27 de julio de 2026
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El ejemplo de Mandela (por Luis Rosales para Sitio Andino)

El padre de la Sudáfrica moderna está internado y el mundo entero se preocupa. Si bien los últimos reportes indican que su salud estaría mejorando, su avanzada edad justifica ampliamente aquella preocupación.

El padre de la Sudáfrica moderna, Nelson Mandela, está internado y el mundo entero se preocupa. Si bien los últimos reportes indican que su salud estaría mejorando, su avanzada edad justifica ampliamente aquella preocupación.

Hablar de Madiba, título honorífico con que lo conocen sus compatriotas, es referirse a un hombre excepcional. Uno de esos que aparecen cada mucho, mucho tiempo. Un patriota, un humanista, un luchador, en definitiva un verdadero modelo.

Nacido en el seno de una prominente familia noble dentro de la etnia Xohsa, una de las  mayoritarias en el país con la economía más avanzada del continente africano, dedicó toda su vida adulta a la lucha contra el terrible sistema del apartheid, que los blancos minoritarios habían impuesto para sojuzgar y controlar a la gente de raza negra.

Condenado a prisión perpetua en 1962 por su participación en la lucha contra este sistema injusto y retrógrado, por el cual se segregaba a la población de color y se los sometía a un tratamiento denigrante, pasó 27 años recluido en la prisión de la Isla Robben, ubicada en frente de las costas de Ciudad del Cabo. El constante  reclamo de sus compatriotas y la enorme presión internacional obligaron al régimen blanco a liberarlo en 1990 y cuatro años después a desmantelar la segregación, llamando a las primeras elecciones libres de la historia. Mandela se presenta como candidato y  obviamente arrasa en virtud de la enorme ventaja demográfica que registraban en aquellos años los 38 millones de personas de color contra sólo 5 millones de descendientes de europeos.

Una vez en lo alto del poder de Pretoria y mostrando una generosidad impresionante, llama a la reconciliación nacional. El hombre que había pasado gran parte de su vida peleando por sus derechos y encerrado en una diminuta celda, abrió su corazón y propuso una Sudáfrica para todos los sudafricanos, sin excepciones. Entendiendo  que los blancos constituían la verdadera locomotora que movía a toda la nación, en vez de castigarlos y pagarles con la misma moneda, decidió integrarlos y convocarlos a una nueva empresa colectiva. Para lograrlo también tuvo que apaciguar a sus propios seguidores que reclamaban revancha y en algunos casos venganza.

Con esta impronta, Mandela consigue reconciliar a su país y encaminarlo hacia otros niveles de desarrollo. A diferencia del caso de su vecino Zimbawe, la ex Rhodesia británica, que cuando consiguió liberarse del yugo colonial avanzó decididamente hacia la expulsión de los blancos y todavía sigue sufriendo las consecuencias de la enorme descapitalización y empobrecimiento generalizado que ese verdadero éxodo produjera.

Por esta actitud enorme del ahora anciano y enfermo líder, se le concedió el Premio Nobel de la Paz y adquirió dimensiones de un modelo de conducta en el mundo entero. Su obra y legado debería servirnos a todos en todas partes. La idea de que para salir adelante hay que conjugar los verbos perdonar, unir, reconciliar, en vez de pelear, dividir, agredir. Sudáfrica no perdió su condición de potencia emergente y ahora integra el exclusivo club de los BRICS. La tarea de Mandela sirvió para que se transformara además en un país viable y con futuro. Un ejemplo  para seguir especialmente por estas tierras americanas donde parece que hemos decidido seguir el camino contrario.

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