columna política

Acerca de las mafias, los medios y el fastidio de Cornejo

Cornejo sabe cómo actúan las mafias y las reacciones de las mismas no debieran inquietarlo. Las conoce sobre manera. Lo que sorprende es que su gobierno no entienda muchas veces la mecánica de los medios de comunicación y de que están obligados a publicar aquellos hechos que son de interés público o que configuran un acto viciado que se pretende ocultar.

Enfrentarse con las mafias hecha carne en el tejido social y político por el paso del tiempo, por su permanencia gracias a un sistema de protección aceitado, el que les ha permitido perdurar por varios años ganando impunidad, y hasta porque quizás, por qué no, sus existencias tengan que ver con alguna característica particular de nuestra cultura, tiene siempre sus consecuencias para quien las combate.

Las consecuencias, desagradables, arteras y cobardes, pueden alterar y sorprender a alguien no avezado en el asunto. Sorprenden y causan temor, desde ya. Porque generalmente una persona de bien no tiene inserto, ni menos habilitado, el chip que activa el mafioso y que es propio de su condición.

Amenazas que no se saben de dónde provienen, seguimientos, aprietes, y un accionar extorsivo que rodea, envuelve y muchas veces domina hasta el silencio absoluto y la parálisis total para quien sufre las consecuencias, significan una condena permanente a vivir con miedo. Y como suele suceder en la mayoría de las veces, finalizar la aventura justiciera y el deseo de exponer al maleante –al mafioso– para dejarlo fuera de juego.

Alfredo Cornejo, el gobernador, a lo largo de su extensa y enérgica vida política, ha adquirido conocimiento más que suficiente como para saber lo que son las mafias y cómo operan. En especial las que se dedican a la actividad de la delincuencia común. Mafias conformadas por bandas de narcos, de traficantes de todo tipo de bienes transables, han sido estudiadas por el hoy jefe de Estado mendocino desde cuando tuvo aquel paso por el Ministerio de Seguridad durante la gestión de Julio Cobos, por caso.

Antes de eso, cuando fue secretario de Gobierno de la Muni de Godoy Cruz, en la época en que su mentor político César Biffi gobernaba el departamento, debió lidiar desde ese lugar en el Ejecutivo comunal con un caso más que resonante y de alto impacto político y que pasó a la historia como “el caso de las coimas de Godoy Cruz”.

Gracias a una ruptura de los códigos internos que suele utilizar la política para moverse habitualmente, saltó a la luz el conocido caso de “las coimas de Godoy Cruz”, como esa práctica habitual que reinaba en el Concejo Deliberante por la cual concejales de distinta filiación partidaria aprobaban ordenanzas a medida de los empresarios que invertían en el departamento. Para autorizar tal o cual inversión, grande o pequeña, los muchachos concejales les cobraban a los empresarios un peaje. Hubo empresarios que denunciaron la maniobra y algunos concejales también. Al cabo de varios años de idas vueltas, la Justicia terminaría condenando a los concejales corruptos.

Pero Cornejo sufrió como ninguno el caso desde la Secretaría de Gobierno. Nunca hubo denuncias en contra del gobierno, y los medios se cuidaron siempre de no mezclar al Ejecutivo con las prácticas corruptas de aquel Concejo. Pero Cornejo lo sufrió porque entendía que, como un hombre de la política, la difusión del caso manchaba a todos por igual.

Desde aquella época, el hoy gobernador recela de los medios de comunicación. Sospecha de ellos y de los periodistas. Está convencido de que los medios y los periodistas son un mal necesario y como mal necesario la política los debe usar a su antojo.

Años más tarde de aquel episodio, cuando ya era intendente de Godoy Cruz, tejió un vínculo más que sólido con quien sería el presidente de todos los argentinos: Néstor Kirchner. Con Néstor, se puede inferir, que Cornejo compartió el mutuo sentimiento de desprecio sobre estos personajes incómodos, los periodistas. Kirchner buscó cooptar a algunos hombres de prensa y también a algunos medios, historia que se conoce casi a niveles de mínimos detalles. Y siempre entendió que los medios nunca podían marcar la agenda pública de los temas de actualidad y que tenían su impacto en la política.

Para Néstor, y también para Cornejo, los medios debían y deben someterse a la política. Los medios deben hablar de lo que habla el presidente, el gobernador o el intendente y nunca contradecir la agenda marcada por el poder institucional.

En más de una oportunidad, y durante aquel extenso caso de “las coimas…”, el por entonces secretario de Gobierno se prendía en discusiones con periodistas a los que les cuestionaba su rol: “A nosotros, los políticos, la gente nos elije cada dos años en elecciones. A ustedes, los periodistas, en cambio no los elije nadie”, supo decir en alguna oportunidad durante sus querellas más o menos públicas con algunos periodistas entre los que me cuento. Pero siempre fue franco, siempre les dijo a los periodistas lo que pensaba de ellos, lo bueno como lo malo, y siempre dio la cara en ese sentido. Actitudes no comunes entre los de su especie, hay que decirlo también.

Dos días atrás en una rueda de prensa, a Cornejo se lo notó, vio y escuchó fastidiado. Le molestó que se le consultara sobre el caso en el que se ha visto envuelto el jefe de Policías, Roberto Munives, en donde su hijo –también policía o en camino de serlo–, fue fotografiado paseando montado en caballos de la fuerza junto a su novia y un grupo de amigos. También pareció fastidiarle que se le preguntara sobre las razones por la cual se ha nombrado a un jefe de Policía distrital bajo investigación por un supuesto caso de violencia de género y que tiene prohibido portar armas.

En su enojo, dijo que las mafias que está combatiendo dentro de la Policía le pasan factura con esos hechos que se ventilan; y a los medios les cuestionó que valoraran de la misma manera los casos que rozan a Munives con el pase a retiro o a pasiva de unos 70 efectivos considerados corruptos.

Cornejo sabe cómo actúan las mafias y las reacciones de las mismas no debieran inquietarlo. Las conoce sobre manera. Lo que sorprende es que su gobierno no entienda muchas veces la mecánica de los medios de comunicación y de que están obligados a publicar aquellos hechos que son de interés público o que configuran un acto viciado que se pretende ocultar.

Está claro que los cayos que pisa se mueven y contrarrestan con versiones y acusaciones que echan a volar por medio de las redes sociales o por los propios medios. En general, el poder político debe comprender que cuando esas versiones o esos indicios son ciertas o ciertos, cuando hay evidencias de que realmente existieron, muchas veces se publican, pese a las presiones.

Que el gobierno esté en franca guerra contra las mafias enquistadas en la Policía –lo que se valora y en realidad se reclama por parte de la sociedad–, no es motivo para silenciar otras irregularidades que rozan o pican cerca de quienes llevan adelante la gesta épica de terminar con los corruptos en el Estado. Estos últimos son los que más se tienen que cuidar.

Las mafias y sus acciones de amedrentamiento hacia quienes las amenazan, al menos al gobierno y mucho menos a Cornejo, no deberían causarle una desestabilización. Sino, por el contrario, más fuerza para acorralarlas y extirparlas y en esa tarea encontrará a todos con él, incluso a esos medios y periodistas molestos.

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