Cornejo y su desafío: que las diferencias con Macri no se noten tanto
El Gobierno provincial debe prever que con el comienzo del 2017 las permanentes apelaciones al desastre recibido comienzan a perder efecto. La gente que lo votó no está bien y sufre el efecto más doloroso del ajuste y del parate económico. El gobernador espera impaciente que Macri dé en el clavo de una buena vez. Con él tiene diferencias tanto ideológicas como de método. Desconfía del Dios Mercado y prefería que el cambio de políticas se hubiera hecho de un solo golpe y no gradualmente.
Foto: Yemel Fil
A quien quiera escucharlo, Alfredo Cornejo confiesa tener más diferencias que coincidencias con el gobierno de Mauricio Macri. Entre ellas, quizás la más trascendente es la ideológica que suele fundamentar en el apego casi religioso que tiene el elenco de gobierno nacional -y con el que no coincide- de que el mercado y sus leyes, más tarde o más temprano, terminarán por ordenar el rosario de penurias que arrastra la Argentina. En el mientras tanto, agua y ajo.
Junto con esa confesión, Cornejo también agrega, como para que quede bien claro y especial a quienes más cerca de él o más lejos le reclaman una actitud algo más férrea en la defensa de algunos principios, pero sobretodo sobre respuestas concretas transformadas en medidas o en políticas que apunten a defender algo de la crisis que golpea a la economía provincial como a tantas otras regionales, sostiene que ni por asomo se enfrentará a Mauricio Macri. No es el momento; el presidente sigue siendo amable y respetuoso en el trato con la provincia y, por si fuera poco, comparte con él el espacio político que gobierna tanto la nación como la provincia.
Pero a medida que transcurren los días, la incertidumbre sobre la marcha de la economía, la demora en los resultados promisorios que se pensaban comenzarían a evidenciarse quizás hacia fin de año y las perspectivas no muy alentadoras de la marcha de la cosecha que se avecina, carcomen el ánimo oficial de la gobernación mendocina.
Es que tanto Cornejo como su generalato parecen advertir lo que muchos: que el arranque del 2017 colocará al gobierno en la situación para nada cómoda de tener que responder por la situación sin margen como para apoyarse en el desastre heredado.
Las diferencias con la nación, con Macri, son también metodológicas. Cornejo hubiese preferido una política de shock en la búsqueda del orden para el Estado y de las variables que se dispararon con los K. Nunca se involucró en la disputa que envolvió al grupo de economistas que reunió el presidente para armar el gabinete de gobierno, pero si hubiese podido, se habría inclinado por el ajuste rápido y fulminante, antes que el modelo actual que va de a poco y que encima en el primer semestre del año estuvo signado por el ensayo de prueba y error. También entiende que, por la escala de proporción entre uno y otro, él pudo avanzar más rápido en modificar las pautas administrativas del Estado. Pero cree que el camino elegido no sólo demora los resultados de las medidas, sino que además extiende las penurias de la clase media, la más golpeada, y que fue quien le permitió a Cambiemos acceder al poder.
En resumen, el Gobierno provincial consiguió resultados rápidos en la dirección que buscaba. Lo hizo, claro está, a cara de perro, como fue el reencauzamiento del gasto destinado a las partidas de los sueldos públicos, objetivo que alcanzó manu militari en la negociación paritaria con los gremios del Estado. Seguirá teniendo, como el mismo gobernador llama, algunos bolsones de ineficiencia por destrozar, pero ya no serán tan espectaculares como para que le ofrezcan victorias de tono épico en la cruzada contra el despilfarro de los recursos que encaró desde un año atrás. En buen romance, a partir del 2017, el relato oficial que -se reconoce-, se elaboró sobre los datos de la realidad que encontró y que lo ha venido acompañando hasta estos días, no tendrá el fenomenal rinde del comienzo.
El gobierno espera que el país crezca a un 3,5 por ciento a partir del año próximo. Si es así, como lo prevén desde la propia administración nacional Mendoza puede que comience a despegar. Si lo hace a ese ritmo en los próximos tres años de forma consecutiva, Cornejo confía en reducir el déficit a cero y equilibrar las cuentas y entregar una gestión desprovista de los condicionamientos de hoy que la obligan sí o sí a entregarse a Macri y a los resultados de la política económica nacional. Pero se trata de previsiones que, como siempre, nadie puede garantizar.
Los datos del presente eterno de dificultades que vive la Argentina son oscuros. Ayer la AFIP confirmó que en los primeros nueve meses del año se perdieron 127.595 puestos de trabajo registrados en el Sistema de Seguridad Social. La recesión golpea la actividad laboral producto de la caída de la actividad, del nulo crecimiento y también por la magnitud del ajuste que se ha hecho presente en el sector público y privado.
En diciembre del 2015, según certifican los datos oficiales de la AFIP, en el país existían 568.737 empresas registradas, mientras que en setiembre llegaban a 566.592, es decir un caída del 0,3 por ciento lo que se traduce en 2.145 empresas cerradas. Siempre de acuerdo con el organismo oficial, de las 127.595 bajas en los puestos de trabajo 7.719 pertenecen al sector público y 119.876 al sector privado.
El informe se completa con los sectores que perdieron más puestos de trabajo. Ellos han sido, la construcción con 46.163; las actividades administrativas con 36.578; la industria manufacturera con 36.257; los servicios de transporte y almacenamiento con 11.634; los profesionales con 7.154 y los servicios de alojamiento y comidas con 6.389 puestos menos.
En estos datos de la realidad residen los problemas más graves. En el hecho de que si no hay un repunte económico además de que se agravarán las penurias de un país que vive, como está dicho, en un permanente y eterno clima de crisis y de tensión, se complicará el panorama electoral de los gobiernos hacia octubre, momento de las elecciones de medio término.
Sin demasiados argumentos como para remitir a las herencias, el oficialismo estará obligado a demostrar con hechos una mejora en la calidad de vida de los sectores que lo acompañaron en el objetivo de alcanzar el poder. Una obviedad que nadie, cualquiera sea el que gobierne, quiere que se la recuerden.