Muestras

Reivindicación al arte surgido en la marginalidad

Una muestra en París rescata del prejuicio obras creadas en cárceles y psiquiátricos de Italia, al margen de todo sistema artístico o de corrientes culturales reconocidas.

En la Halle Saint Pierre, en París –museo bastante atípico de arte moderno, arte naíf y arte popular dirigido por Martine Lusardy–, puede verse estos, una muestra sin precedentes: Banditi del’Arte . Curada por Gustavo Giacosa, la exposición, que permanecerá abierta hasta el 6 de enero de 2013, despliega obras de todo tipo realizadas –al margen de todo sistema artístico oficial o de corrientes culturales reconocidas– por hombres y mujeres con un común denominador: son nacidos en Italia en los siglos XIX y XX, en condiciones de pobreza, con un destino familiar dramático y marcados por una ruptura afectiva determinante.

Estos banditi (bandidos), en su mayoría, conocieron el asilo psiquiátrico o la cárcel al menos una vez en sus vidas. Durante esa experiencia extrema –confinados, segregados, aislados– encontraron una vía de expresión: la creación de objetos, colages, pinturas, esculturas, desmintiendo de este modo al establishment del arte (que los ignoraba), y a las teorías creadas por el médico y criminólogo Cesare Lombroso –en la muestra se expone su colección privada– quien reducía el genio creador de estas personas a una forma de degeneración mental propia de los psicóticos.

Las producciones expuestas en la muestra tienen la intención, para Gustavo Giacosa, de mostrar la importancia de la supervivencia más que la denominada intención artística. Giacosa es el comisario de la muestra no por casualidad. Nacido en Santa Fe, Argentina, también actor de la compañía del mítico Pippo Delbono, este joven talentoso y humanista fundó en Génova en 2005 la asociación cultural ContemporArt, desarrollando una amplia investigación entre arte y locura. Es el director artístico del espacio cultural ContemporArt Ospitale d’Arte (Villa Piaggio). Su intención es la exploración de diversos universos poéticos. A través de los Banditi dell’Arte , Giacosa nos sumerge en la aguas oscuras de la locura y del dolor humano que, lejos de resignarse al olvido, logra escalar muros, huir de teorías falsas y denigrantes, abrir las puertas e instalarse hoy para nuestra emoción, admiración y sorpresa en los museos del mundo.

"Traje", obra de Versino G. La realizó con hilos de trapos de piso.

En la primera de las dos partes en que está dividida la muestra, se presentan las colecciones carcelarias y psiquiátricas del Hospital San Lázaro de Regio Emilia, el Museo Lombroso y el Museo de Antropología de Turín. Cesare Lombroso (1835-1909) –se recordarᖠcrea una teoría sobre el prototipo del criminal. Se interesa, a partir de 1866, en las obras de los prisioneros y de los enfermos mentales. En su obra Genio y locura , reconvertida en El hombre de genio en una edición de 1882, Lombroso ejerce una profunda influencia en la crítica reaccionaria y hostil a las vanguardias. La obra creada por estos individuos, sostenía, viene a reforzar la certeza del origen criminal que los mueve.

Los objetos gestados en prisiones y asilos, no son para él más que “objetos hablantes” que permiten a Lombroso exponer sus teorías en los primeros congresos de antropología criminal y en las primeras exposiciones universales. Las fotografías que se exponen en estos lugares al gran público permiten ilustrar “el tipo criminal”, el resultado de su trabajo como prueba irrefutable de la “degeneración” de estos sujetos. De este modo, los dibujos, las cerámicas, los escritos, tatuajes, esculturas conllevan en sí la marca del crimen y se etiquetan todas ellas: “obras de criminales”. Con poco más de un siglo de distancia, estos “pobres trofeos”, así llamados por Lombroso, conservan una fuerza subversiva, interrogando, con una cierta ironía, la mirada sobre el arte contemporáneo. La potencia innata de estos objetos que hoy no dudamos en llamar “obras de arte”, logran trascender las barreras convencionales determinadas por la enfermedad y las interpretaciones denigrantes de Lombroso y sus secuaces. Los bandidos devienen héroes rebeldes al margen de una sociedad que quiere librarse de ellos confinándolos, encarcelándolos. Hoy salen a la luz, gracias a esta extraordinaria muestra transformados en actores principales, y junto a su obra que ha trascendido los altos muros de prisiones, desafiando lo inimaginable, logrando existir más allá de desgarros, denigraciones, ocultamientos y oprobios.

Soñar otro mundo

Francesco Toris (1863-1918), joven carabinero nacido en Colloretto Castelnuovo, fue internado en un asilo psiquiátrico de Turín. Con 33 años recibió una emoción violenta que afectó su salud mental: su novia esperaba un hijo de él. Entre 1839 y 1905, Toris crea “El Nuevo Mundo”, una obra cosmogónica realizada con huesos animales, rescatados de su miserable ración alimenticia del hospicio. De estos huesos surgirá un edificio fantástico –obra central de la exposición– apoyado sobre tres ruedas y constituido por una multitud de elementos minuciosamente esculpidos: figuras humanas, ídolos, animales imaginarios, escaleras, puertas, motivos ornados de flores, cartas, letras, cifras. Las piezas fueron ensambladas sin ningún lazo, clavo o pegamento. Piezas complicadas, donde se expone el Caos, y en cuyo montaje parecería estar representando una suerte de infinito constituido de formas oblicuas y curvas atravesadas de puntas y de huesos de diferente espesor. Puentes, escaleras, puertas y ruedas, elementos que el hombre ha creado para sobrepasar los obstáculos tomando así posesión del espacio. Tori no disponía más que de los restos de su comida para poder decirle al mundo: he aquí mi creación, mi criatura. Su “Nuevo Mundo” mide casi un metro, los útiles con los cuales lo realizó los construyó él mismo, están expuestos junto a la maleta también realizada en hueso animal.

Otra de las obras que retiene nuestra atención, cuya procedencia es la misma que la de Toris (Hospital Psiquiátrico de Collegno), son los trajes realizados por Versino G.. El hombre tejía con las hilachas de trapos de piso trajes de gran talla cuya similitud con los tapados de los chamanes de Siberia provoca estupor. Versino se vestía con estos trajes, llamados por él “vestidos coraza”, mientras se ocupaba de la limpieza del hospicio. Es muy probable que nada supiera de chamanes ni de Siberia.

También llaman la atención las cosmogonías de Mario Bertola, quien entre 1928 y 1935 escribe y dibuja un álbum-libro: “El mundo en revista”. En cada página, la enciclopedia está encabezada por la frase “Nosotros en el mundo”. Cientos de caracteres prolijos, diminutos como hormigas se apoderan del espectador por su mensaje, que va más allá de un código lingüístico.

Entre estos artesanos de lo imaginario, investigadores atormentados a quienes la obsesión les imponía una compulsión creadora y metódica aplicada a objetos y a frisos donde se pueden leer miles de palabras en forma de muros, puede ubicarse también el caso de Raugei (1958-2006). Otras obras increíbles son los muebles colmados de escenas religiosas de Giovanni Podesta (1895-1976); los bastones, esculturas de animales fantásticos, personajes que parecen salidos de la mano de los indios Rapa Nui de la isla de Pascua, ejecutados por Luigi Buffo, y las letrinas grabadas de Giovanni Bosco.

Otro gran creativo de la muestra, convertido en pintor reconocido es Pietro Ghizzardi (1906-1986). Ghizzardi nace en Boretto y, a causa de la inundación del río Po, queda confinado en su casa junto a su madre. Comienza a partir de entonces a pintar en hojas de cartón, representando mujeres de enormes senos y escenas vinculadas con la relación simbiótica que lo une a su madre. Ghizzardi, siguió pintando hasta el fin de su vida: actrices, santas, condesas, paisanas... todas ellas madres seductoras, meretrices y santas reviviendo –en cierto modo– la vieja tensión del medioevo: la convivencia entre la santidad y lo demoniaco.

Menos vigilar y castigar

Con la llegada de los neurolépticos y el nacimiento de un movimiento antiinstitucional, el concepto de “asilo” es cuestionado. La sociedad de los años 60 en Italia, cambia su mirada sobre “la locura” y las puertas de los hospicios comienzan a abrirse gracias a nuevos intercambios propulsados por una mejor movilidad. En 1957, los artistas Pino Castagna y Micahel Noble, realizan en el interior del hospital San Giacomo alla Tomba de Vérone, una experiencia innovadora: un taller de creación. El taller no fijaba ningún límite, no daba ninguna premisa ni objetivo, pero supo estar a la escucha “del otro”, dejando emerger la “espontaneidad” “ de las visiones de los talleristas.

Con la llegada de la ley 180, en 1980 las antiguas estructuras de los hospitales psiquiátricos italianos se transformaron en estructuras abiertas en los cuales los talleres de creación comienzan a desarrollarse. Estos laboratorios son diferentes en sus objetivos y motivaciones, pero todos estimulan, apoyan la libertad de expresión de los pacientes, ofreciéndoles un lugar adecuado, útil y adaptado a sus propias necesidades individuales. Algunos de los creadores de estos talleres encontraron un lugar dentro del denominado Arte Bruto. En el segundo piso de la exposición, que reúne a los creadores del siglo XX, podemos admirar la creación de los talleres de Blu Cammello, La Manica Lunga, Asfodelo. Todos ellos inmersos en diferentes hospitales psiquiátricos.

En este sector de la muestra puede uno imaginar por un instante que está en un recinto consagrado al Pop Art, pero enseguida se reconoce la mano de los Banditi.

Se destaca entre los inmensos murales de Giovanni Galli, Carlo Zinelli, Francesco Borello, la obra de Franco Bellucci, internado en Livoure desde los siete años: en un extenso muro se exhiben sus muñecos de plástico, de peluche, juguetes, flores artificiales... unidos a través de cables. Las piezas están atadas, aprisionadas entre cordones; la sensación de encierro y falta de libertad sugiere que la infancia de Belluci ha transcurrido lejos del Paraíso.

El curador Giacosa relata el episodio dramático que vivió Bellucci: a los siete años, víctima de una meningitis, es maniatado durante su infancia a los barrotes de una cama. Nadie imaginaría, de no ser por el relato de Giacosa, el origen del grito del artista, y sus objetos maniatados por nudos de plástico, que podrían pasar por obras vanguardistas como las que se exponen comúnmente en la Tate Gallery de Londres o en el Palais de Tokyo de París. El muro consagrado a Bellucci tiene la fuerza de Munch ( 1863-1944) y su célebre “El grito”.

En la pared opuesta se exponen los vestidos, ex votos y carteles de Mélina Riccio (1951), hoy una figura reconocida gracias a los muros que pinta por toda Italia con mensajes de paz y ecologismo. Mélina intenta a través de objetos que recupera de la calle salvar el alma de cada cosa y construir un mundo mejor, que le dé un lugar a su fe en Dios.

Fuente: Revista Ñ

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