8 de octubre de 2026
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Dislexia en la escuela: las señales de alerta y las herramientas que pueden cambiar el aprendizaje

En el Día Internacional de la Dislexia, familias y especialistas cuentan cómo impacta en los chicos, qué señales observar y por qué el acompañamiento puede cambiarles la vida.

Por Cecilia Zabala

Hay chicos que salen de la escuela llorando. Otros inventan excusas para no entrar al aula. Algunos sienten dolores de panza, de cabeza o simplemente se convencen de que no son capaces de aprender. No siempre se trata de falta de ganas, problemas de conducta o dificultades para adaptarse. A veces, detrás de ese sufrimiento hay una condición que todavía muchos adultos no saben reconocer: la dislexia.

Este 8 de octubre, Día Internacional de la Dislexia, las historias de familias mendocinas permiten comprender que esta dificultad específica del aprendizaje va mucho más allá de confundir letras o tener problemas para leer. También puede afectar la autoestima, la relación con los compañeros y la manera en que un niño se percibe a sí mismo.

Pero hay otra cara de estas historias: la de quienes encontraron las herramientas necesarias para aprender, desarrollarse y demostrar que tener dislexia no significa tener menos capacidades.

Santino: cuando ir a la escuela se convirtió en un sufrimiento

Marla es mamá de Santino y psicomotricista. Las primeras señales aparecieron cuando su hijo estaba entre sala de 4 y sala de 5. Le costaba identificar algunas letras, recordar secuencias de palabras y repetir rimas con la misma facilidad que sus compañeros.

Al principio no sabían qué ocurría. Comenzaron entonces las consultas con distintos profesionales hasta que una evaluación psicopedagógica permitió confirmar el diagnóstico de dislexia.

Para entonces, Santino ya estaba en segundo grado y las dificultades para avanzar en la lectura y la escritura empezaban a tener consecuencias emocionales.

"Por parte de los compañeros existía la burla, el 'sos tonto', 'sos vago', 'vos no podés hacer esto, vos no podés hacer lo otro'", recuerda su mamá. Aquellas palabras se fueron convirtiendo en una carga difícil de soportar. Santino salía de la escuela llorando, a veces no quería asistir y, antes de ingresar, comenzaban los dolores de cabeza, de panza y la necesidad de ir al baño.

"Escuchar permanentemente esas cosas generaba una frustración muy grande", relata Marla.

En algunas oportunidades, el niño decía que necesitaba ir al oculista porque veía las letras moverse o sentía que veía doble. Sin embargo, los controles oftalmológicos daban resultados normales.

El diagnóstico cambió la manera en que su familia comprendía lo que le sucedía. Ya no se trataba de insistir para que aprendiera de la misma forma que los demás, sino de encontrar cómo podía hacerlo.

"Él es muy gráfico, es muy inteligente, es muy perceptivo, es muy sensible", describe su mamá. Comenzaron a incorporar recursos visuales, otros tipos de letra y materiales adaptados. Con el tiempo, también llegaron docentes más informadas y un acompañamiento escolar que permitió mejorar su experiencia.

Hoy Santino cursa quinto grado. Marla insiste en que hay algo tan importante como aprender a leer: proteger la autoestima de los chicos. Porque las dificultades académicas pueden abordarse con estrategias, pero las palabras que los hacen sentirse incapaces también dejan marcas.

La Dislexia es un trastorno de origen neurobiológico y hereditario que afecta entre un 10% y 15% de la población mundial.

La Dislexia es un trastorno de origen neurobiológico y hereditario que afecta entre un 10% y 15% de la población mundial.

De las dificultades para leer a convertirse en médica

La historia de Lihue González demuestra que la dislexia no determina hasta dónde puede llegar una persona.

Lihue es mendocina, médica de familia y tiene dislexia. Su papá también la tiene. Durante su infancia, cuando había menos información sobre esta condición, atravesó la primaria sin un diagnóstico. Leer le costaba muchísimo, pero fue encontrando sus propias estrategias para estudiar.

A los 17 años consiguió una beca para estudiar Medicina en Cuba. Allí enfrentó largas jornadas de lectura, libros que no podía subrayar y materias que exigían memorizar enormes cantidades de información.

Sus compañeros se convirtieron en una parte fundamental de su aprendizaje. "Pasaba muchas horas escuchando cómo mis compañeros me leían o me explicaban", recuerda.

También utilizaba colores, mapas conceptuales, abreviaturas propias y materiales que pudiera observar y tocar. En Anatomía, por ejemplo, el contacto directo con huesos y otras piezas le permitía comprender contenidos que le resultaban mucho más difíciles mediante la lectura.

Sus profesores nunca supieron que tenía dislexia. A pesar del esfuerzo adicional que le demandaba estudiar, terminó Medicina en seis años y posteriormente completó una especialidad de cuatro años. Regresó a Mendoza, donde se especializó en Medicina de Familia y comenzó a ejercer.

Años después, la dislexia volvió a aparecer en su vida, esta vez a través de su hija Luana. La niña comenzó a presentar dificultades para alfabetizarse en primer grado. Al principio, las explicaciones apuntaban a la falta de estímulos después de la pandemia, pero el problema persistía y su autoestima comenzaba a deteriorarse.

La intervención temprana y el acompañamiento psicopedagógico son cruciales para el desarrollo académico y emocional de los niños.

La intervención temprana y el acompañamiento psicopedagógico son cruciales para el desarrollo académico y emocional de los niños.

En segundo grado recibió el diagnóstico de dislexia y disgrafía. Con acompañamiento psicopedagógico, apoyo psicológico y adecuaciones escolares, empezó a avanzar.

Hoy Luana cursa sexto grado y, según su mamá, se encuentra muy bien tanto académica como emocionalmente. "Tuvo pilares por todos estos lados: familia, escuela, profesionales idóneos. Eso es fundamental al momento de poder avanzar", explica Lihue.

Su experiencia también transformó su práctica médica. Durante 2026 detectó señales compatibles con dislexia en tres pacientes pediátricos, que posteriormente fueron diagnosticados por profesionales especializados.

En uno de esos casos incluso se comunicó con la directora de la escuela para explicar la necesidad de realizar adecuaciones. Su mensaje es sencillo: el niño no es que no sabe o no puede; puede aprender de una manera diferente.

No es falta de inteligencia, ni de esfuerzo, ni de voluntad

La psicopedagoga Fernanda Di Stéfano explica que la dislexia es una dificultad específica del aprendizaje que puede afectar la precisión, velocidad y comprensión de la lectura, además de la escritura.

No es una enfermedad ni desaparece simplemente con el paso del tiempo. Sin embargo, sus manifestaciones pueden cambiar y las personas pueden desarrollar estrategias para compensar las dificultades.

"Los trastornos específicos del aprendizaje no se encuentran directamente relacionados con una falta de inteligencia, con la vagueza o con la falta de esfuerzo", aclara la especialista.

Di Stéfano también advierte que cuando estas dificultades no reciben atención oportuna pueden afectar el bienestar psicológico, el rendimiento académico y las oportunidades futuras.

Por eso, reconocer las primeras señales y consultar con profesionales especializados resulta fundamental.

Qué pueden hacer las escuelas para ayudar

Gabriela Sánchez, delegada de la Asociación Dislexia y Familia (DISFAM) en Mendoza, sostiene que uno de los principales desafíos continúa siendo la capacitación docente.

La referente insiste en que las adecuaciones escolares no representan privilegios, sino herramientas para garantizar igualdad de oportunidades.

"A nadie se le ocurriría sacarle los anteojos a un niño con dificultades visuales", plantea, para explicar por qué tampoco deberían negarse los recursos que necesita un estudiante con dislexia.

En un documento dirigido a la Dirección General de Escuelas, DISFAM propone medidas concretas que pueden transformar la experiencia educativa:

  • Dar más tiempo para realizar actividades y evaluaciones.

  • Priorizar las evaluaciones orales cuando resulte apropiado.

  • Evitar las lecturas en voz alta sin preparación previa.

  • Utilizar imágenes, mapas conceptuales, computadoras y otros apoyos.

  • No concentrar varias evaluaciones en un mismo día.

  • Evitar que los errores ortográficos se conviertan en una fuente permanente de exposición y frustración.

  • Coordinar el trabajo entre docentes, familias y profesionales.

Estas medidas también están contempladas, en términos generales, en la Ley Nacional 27.306, sancionada en 2016, que reconoce el derecho a la educación de las personas con dificultades específicas del aprendizaje y establece pautas para su detección, abordaje y adaptación curricular.

Las señales de alerta

La dislexia es un trastorno específico del aprendizaje de origen neurobiológico y hereditario que afecta distintas áreas del funcionamiento cognitivo, incluyendo la lectura, la escritura y la comprensión. Este trastorno puede influir en el rendimiento académico de niños y adolescentes, así como en el desempeño laboral de los adultos.

Entre los principales rasgos que suelen presentar las personas con dislexia se encuentran:

  • Dificultades para leer y escribir de manera fluida y precisa.
  • Problemas de comprensión lectora.
  • Léxico limitado.
  • Déficit en la memoria a corto plazo.
  • Dificultades en el seguimiento visual.
  • Confusión en nociones espacio-temporales, como derecha e izquierda, días de la semana, meses u horas.
  • Alteraciones en el orden de las letras al escribir.
  • Dificultades en la coordinación psicomotriz (dispraxia).
  • Problemas con las matemáticas (discalculia).
  • Ortografía deficiente.
Adaptaciones escolares: las adecuaciones como más tiempo para evaluaciones o uso de recursos visuales garantizan la igualdad de oportunidades educativas.

Adaptaciones escolares: las adecuaciones como más tiempo para evaluaciones o uso de recursos visuales garantizan la igualdad de oportunidades educativas.

El derecho a aprender sin sentirse menos

Para Gabriela Sánchez, es indispensable comprender que un chico con dislexia puede dedicar mucho más tiempo que sus compañeros a estudiar y, aun así, no obtener los mismos resultados con los métodos tradicionales.

La frustración acumulada puede traducirse en ansiedad, rechazo escolar o comportamientos que los adultos interpretan equivocadamente como desinterés.

Por eso, el desafío no termina en enseñar a leer. También implica evitar que un niño crezca creyendo que es menos inteligente porque aprende de otra manera.

Santino, que alguna vez lloraba antes de entrar a la escuela, hoy continúa avanzando en quinto grado. Luana encontró herramientas para aprender sin que sus dificultades definan sus capacidades. Y Lihué, aquella niña a la que tanto le costaba leer, hoy es médica y ayuda a otras familias a reconocer las señales que ella misma atravesó.

Sus historias tienen algo en común: cuando los adultos dejan de preguntarse por qué un chico no aprende como los demás y comienzan a buscar cómo ayudarlo a aprender, pueden cambiar su experiencia escolar y su futuro.

Porque ningún niño debería sentir vergüenza de aprender a su propio ritmo. Y mucho menos creer que no puede llegar lejos simplemente porque necesita un camino diferente.

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