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Un relato de pandemia

Las zapatillas nuevas y ese olor a dentista...

Por Walter Gazzo

Tenía entre 10 u 11 años. La verdad es que no me acuerdo... pero no era más que eso. A decir verdad, todos los días me cuesta más recordar con exactitud algunas cosas (en realidad, no es tan preocupante sino que insisto en ser detallista al máximo y, a veces, no da).

Mi mamá me llevó a un consultorio odontológico que estaba en calle Silvano Rodríguez, bien enfrente de la Municipalidad de Guaymallén. Una puerta daba a un pasillo y por ahí entrabas a la sala de espera del consultorio del doctor Lacoste, una de las eminencias locales.

Como todo consultorio, allí había revistas, música funcional y ahí me quise instalar.

Mi papá durante años compró el diario todos los días. Leer noticias era algo habitual para mí y las revistas me atrapaban. Y en ese consultorio había una colección digna de leer: Gente, Siete Días, alguna Radiolandia o TV Guía, una Para Ti y, seguramente, había alguna Selecciones del Reader's Digest.

La sala era amplia, luminosa y, de tanto en tanto la música funcional era tapada por el motor de un torno, que venía detrás de la puerta. Mientras ojeaba una de las revistas, mi oído estaba atento a ese zumbido.

Mi mamá me hizo vestir con mi ropa para salir: un jeans FW, una remera con cuellito y una impecables zapatillas negras (¿eran Jaguar o Nike Feraldy?). Al fin y al cabo, ir al dentista era toda una salida.

Después de unos largos minutos de espera, el que estaba en ese sillón era yo, mirando fijo una luz y, de golpe, unos ojos bien celestes propiedad del doctor. Seguramente tiene que haberme solucionado un problema de caries o algo así, y fue la primera experiencia odontológica que recuerdo.

Esto viene a colación porque esta semana tuve que hacerme un tratamiento de conductos y allí, ocupando ese largo sillón, me vino al recuerdo ese zumbido, esas zapatillas negras nuevas, intactas y el olorcito que hay en los consultorios. En realidad, casi siempre que voy al odontólogo se me disparan esos recuerdos.

A diferencia de la gran mayoría, me gusta ir al dentista (más allá que mi maltratada dentadura no diga lo mismo). Y es una profesión que admiro. Tienen que ser tranquilos, amables, lo suficientemente dúctiles con la palabra como para no apabullar al mudo que está en el sillón y tener una mano prodigiosa para no hacerte doler.

Nunca tuve problemas de género: odontóloga u odontólogo me da lo mismo mientras tenga rico perfume.

Y, mientras estaba con la boca abierta recordando mis zapatillas (¿eran Jaguar o Nike Feraldy?) me di cuenta que ese trabajador también la había pasado mal en esta pandemia. Durante meses no pudieron ejercer su profesión y ahora lo hacen bajo un estricto protocolo.

Ellos también son trabajadores esenciales y ahí están, al pie del sillón, salvando sonrisas y dejando el comedor listo para el próximo asado.

En esta pandemia hemos aplaudido a todos los trabajadores de la salud, de la seguridad, de los supermercados y de los más diversos rubros que han dado lo mejor de ellos y ellas para poder pasar este momento. Y este aplauso enorme va para los que odontólogos y odontólogas que siguen ahí -vestidos de astronauta- esperando para sacarte el dolor de esa maldita muela, a pesar del bicho, y que -de paso- me hacen volver a un hermoso momento de mi preadolescencia.

Walter Gazzo

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