10 de abril de 2026
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¿Y ahora?

La aparición de un personaje inclasificable como José López cambió el momento de la política argentina.

Por Marcelo López Álvarez

La aparición de un personaje inclasificable como José López cambió el momento de la política argentina. Es muy pronto para aseverar si también la historia de la política, pero sin lugar a dudas es un cimbronazo importante.

Es bueno preguntarse por qué esa parte muy importante de la sociedad que repite permanente que todos los políticos son corruptos y cree a pie juntillas que todo político que llega a la función pública se enriquece, se muestra ahora horrorizada, no es ni más ni menos que lo que ellos creen.

Es un desafío más que provechoso para quienes nos apasionamos analizando la política y la sociedad trabajar en ello. Se puede ensayar una primera aproximación, a partir de los gestual y lo mediático.
Lo gestual es el billete físico, la parva de dólares lanzados por arriba de un paredón en una escena de comedia italiana que es inexplicablemente real. Esa imagen potenciada con la construcción mediática que se viene realizando de hace meses, comprensiblemente deriva en el estallido de bronca, de indignación de cualquier persona que se precie de ser más o menos normal.

Ahora es más corrupto un funcionario de pocas luces que guarda millones en un placard, que el que los lleva prolijamente con la complicidad del sistema a Uruguay, Suiza o los paraísos fiscales y la respuesta indudable es no, sin embargo en el imaginario de esa construcción la respuesta parece ser sí.

Preguntarse si López es un capítulo más de la mecánica corrupta desarrollada por algunos funcionarios, políticos, empresarios y comerciantes desde la época colonial para aquí, parece un sacrilegio en estos días de facilismo discursista y mediático, pero es indispensable para discutir cómo, a partir de un acontecimiento shockeante cómo este, rearmamos la relación entre la política, la sociedad, el cargo público y los empresarios.

El primer paso debería ser admitir que no se es más o menos corrupto por el color político que cobija al corrupto. Se es corrupto, punto. Después habría que entender que tampoco hay diferencias de ser más o menos por cómo se administre u oculte el dinero proveniente del hecho delictivo.

La desigualdad de poder entre quienes conforman la agenda pública y unifican el discurso tampoco es un dato menor. Solo en esas circunstancias es entendible que no se transforme en un escándalo que un Presidente declare a la prensa que ni se había dado cuenta que tenía un millón de dólares en un paraíso fiscal o declare bajo juramento que es prestamista particular de los empresarios que más se beneficiaron con las contrataciones de obra pública durante su mandato como jefe de gobierno de una provincia.

La misma declaración de un funcionario o presidente de otro color político, hubiera desatado un escándalo de proporciones inimaginables, de hecho sucede con las presuntas vinculaciones societarias entre la ex Presidenta y algunos empresarios también investigados. La existencia de condenas selectivas por parte de la sociedad y de los formadores de opinión y agenda, flaco favor le hacen a la discusión cierta del estigma de corrupción que parte de la sociedad ha decidido endilgar a la política en general sin distinciones.

Ese proceso selectivo es también aplicado la historia. La relación corrupción-estamentos políticos no nació de un repollo, ni en la última década. Quienes hoy mismo la condenan desde el poder fueron parte fundamental de esa mecánica en los 70 y 90. Nuestra Revolución de Mayo tuvo como telón de fondo de la discusión independentista el manejo de la Aduana y el contrabando, ante la caída del reino español en manos francesas. Con el correr del tiempo se van perfeccionando los métodos y las impunidades que creen tener quienes la practican como quedó demostrado con este escandaloso caso.

Pero también es cierto que por cada Saavedra, Pueyrredón o Rivadavia, hubo cientos de Moreno, San Martín, Belgrano o Güemes. Por cada Roca o Pinedo hubo cientos de De la Torre o Bordabehere, por cada Grosso hubo cientos de Abdalas, y por cada López (sin poner a este en el nivel histórico de los otros –por favor-) hay cientos de funcionarios, intendentes, legisladores y militantes que creen realmente en la política y la construcción social.

Nada es nuevo. A lo sumo se recicla, se perfecciona en una y otra dirección. En 1956 el genial cordobés Jorge Enea Spilimbergo escribía respecto a la Revolución Libertadora y los acontecimientos de aquellos días; “El contubernio oligárquico ha encontrado su tema: la moral. No hay político «democrático» ni usufructuario en general del 16 de septiembre. Que no presente al gobierno caído como a una banda de facinerosos que logró mantenerse diez años en el poder, gracias a la ignorancia de los más y al silencio impuesto sobre las minorías «ilustradas». Si antes del pronunciamiento militar la campaña servía para socavar las bases del gobierno peronista, derrocado éste, las comisiones investigadoras y la prensa se apresuran a publicar los escándalos para justificar la dictadura y obtener el apoyo de la opinión pública”.

La política y la ciudadanía argentina sobrevivieron a cientos de personajes nefastos como López y otros tantos, gracias al compromiso y esfuerzo de miles y miles que realmente creen en el poder de construcción y compromiso por la igualdad, la solidaridad y el crecimiento. Ahora ese es el desafío.


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