10 de abril de 2026
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El ejemplo chileno...

Por Marcelo López Álvarez

El domingo pasado fue desolador para muchos mendocinos; no pudieron comprar allende las montañas. La jornada electoral para la elección de autoridades comunales dejó cerrados todos los grandes centros comerciales, restaurantes, ventas de bebidas, entre otros

Claro que pasada la jornada, los mendocinos compradores más informados, seguramente después se preguntaban ¿Para qué cerraron si no votó nadie? La abstención de votantes llegó al 70 %, demostrando un desinterés absoluto de los hermanos y hermanas chilenos por decidir quién los gobierna, al menos comunalmente.

El sistema electoral chileno sigue siendo optativo, el mejor avance que logró la democracia a instancias de los partidos más progresistas más de la izquierda moderada (lo que aquí seguimos llamando Concertación, por más que el nombre haya quedado abandonado) y el apoyo de una pequeña parte de la derecha es que todos los ciudadanos mayores de 18 años estén anotados automáticamente para votar, sin hacer el previo trámite de empadronamiento y el fin de la binominalidad.

La gran mayoría de la clase política y la dirigencia chilena quedó horrorizada cuando se conocieron los guarismos y se veían las imágenes de presidentes de mesa y fiscales que pasaban horas y horas solos en los lugares de votación.

Ese horror que mostró la clase política trasandina y gran parte de sus congéneres latinoamericanos se podría calificar de ficticio, acaso ¿no es cada vez más previsible que hacia eso vamos? Chile quizás sea un caso testigo, porque la dictadura cívico militar dejó un complejo entramado constitucional-electoral, que permitió avanzar más rápido hacia el desinterés ciudadano. Vale recordar solamente que al otro día de dejar su presidencia dictatorial, Augusto Pinochet asumió como senador vitalicio y la creación de los senadores designados que siguieron vigentes hasta la reforma del 2006. Sin embargo aquella reforma que terminó con la aberración de los senadores vitalicios y designados, nunca pudo plasmar la obligatoriedad del voto como anclaje de la verdadera participación del pueblo.

Recién hace menos de dos años -en abril 2015- logró encaminar (y con muchas concesiones) un sistema electoral que permitiera una participación un poco más amplia de la sociedad y demás fuerzas políticas rompiendo la binominalidad.

Pero el daño ya estaba hecho, el banco de pruebas de fomentar la desmovilización y participación de la sociedad en su destino funcionó a la perfección, basta ver la foto del último domingo.

¿Pero por qué viene a cuento esto en una columna que suele tratar temas de aquí nomás? Simple: la tozudez del Gobierno de Mauricio Macri con la reforma electoral hacia un voto difícilmente controlable y fácilmente permeable, sumado al discurso del desprestigio de la dirigencia política en beneficio de los supuestamente pulcros y eficaces PoliCeos, es un eslabón más de un claro proyecto de los centros de poder para apropiarse de las decisiones soberanas de los pueblos.

Los modelos en marcha necesitan de ciudadanías desmovilizadas, hartas artificialmente de los dirigentes políticos, solo de esa manera pueden imponer el Estado Empresa, represor (mediante artilugios más refinados que el garrote de los años 70) de la voluntad ciudadana.

Los modelos de reprimarización económica y servicios brindados por las grandes multinacionales, en desmedro de la producción nacional y el desarrollo de los emergentes solo son posibles con la inmovilidad de la comunidad como sujeto político. A eso apunta la reforma propuesta por el gobierno amarillo y sus adláteres desteñidos provinciales, el marketing de la cara bonita por sobre la discusión política y económica profunda. La complicidad de algunos actores, a quienes la famosa frase del filósofo argentino Jacobo Winograd "Billetera mata galán" les cae perfecta, es todo lo que necesita el modelo de exclusión para seguir avanzando.

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