El espectáculo central de la Vendimia resaltó lo más tradicional de la celebración. El aprovechamiento de los artistas en escena, la historia simple, el anclaje a lo latinoamericano y la utilización de la tecnología del mapping fueron algunos de los aciertos de una puesta prolija desde lo visual y emotiva por momentos.
Al cumplirse 50 años de celebración de la Vendimia en el Frank Romero Day, el espectáculo central no pudo sino rendirle homenaje. Teatro Mágico de Piedra y Vino, con dirección de Vilma Rúpolo y guión de Arístides Vargas entregó al público lo más tradicional del género.
Preponderancia de bailes y música típica con el aprovechamiento de la masa de bailarines en escena, la invocación a la Virgen de la Carrodilla sin sobresaltos respetando el sentir y la devoción popular desde lo poético, el aprovechamiento de las cajas lumínicas y cuadros de fuerte sentir regional, fueron parte de una puesta artística que no provocó grandes impactos desde los efectos especiales pero que construyó una celebración sin fisuras, propia de gente que sabe esto de hacer vendimias.
La historia escrita por la pluma de Vargas resultó simple y entendible. Sin grandes pretensiones desde la palabra, el relato contó su propia experiencia de vida. La de un hombre (interpretado por Guillermo Troncoso quien asumió también la dirección de actores) que regresa a la tierra que lo vio nacer y recuerda desde su mirada de niño (papel que cumplió con gran naturalidad el pequeño de 10 años Gaspar Vargas) la magia de la celebración en el impactante Teatro Griego y los procesos del vino que logran luego de un año la ansiada cosecha.
Son estos personajes quienes fueron sumergiendo a la fiesta en su propia esencia. Cuadro tras cuadro se recrearon paisajes de nuestro terruño acompañado por la alegría del canto de los pájaros y de la cueca cuyana; el trascurrir de las estaciones con un maravilloso momento donde Sebastián Garay entonó Tonada de Otoño; la helada que lo oscurece todo y la imploración a nuestra madre de los viñedos para que proteja el fruto y el trabajo.
Aquí se incorporó también la imagen de la mujer originaria y fue la voz de Fenicia Gangemi quien interpretó - como sobrina del autor- la tradicional canción popular y religiosa. Los inmigrantes y el festejo por la cosecha fueron otro de los infaltables del argumento que esta vez dejó de lado el protagonismo de las reinas departamentales.
El escenario bastante simple y despojado de grandes niveles y bajadas, le dio un lugar protagónico a las cajas de luces que son patrimonio cultural de la provincia y a la incorporación de la tecnología del mapping que proyectó imágenes sobre la escenografía ambientando momentos de la puesta e integrando en algunos instantes hasta al propio público.
El despliegue, si se quiere más arriesgado, ocurrió durante el cuadro homenaje al teatro como espacio símbolo de la fiesta. Con la intención de mostrar la estructura original del edifico es que se realizó una apertura de las las cortinas led del centro y la escenografía que está adelante para dejar paso a la salida del conjunto de bailarines.
Si en otros años Rúpolo se destacó por incorporar personajes de gran tamaño, esta vez la utilería mayor fue utilizada no como un recurso central sino como añadidos anecdóticos de la historia. Tres perros, pájaros, sillas, una botella de vino, una jaula y mujeres gigantes vestidas para recrear una boda fueron los elementos y personajes que aparecieron. Esto último sirvió para darle un tinte dramático al cuadro, que contó con cientos de parejas de novios sobre el escenario.
La música una vez más cumplió un rol importante, con 40 músicos interpretando en vivo un repertorio amplio que fue desde lo más tradicional como tonadas, cuecas y tango, hasta aportes clásicos y algunas canciones más contemporáneas. Esta vez la fiesta se animó a voces como las de Sebastián Garay, Sandra Amaya, Marcelino Azaguate, Leandro Lacerna y Goy Ogalde (ex Karamelo Santo); entre otras.
Lo más sobresaliente
Dentro de la puesta hubo momentos más sobresalientes que otros. Una mención aparte merecen sin dudas dos de ellos, que fueron el cuadro de unión Latinoamericana y el gran cierre final con el malambo esperado.
Respecto al primero, se utilizó la popular canción de la agrupación Calle 13 para exaltar lo regional. Si bien es un recurso bastante utilizado últimamente en diferentes eventos artísticos (fue el gran cierre de la Fiesta de la Cosecha con la voz de Susana Baca), se logró una gran versión. Aunque lo más provocador lo protagonizó la masa de bailarines sobre el escenario y las enormes banderas de los diferentes países flameando en el pasillo principal de las gradas del público.
Así, con el aire colmado de sensaciones es que se aprovechó el gran cuadro de cierre con la presencia de los mil artistas que participaron de esta edición. Todos juntos al ritmo energético del zapateo de un malambo que musicalmente conjugó Canción con todos, de Tejada Gómez, la Marcha de la Vendimia y el Himno Nacional, potenciaron el final con un fuerte sentir patriótico.
Otro pasaje para destacar y que se salió del libreto genérico de toda vendimia, fue el homenaje al cine nacional con la proyección de imágenes de diferentes películas, mientras sonaba la música de Nazareno Cruz y el Lobo, del gran Leonardo Favio. Sin dudas, un instante poético que erizó la piel de más de uno.
Mientras que el cuadro de los inmigrantes tuvo el acierto de no caer en la obviedad de las tarantelas y el flamenco. Si bien no se dejó de mencionar a las corrientes migratorias europeas que llegaron a estas tierras con las primeras cepas, en lo musical y en la danza se optó por rendir homenaje a los sonidos de colectividades latinas como la colombiana, la peruana y la boliviana.
Un hecho artístico, un acto de amor
El género artístico vendimial tiene sus propias directrices, como el manejo de una gran masa de artistas y los lugares típicos de la cultura mendocina y de la fiesta imposibles de no recrear y que hacen difícil innovar. Ahí está cada año el reto para el equipo que asume la responsabilidad de ponerla en escena: gustar y buscar sorprender.
Ya con su cuarta vendimia en su currículum artístico, Rúpolo, hizo de Teatro Mágico de Piedra y Vino un buen espectáculo ajustado a la tradición y lo que la gente espera disfrutar en ella. Mucho baile, mucha música folklórica y los hitos infaltables como la Virgen. Más la incorporación de un niño que le imprimió un halo ingenuo y de inocencia a la puesta.
Sin embargo hubo un pasaje que deslució del resto, que fue el cuadro de celebración de la melesca donde se interpretó y danzó una polca vendimial tan infantil que no alcanzó la altura y el vuelo de un acto central. Tampoco algunos elementos de la utilería menor resultaron acertados como unas banderas en dorado y blanco cuyo aporte conceptual no fue entendible a simple vista o la utilización de unas varas luminosas que tampoco hacían fácil su interpretación en el relato y recordaban más a una película de ciencia ficción que a las cruces de sal en defensa de los infortunios del clima.
Sin embargo, y más allá de cualquier criterio que será único y personal para las miles de personas que disfrutaron ayer del espectáculo, lo importante es que se realizó un hecho artístico y eso es ya es en sí mismo un acto de amor. Mendoza celebró una nueva Vendimia y fue una fiesta.