Un paro que terminó en tablas, y en fracaso para los convidados forzosos
La CGT y sus aliados se sacaron el gusto de parar el país por un día. El gobierno de Macri ratificó el rumbo y encontró funcional la medida a lo que busca: la mayor polarización posible; el equivalente a la grieta del kirchnerismo. Más de los mismo y más penurias para quienes soportan un estado de dura y crítica realidad social y económica.
Corrida por izquierda, la central sindical nacional unificada en el triunvirato, debió forzarse a cumplir con un paro general que no había madurado en su interior y para el que no estaba del todo convencida. El freno a la actividad económica por un día, en represalia por las supuestas políticas neoliberales, fue el resultado de un alumbramiento prematuro que le dejó a la cúpula del gremialismo argentino más un gusto amargo y hasta culposo, que el sabor inconfundible de aquellas victorias de antaño que le terminaban regalando, como premio de la gesta, el convencimiento de haber torcido en parte la realidad que se pretendía modificar.
Si algo dejó en claro el paro de este 6 de abril para las partes trenzadas en la pulseada, gobierno y los sindicatos de los gordos, quizás haya sido la capitalización para cada uno del universo de voluntades y de pensamiento que ya los venía acompañando hasta el día de la huelga.
La CGT, particularmente, fue la que más puso en juego y no parece haber logrado como resultado de su cruzada algún ingrediente nuevo al debate nacional más de lo que ya se sabe. Se sabe que los resultados del comienzo del reinicio del crecimiento económico como ha vaticinado desde algunos días la Administración Macri, no han llegado a la superficie donde habita el ciudadano común, el asalariado, el pequeño comerciante, el Pyme, el productor agropecuario, el docente y el técnico. Por eso que el significado del paro, más allá del consabido malestar, no aportó nada en general.
Pero en la interna del movimiento gremial, cruzado por los conservadores de siempre, los gordos, y por las fuerzas de la izquierda, eterna cuestionadora de la burocracia sindical, unida a las nuevas líneas kirchneristas, lo de ayer quizás le haya servido a sus promotores explorar caminos para medirse en la batalla por el poder. Del resultado de ese enfrentamiento dependerá en parte lo que pueda mostrar el peronismo en la oposición en su necesaria tarea de reconstruir sus vínculos con parte de la sociedad. En esa tarea están todos, sorprendidos y conmovidos, también extrañados, frente al desafío de mostrarse renovados y en sintonía con ese cambio cultural evidente que inició la mayoría de la sociedad algún tiempo atrás.
En síntesis, el de la CGT y sus facciones de grupos aliados, como el kirchnerismo, consiguieron darle, a sus seguidores más consolidados, una vía de escape y de catarsis si se quiere por una situación política que, para lamento de ellos, el gobierno no está dispuesta a variar. Porque en el medio de todo este contexto complicado que golpea actualmente el país se ha instalado con fuerza la polarización o lo que durante el kirchnerismo se llamó la grieta.
La CGT, si se quiere, le fue a jugar en su propio terreno a un gobierno que se satisface a cada minuto con los movimientos que da la oposición más visible entre la que se cuenta por historia y pertenencia al peronismo, la propia central sindical. El paro, visto de otro modo, y más allá de las declaraciones de rigor que se dieron a nivel oficial cuando promediaba la medida, en clave política le fue también funcional al gobierno que cuestiona.
El duranbarbismo que domina y encanta a Macri y a sus más cercanos funcionarios, entiende que la manifestación en su contra no ha sido más que combustible para lo que ha pretendido instalar con éxito desde el primer minuto de gestión.
El juego, en definitiva, no es más que lo que ya se conoce: entre el "ellos" (el pasado reciente, según esta visión) y el "nosotros" (el gobierno propiamente dicho encarnando lo nuevo). Y es en ese escenario en donde la administración de gobierno quiere que se dispute la próxima contienda electoral ya convencida, quizás, que las promesas de ese inminente bienestar que se viene profetizando desde el segundo semestre del año pasado tampoco se haga visible o palpable en realidad.
Todo esto explica, en verdad, las razones de por qué tanto la CGT como el gobierno se declararon vencedores. Típico y esperable, como reacción, al final de la jornada. Lo que para nada resulta lo importante, sino más bien la anécdota. Lo real es que la situación económica y social en la Argentina sigue siendo dura, extremadamente dura y compleja para quienes perdieron su trabajo o su pequeña unidad de producción a lo largo de los últimos meses y, claro está, para quienes no llegan a fin de mes con lo que ganan.
El conflicto y la profunda división en la que está inmerso el país no permiten, desde ya, encontrar solución alguna al problema estructural que ha echado raíces profundas por fracasos y desaciertos que se acarrean por decenas de años. El equívoco del gobierno y de los que considera, quizás con un grado de razón sus enemigos del presente en vez de adversarios, es continuar tensando la cuerda en un contexto irrespirable para muchos.
Así como fue la CGT -y sus aliados políticos funcionales- con el paro ha sido quien más puso en juego, de cara hacia delante y pensando en lo que viene, es el gobierno quien tiene el peso de la mayor responsabilidad para escaparle a un nuevo fracaso. Cómo responderá y si Macri, en concreto, estará a la altura del desafío, nadie lo sabe. Como nadie sabe hacia dónde se va, pero sí qué es lo que no se quiere nunca más.