Convocatoria Cuentos Andinos

"Las cosas del alma"

Por Lito Magistris. "Teresa era de esas mujeres que todos quieren. Sencilla, bella, gentil, amable...".

Las cosas del alma


Teresa era de esas mujeres que todos quieren. Sencilla, bella, gentil, amable. Sonriendo, siempre sonriendo. Caminaba apurada y con pasos cortitos. Inteligente. Buena amiga.

Carlos era el típico atorrante del barrio. Vivaracho. De ojos chispeantes. Bastante vago para los libros. Pero noble.

Se miraban como al pasar. Apenas se saludaban. Había muchos prejuicios.

Un día se pusieron de novios. Sus rostros brillaban. Pasaban horas juntos. El tiempo para ellos, había desaparecido de sus vidas.

A Carlos lo llamaron para la colimba. Lo mandaron bien lejos. Se escribían seguido. Se prometían fidelidad, confianza, espera, casamiento, muchos hijos... Pero las cartas comenzaron a venir devueltas. "Paradero desconocido", decía el sobre con el sello en tinta roja del correo.

Llegó el invierno. Varios. Los ojos de Teresa se ensombrecían con cada uno. Pero no quiso perder las esperanzas y comenzó a comprar cosas como si el regreso de Carlos y el casamiento estuvieran a la vuelta de la esquina. No importaba qué: ropa, enseres, vajilla, colonia para baño, repasadores, ajuar...

Los placares comenzaron a llenarse. Compró otros.

Pasaron muchos años sin señales de Carlos. El rostro de Teresa se apagaba cada vez más. Los vecinos la saludaban y, aunque evitaban preguntarle, ella les brindaba una tibia sonrisa y terminaba con: "Ya volverá, gracias".

Después de casi treinta años, una amiga psicóloga, viendo lo atiborrado de su casa le dijo: "Tere, tu alma está tan llena de dolor como de cosas inútiles tus placares. ¿Por qué no hacés lugar? La energía está bloqueada. Quién te dice que al vaciarlos..."

Y Teresa comprendió que tantos años de acumular habían sido un engaño. Procuraba tapar el agujero de su dolor infinito con cien mil cosas finitas.

Pasó una semana embalando y etiquetando y donando y regalando. Entre tantas cosas reapareció una foto, la primera, en la que ellos estaban tomando mate en el patio de la casa de Teresa. Recordaba el momento como si apenas el tiempo hubiera pasado. Se preparó unos con cascarita de naranja y se dispuso a sacar la última caja de cosas para tirar. Sonó el timbre y Teresa salió apurada, con sus pasos cortitos como siempre y el mate en la mano. "¡Uy, qué justo, yo traía bizcochitos de grasa por si tenías ganas de tomar unos mates!", dijo Carlos.

Quien sabe cuánto duró el abrazo. El beso. No hubo reproches ni demasiadas explicaciones. Pero Tere comprendió el valor de aquella frase que había leído: "El Universo aborrece el vacío". Mientras le cebaba otro mate a Carlos, pensó qué bueno que se hubiera llenado de él.


Lito Magistris.

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