El presidente Javier Milei parte, una vez más, a Estados Unidos con una agenda bastante alejada de compromisos oficiales y siempre envuelta en polémicas. Si bien la visita a la Ciudad del Pecado para asistir al show de su ex pareja Fátima Florez quedó cancelada, la concentración de agenda en reuniones de negocios con empresarios también está rodeada de controversias.
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Quién es Michael Milken, el polémico anfitrión de Javier Milei en Estados Unidos
La historia de Michael Milken, rey de los bonos basura su auge en Wall Street, la caída judicial, la redención como filántropo y ahora anfitrión de Javier Milei.
El encuentro con unos 80 empresarios (según se anuncia), de los cuales no hay muchas precisiones, es organizado en el marco del encuentro global de la fundación del polémico y cuestionado hombre de negocios Michael Milken, conocido en el mundo financiero como “rey de los bonos basura”.
Pero, ¿quién es este personaje que organiza estas conferencias globales desde su fundación con la que intenta blanquear su imagen? Detrás del anfitrión, hoy reconvertido en filántropo y promotor de la investigación médica, se esconde una biografía marcada por la audacia, la innovación financiera y también por los excesos que llevaron al colapso de un banco de inversión y a su propia condena penal.
Los orígenes de una revolución financiera
Nacido en 1946 en Encino, California, Milken creció en una familia de clase media judía. Su padre era contador y su infancia transcurrió en un entorno relativamente apacible. Se formó en la Universidad de Berkeley y luego en la Wharton School of Finance, donde comenzó a interesarse por los bonos corporativos de baja calificación crediticia, despreciados por la ortodoxia financiera. Su hallazgo fue simple y disruptivo: las agencias de calificación penalizaban a empresas con dificultades coyunturales, reduciendo drásticamente el valor de sus bonos. Sin embargo, muchas de esas compañías aún conservaban activos de importancia o potencial de recuperación. Allí Milken vislumbró un mercado fértil.
El analista concluyó que esos títulos, a los que el sistema calificaba como “basura”, podían transformarse en instrumentos de alto rendimiento. Su tesis no era sólo matemática: también implicaba un desafío al esnobismo de Wall Street y a su rigidez cultural.
El auge de los bonos basura
La oportunidad llegó en Drexel Burnham Lambert, un banco de inversión de segundo orden. Allí, Milken convenció a sus superiores de crear un departamento dedicado exclusivamente a los bonos de alto rendimiento. Lo que comenzó como un experimento se convirtió, en pocos años, en un fenómeno que alteró la estructura del capitalismo norteamericano.
En la segunda mitad de los setenta, Milken trasladó sus operaciones a Los Ángeles y desde allí comenzó a captar fondos de pensiones y aseguradoras en busca de mayores retornos. El esquema era seductor: colocar pequeñas porciones de capital en múltiples emisores de riesgo, diversificando las posibilidades de impago. Pero el sistema fue más allá. Bajo su influencia, los “junk bonds” se transformaron en combustible de una ola de adquisiciones hostiles que marcó la década de los ochenta. Gigantes industriales como Revlon, Disney o Gulf fueron objeto de compras apalancadas con deuda.
El propio Milken alcanzó cifras descomunales: se estima que ganó 296 millones de dólares en 1986 y 550 millones en 1987, sumas inéditas para un ejecutivo de Wall Street. Su seminario anual en Beverly Hills, el célebre “Baile de los Depredadores”, congregaba a banqueros, inversionistas y estrellas de la música, en una síntesis perfecta de dinero, poder y espectáculo.
Del esplendor al escándalo
El auge, sin embargo, llevaba implícito un germen de inestabilidad. El mercado de bonos basura dependía tanto de su propio dinamismo que la creación de deuda se convirtió en un fin en sí mismo. Al mismo tiempo, prácticas irregulares como el uso de información privilegiada empezaron a salir a la luz.
El primer golpe fue el arresto del corredor de Drexel Dennis Levine en 1986, seguido por la confesión de Ivan Boesky, uno de los más célebres arbitrajistas de la época. Sus vínculos con Milken despertaron la atención de la Securities and Exchange Commission (SEC) y del entonces fiscal Rudy Giuliani.
En 1989, el escándalo estalló definitivamente. Milken fue acusado de fraude de valores, manipulación de mercado y otros delitos. En 1990 se declaró culpable de seis cargos, incluyendo violaciones a las leyes bursátiles y declaraciones falsas a la SEC. Fue condenado a diez años de prisión y a pagar una multa de 600 millones de dólares, aunque su pena se redujo a dos años tras cooperar con la justicia. Cumplió prisión entre 1991 y 1993.
La caída fue estruendosa: Drexel Burnham Lambert se declaró en quiebra, y el mito de Wall Street de los años ochenta terminó por derrumbarse.
Redención y filantropía
Tras recuperar la libertad, al ser indultado por Donald Trump, Milken se mantuvo alejado del mundo financiero, limitado además por la prohibición de por vida de operar en Wall Street. Enfrentó un grave cáncer de próstata y dedicó su fortuna a la investigación médica y a programas educativos. Su Fundación Familiar Milken financió iniciativas en salud pública, biomedicina y educación, en un esfuerzo por reconfigurar su legado.
A pesar de estas acciones, la controversia nunca lo abandonó. Para algunos, democratizó el acceso al capital y dinamizó sectores enteros de la economía. Para otros, fue el arquitecto de una burbuja que desestabilizó a la industria norteamericana. En 2020, recibió el indulto del presidente Donald Trump, gesto que cerró formalmente el capítulo judicial de su historia.
Entre la admiración y la sospecha
El caso de Michael Milken encarna como pocos la tensión entre innovación financiera y especulación desmedida. Admirado por su visión, condenado por sus excesos y luego reivindicado como filántropo, su trayectoria refleja la ambivalencia del capitalismo contemporáneo.
Que el presidente argentino Javier Milei se siente hoy en una conferencia organizada por él no es un detalle menor. Se trata, en última instancia, de un encuentro con la historia de Wall Street, con uno de los personajes que mejor sintetiza el espíritu de una época: la de los años ochenta, donde el dinero pareció reinventar todas las reglas y, al mismo tiempo, desnudó los riesgos de un sistema impulsado por la codicia.
En Michael Milken conviven la audacia y la desmesura, la creatividad y la trampa, la filantropía y el recuerdo imborrable de un colapso financiero. Su figura, lejos de resolverse en una sola dimensión, sigue siendo materia de debate entre quienes lo ven como un revolucionario del capital y quienes lo recuerdan como el rostro de los excesos de Wall Street.