Este 9 de Julio nos interpela como argentinos. Tenemos una historia económica de vaivenes: crisis y momentos de bonanza se han mezclado a lo largo de 200 años sin permitir que el país despegara. ¿Cómo nos preparamos para dejar nuestro legado?
Foto: Axel Lloret
Argentina cumple 200 años de la declaración de su Independencia. Un día que los argentinos aprendemos a amar desde pequeños pero que, más allá de lo crucial de ese momento en nuestra historia, bien podríamos preguntarnos en qué vemos o cómo vivimos hoy, esa Independencia, los argentinos. Y si esa independencia política significó, alguna vez, independencia económica.
Argentina pasó de ser, aquel granero del mundo de mediados del 1800 que terminó convirtiéndola en uno de los países con mayor crecimiento en el inicio del Siglo XX y cuyo PIB per cápita se comparaba con el de Francia, Alemania y Austria, a ser un país subdesarrollado... emergente, como le dicen ahora. ¿Dónde quedó todo aquel empuje de nuestros primeros 100 años de historia?
Hay una frase que es casi un mantra en el mundo de los economistas. Simón Kuznets, nobel de Economía, dijo una vez: Existen cuatro clases de países en el mundo: los desarrollados, los subdesarrollados, Japón y Argentina. Japón como país sin riquezas que ha logrado imponerse como primer potencia mundial y Argentina, con sus infinitas riquezas naturales, que no logra terminar de emerger ni ofrecer una mejor calidad de vida para sus habitantes.
¿Es o no así? Podemos revisar nuestra historia y sacar nuestras propias conclusiones, al fin y al cabo: somos argentinos. Nosotros habitamos, vivimos y sufrimos este gran país.
Cien años de riquezas
Desde el 1800 hasta 1840, la Confederación Argentina sólo se dedicó a hacer crecer lo que en un principio tenía. Su pampa húmeda era rica para la cría de ganado y en ello se puso todo el potencial, lo cual signó lo que serían las primeras y tímidas exportaciones: cuero, carne salada, sebo y lana.
Entre el final del Siglo XIX y el inicio del siglo XX, el país comenzó a extender su experiencia productiva hacia el sector agrícola. Luego de la Campaña del Desierto, la pampa húmeda pasó de tener 2 millones de hectáreas cultivadas a tener más de 25 millones. El mismo crecimiento exponencial se dio en la ganadería.
Argentina parecía no tener barreras y, mientras el mundo iniciaba la Primera Guerra Mundial, nuestro país se fortalecía en el papel de gran productora de alimentos que tanto se necesitaba.
Entre 1870 y 1914 la economía argentina creció a un promedio del 5% anual, ubicándose en el podio de los países que, en el inicio del siglo pasado, tenían un mayor ingreso per cápita. El ingreso de los porteños, donde se concentraba la riqueza mayormente, era comparable en ese entonces con el de los franceses, alemanes y austríacos.
La gente quería venir a vivir en el nuevo paraíso y así fue como se originó el gran movimiento migratorio desde Europa hacia Argentina. En 1869, la población en el país era de 1,8 millones de habitantes. En 1930 ya éramos más de 11 millones de argentinos. Con la mano de obra nueva, llegó la posibilidad de dar tierras a la gente; el sistema productivo, hasta entonces dominado por los estancieros, comenzó a migrar también hacia las chacras como unidad económica más pequeña pero, a la vez, más demandante de mano de obra que la ganadería. En esa época el país vivió una nueva ola productiva que terminó ganando el mercado: al final del 1800, las exportaciones agroindustriales ya constituían el 52% de los envíos al exterior.
Argentina llegó a ser primer exportador mundial de harinas y el quinto en lácteos. El primer exportador mundial de aceite de girasol, soja y yerba mate. Segundo exportador de maíz y miel; y tercer productor mundial de soja; además de ocupar el 4° lugar en el mercado internacional de las carnes, algodón y vinos.
Cien años pobres
En aquel 1914, año en que el mundo atravesaba la Primera Guerra Mundial, el país creció a un ritmo del 8,5%. A partir de allí, y cuando luego de la Gran Crisis Económica del 29 el mundo comenzaba a recobrarse para iniciar un nuevo ciclo de crecimiento y de apertura, nuestro país comenzó a cerrarse y a nacionalizar los servicios. Entre 1930 y 1943 se dio el mayor crecimiento en la industrialización argentina. En aquellos años llegaron a contabilizarse 40.606 establecimientos industriales que, en conjunto, generaron más de 600 mil puestos de trabajo.
En 1955, cuando Aramburu derrocó a Perón, Argentina había llegado a ser país acreedor, ya no deudor, y tenía 371 millones de dólares en reservas. En sólo un año, el régimen militar transformó ese saldo positivo en 1800 millones de dólares de deuda. Para 1983, cuando volvió la democracia de la mano de Raúl Alfonsín, la deuda externa del país ya contabilizaba 45.087 millones de dólares.
La historia económica argentina es un gran relieve cordillerano, repleta de subas y bajas, con un pico máximo de desintegración social, económica y del empleo en el 2001, luego de la convertibilidad, el corralito y el abandono de De la Rúa. En ese momento Argentina marcó los niveles más oscuros en sus estadísticas, con un récord histórico en desempleo del 23% de su población activa- y con un 57,5% de pobreza.
Una vez más, los argentinos nos la compusimos para salir adelante y comenzar a trabajar nuevamente desde un país quebrado. Durante la presidencia de Néstor Kirchner el país volvió a tener un crecimiento inusual en los indicadores que se reflejó en las estadísticas. Entre el 2003 y 2011 crecieron un 260% las exportaciones de Manufacturas de Origen Industrial; un 212% las de productos primarios; y un 182% las ventas al exterior de manufacturas agroalimentarias.
Fue el último ciclo en que la economía argentina se rehízo como para generar empleo en cantidad y calidad, además de movilizar inversiones internacionales hacia nuestra tierra.
Este 9 de Julio de 2016 nos encuentra, a 200 años de aquella Independencia, en un momento en el que los argentinos queremos creer que esos siglos de vaivenes (modelo de péndulo económico y político, dicen los estudiosos de la Argentina) han terminado. Nos encuentra sabiendo que vivimos en un país rico por naturaleza pero que no ha sabido forjarse un lugar, como sí lo hicieron Australia o Canadá, con economías consolidadas.
Será ese, entonces, el desafío de los hombres de este Bicentenario. Líderes políticos, empresarios, culturales, populares que hoy, cuando entonen las estrofas del Himno, sabrán que mucho hay que pelear por independizarse económicamente de las grandes potencias; que mucho hay que proyectar, para tener ese país educado y técnicamente preparado que requiere el siglo; que mucho hay que trabajar aún para que los argentinos tengamos, no sólo mejor calidad de vida sino además un horizonte claro y preciso hacia donde avanzar.