volcó rápidamente al dólar. Se reactivó así una vieja mecánica: más pesos en la calle, más presión sobre el tipo de cambio, más expectativas de devaluación.

En este contexto, el gobierno enfrenta un dilema clásico: sostener la estabilidad del dólar a costa de mayores tasas —lo que encarece el financiamiento y presiona sobre el gasto público— o dejar que el mercado ajuste, con el riesgo de una aceleración inflacionaria y una nueva corrida. Ninguna de las dos opciones ofrece garantías. Ambas exponen los límites de una política monetaria sin anclas ni reservas suficientes.

dolares voladores

La volatilidad del dólar tiene fundamentos en el desarrollo de la economía

Reservas exhaustas y deuda como paliativo

Al cierre del primer semestre, las reservas brutas del Banco Central rondaban los 36.800 millones de dólares, una cifra engañosa por los compromisos ya asumidos y las partidas de dudosa disponibilidad. En paralelo, el déficit de la cuenta corriente, que mide el saldo entre ingresos y egresos reales de divisas, superó los 5.000 millones de dólares sólo en el primer trimestre. Un desequilibrio que no se explica sólo por el turismo emisivo —estimulado por un tipo de cambio aún retrasado— sino también por la fuga de capitales y la persistente salida por servicios y utilidades.

La estrategia oficial, como en tantas ocasiones del pasado, fue recurrir al endeudamiento de corto plazo para cubrir vencimientos inmediatos. Los recientes desembolsos del FMI, sin embargo, no fueron destinados a fortalecer las reservas sino a pagar deuda. En otras palabras: los dólares entran y salen sin pasar por el circuito económico.

Mientras tanto, los mercados financieros internacionales comienzan a emitir señales de alarma. El banco JP Morgan, referente obligado en la región, recomendó en junio desarmar posiciones en activos argentinos ante el agotamiento del ciclo de carry trade. En un sistema cada vez más sensible a las expectativas, este tipo de advertencias suelen tener efectos inmediatos.

La ilusión del “dólar colchón”

Uno de los pilares discursivos del gobierno ha sido la necesidad de repatriar los capitales que los argentinos mantienen fuera del sistema formal. Según estimaciones oficiales, esa masa de recursos supera los 250 mil millones de dólares. Para atraer parte de esos fondos, se lanzó un programa de regularización bautizado como “Plan de Reparación Histórica de los Ahorros”, acompañado de una serie de desregulaciones que, entre otras cosas, flexibilizan los controles de la AFIP y la UIF sobre operaciones sospechosas.

El problema de fondo, sin embargo, es doble. Por un lado, la confianza no se decreta, se construye. La historia reciente está plagada de ejemplos de blanqueos fallidos, confiscaciones encubiertas y cambios abruptos en las reglas de juego. Por otro, la permisividad excesiva frente a movimientos de capital opacos puede comprometer aún más la reputación financiera del país y su inserción en el sistema global.

El fenómeno de la dolarización informal —el célebre “dólar colchón”— es parte de una lógica defensiva arraigada en la sociedad argentina. Refleja una certeza dolorosa: el peso no sirve como reserva de valor, y el sistema bancario no garantiza seguridad frente a cambios bruscos o decisiones discrecionales del poder político.

El frente externo: un mundo más hostil

La economía argentina no se desenvuelve en un vacío. El escenario internacional, lejos de ofrecer alivio, suma tensiones. Bajo la administración Trump, Estados Unidos ha profundizado su rol como refugio financiero global, debilitando los mecanismos de cooperación en materia de transparencia y facilitando la fuga de capitales desde las periferias hacia los centros.

Este contexto fortalece la tendencia de retener activos fuera del sistema local, incluso por parte de empresas multinacionales que operan en el país. La fragmentación del orden financiero global, con menor control multilateral y mayor competencia por atraer capitales, convierte a países como Argentina en piezas frágiles dentro de un tablero donde se juegan intereses muy superiores a su capacidad de incidencia.

Un segundo semestre sin red

Con la liquidación del agro en retroceso y sin perspectivas inmediatas de ingreso relevante de divisas, el segundo semestre se perfila como un período de tensión creciente. Las herramientas de intervención cambiaria están agotadas. La política fiscal enfrenta sus propios límites. Y la política monetaria no encuentra todavía una fórmula que recupere la confianza.

En este escenario, la pregunta sobre “a cuánto se irá el dólar” no es sólo un ejercicio especulativo. Es un síntoma de una enfermedad crónica: la falta de un modelo de desarrollo sostenible, capaz de generar divisas sin depender del clima, los precios internacionales o la voluntad del FMI. La dependencia de shocks externos, los parches financieros y las apuestas al corto plazo son parte de una matriz que se repite con distintos gobiernos y distintos discursos.

El gobierno de Javier Milei prometió una refundación del orden económico argentino. Hasta ahora, lo que se observa es una aceleración de los desequilibrios históricos, con un Estado más débil, un sistema financiero más dolarizado, y una sociedad cada vez más escéptica respecto a la capacidad de cualquier administración para ofrecer estabilidad.

En última instancia, el dólar no es el problema, sino el espejo. En él se reflejan todas las contradicciones, miedos y limitaciones de una economía que no logra consolidar un horizonte de previsibilidad. Mientras no se corrijan esas causas profundas, el dólar seguirá subiendo, no por especulación, sino por falta de alternativas.

Y la pregunta, entonces, no será cuánto costará un dólar, sino cuánto más puede costar ignorar el problema estructural.

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