El segundo semestre llegó: ¿y ahora qué?

Quizás no reparó en ello, pero Cornejo alcanzó más rápido que tarde reencauzar la situación financiera de un Estado que encontró por el suelo y quebrado. Y alcanzó ese objetivo con un apoyo político y una paciencia social más que sorprendente. De ahora en más la provincia requiere pensar en grande, aunque el nuevo gobierno no lo haya tenido en sus planes. Quiera o no, el reclamo por vivir mejor, por contar con más empleo y de calidad y por crecer como Mendoza lo merece, se le viene encima.

Había confianza en que el hombre pondría todo, y más también, para afrontar las tremendas urgencias de un Estado casi quebrado. Un Estado que no pagaba los sueldos de sus empleados; que había acumulado deudas millonarias con los proveedores de la salud y los de las meriendas escolares; que sumaba quincena tras quincena millones de pesos en deudas de coparticipación con los municipios de la provincia causándoles a muchos de ellos una parálisis casi absoluta en la prestación de los servicios básicos como los del alumbrado, barrido y limpieza. Un Estado tan mal administrado que gastaba mucho más de lo que le ingresaba provocando, entre muchas más cosas, que los policías destinados a las patrullas no salieran por falta de móviles en condiciones o por no contar con combustible y sin municiones en sus armas. Un Estado con hospitales y centros de salud decrépitos, con escuelas derruidas; con reparticiones en donde sus empleados acudían sólo a marcar el ingreso y a cumplir horas sin trabajo alguno en el mejor de los casos, mientras otras sólo justificaban su existencia para acumular y justificar ñoquis.

El hombre en cuestión y en el que la mayoría de los mendocinos depositó confianza y esperanza para escaparle a la pésima situación, logró rápidamente ordenar las cuentas del Estado. Refinanció los préstamos del Banco Nación; negoció con los proveedores; logró fondear el tesoro con fondos conseguidos en el exterior y desde lo político alineó a todos, oficialistas desde ya y a los opositores, detrás del objetivo de sanear y poner en pie el Estado aturdido y falto de acción y de reacción. La Legislatura le dio el aval a cada una de las iniciativas de normalización que envió y agrupó a las intendencias detrás del mismo objetivo. Las paritarias estatales, que al inicio de gestión emergían como el gran obstáculo político a sortear, fueron surfeadas por su muñeca política cerrando todas con los porcentajes de aumento que el mismo gobierno se había propuesto otorgar. Para ello, el hombre no dudó –bajo una conciencia y voluntad imperturbable y aún a costa de ser tildado de autoritario–, en cerrarlas por decreto; decretos, hay que decirlos, que aprobó aquella Legislatura que está dominando a voluntad. Para todo este bagaje de medidas impopulares y duras, contó con el inestimable apoyo de una sociedad que tomó nota de la situación y que avaló, de acuerdo con las encuestas y sondeos de la primera parte de gestión de estos seis meses, con amplia mayoría y satisfacción la restructuración encarada desde la conducción política e institucional asumida por el líder del Ejecutivo.

El hombre cumplió con creces lo que se había propuesto. Lo que no quiere decir que toda esta tarea de reencauzamiento administrativo del Estado se haya terminado. Pero pocos, ni siquiera él, pudieron siquiera pensar que al cabo de los primeros seis meses de gestión el trabajo sucio, si se quiere, estaría casi terminado. Un hombre cien por ciento ejecutivo y concreto sorprendió –con un equipo que le cumplió a rajatabla el plan diagramado–, al conseguir en tan poco tiempo cambiarle el rumbo a un Estado que lo había perdido.

Con el segundo semestre, si se quiere, arranca otra historia. Y es desde este punto en adelante en donde no se tiene demasiado registro de lo que el hombre pueda ser capaz de hacer y realizar. Si se sabe cuáles son los desafíos. La incógnita está puesta en cerciorarse si el conductor, el jefe, será capaz de conducir a la provincia hacia un nivel en el que todos puedan alcanzar objetivos mayores, a la altura de la historia de Mendoza.

El conductor asumió, según reveló, sin ningún sueño de protagonizar como lo dijo alguna vez un estado de situación en donde se crea que se vive en una isla de la fantasía, en un gran circo o en medio de una farsa.

Ahora bien, ¿es Alfredo Cornejo, el hombre del orden y el control, el preparado y avezado conductor que la provincia necesita para el despegue a gran escala? O será que los mendocinos deberán a esperar a quien lo suceda para que, sobre la base de un Estado ordenado, se comience a pensar en grande. No se sabe si Cornejo está dispuesto a liderar ese desafío, pero sí sabe que una vez conseguida la normalización administrativa y financiera del Estado se le va a requerir a este gobierno, y no a otro, un plan de crecimiento en todos los frentes para no perder el tren, ni más tiempo.

El segundo semestre que arranca hoy le demanda a Cornejo, de ahora en más, un protagonismo quizás más importante del que ha tenido para gestionar inversiones, para inducir a los empresarios de Mendoza a que cumplan sus promesas varias de estar a la altura una vez que aparezcan las condiciones para expandir sus negocios, crecer, desarrollarse y dar trabajo. Y dejar, como él mismo lo ha señalado tantas veces, de vivir a expensas del Estado. Pero para eso, la etapa que viene le exige determinar la dirección hacia dónde va Mendoza y si sólo le alcanza, para su objetivo personal, con acomodar las cuentas fiscales garantizando que no se van a desmadrar como hasta hace poco.

El actual gobierno no puede condenar a los mendocinos a pagar tantos desatinos de aquellos flirteos en los que se llamaba a pensar y planificar una Mendoza que terminó yendo hacia la nada. Hay que hacerlo en serio y ahora. Quizás por allí pasa el mayor desafío de una administración que dijo no contar, al asumir, con un plan para ello por creerlo pueril y frívolo. Si acierta en la normalización y en el orden necesario, su obsesión, se le exigirá ir por más. Esté o no preparado para conducir la nueva época.


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