Salvataje a Mendoza: una respuesta fiel y propia del ADN cristinista
Foto: Gobierno de Mendoza
Cristina Fernández y su ministro de Economía, Axel Kicilloff, hicieron con Francisco Pérez lo que ellos esperaban que el gobernador mendocino hiciera con su sucesor, Alfredo Cornejo: que si bien se entiende que la provincia se encuentra en un estado financiero desesperante, no por eso el peronismo se debía entregar en cuerpo y alma a quien los derrotó en las urnas y los desplazó del gobierno por los próximos cuatro años, y que detrás de esa lógica, si había algo que convenir para recomponer la situación, en medio de la transición hacia el traspaso de mando, pues había que hacerlo hasta el último día de mandato de la actual gestión. ¿Y después? Después esa tarea la tendrá que llevar adelante el nuevo gobernador, que para eso fue elegido y no para que se le permitiera asumir sobre una alfombra roja y rodeada de flores y buenos perfumes. Vamos, ¿dónde se ha visto algo así?
El gobernador Pérez llegará hasta el último día de su gobierno, según parece, con los sueldos de los estatales al día garantizados, al igual que las cuentas más o menos saldadas con los proveedores más sensibles que tiene el Estado: los de la salud, sin duda y con aquellos que se ocupan de las meriendas en los colegios, con los que transportan a chicos hacia las escuelas en las zonas más alejadas de los centros urbanos y quizás, con la de los empresarios del transporte público de pasajeros un poco más tranquilos al ingresar en un plan de pago de las deudas que están reclamando. No hay mucho más como para que la sangre no llegue al río.
La nación gobernada por Cristina nunca vio con buenos ojos el acuerdo que Pérez firmó con Cornejo y que, como resultado del mismo, surgiera una Ley de Financiamiento en la que se autorizó al gobierno a salir a buscar 5.800 millones de pesos, ya fuere en bonos, préstamos nacionales o extranjeros o todo lo que pudiera surgir de un nuevo pacto de refinanciación con el agente financiero de la provincia, el Banco Nación. El texto fijaba, con fuerza de ley vale reafirmarlo, que de cada 10 pesos que se consiguiesen en esa tarea titánica, 6 debían ser depositados en un plazo fijo hasta el inicio de la próximo gestión. Con los 4 restantes se acomodarían las cuentas que deja la gestión de Pérez.
Cristina y su guardia pretoriana de Hacienda ya habían dado señales de que la asistencia a Mendoza, mientras dure su gestión, sería la justa y necesaria. Si bien la Rosada nunca vio con los mejores ojos a la gestión de Pérez, lo reconocía como parte de la familia, más bien como un primo lejano sin mayores tratos ni relaciones. En clave política, Pérez, además de sus propios errores en la administración, debió pagar su prematuro apoyo a quien hoy es la carta brava del oficialismo nacional, al bonaerense Daniel Scioli. Pero cuando el mendocino, llevado en su momento por su vice Carlos Ciurca, se pegó al candidato presidencial apareciendo junto a Scioli en aquellos primeros atisbos de su carrera hacia la sucesión de Cristina, los vínculos entre el gobierno provincial y la nación ya estaban maltrechos.
Los 2.300 millones de pesos que consiguió Pérez, tal como lo reconoció el propio gobernador, no representan billetes físicos, no es plata contante y sonante, sino más bien el alivio de que ese dinero, que la provincia le debe al Banco Nación, no le será exigido al menos hasta fin de año, sino que su devolución será pautada en un plazo de cuatro años a partir del 2016. Es decir, esa cuenta debe comenzar a ser pagada por la nueva gestión que arranca el 10 de diciembre.
En la naturaleza y estilo propio del gobierno que conduce los destinos del país hasta diciembre, no aplicaba la lógica de darle una solución integral a Mendoza, lo que se fue evidenciando con las constantes negativas de Economía y del Banco Nación a acceder a lo que Pérez y Cornejo le pidieron en su momento. Y fue la propia presidenta la que se reservó el regocijo de anunciarle a Pérez cómo y de qué manera la nación saldría en salvataje de Mendoza. Lo que falta, será, en definitiva, tarea que deberá gestionar el nuevo gobernador ya con otro presidente al comando del país.
Hay también una interpretación de fuerte contenido político en la respuesta que se le dio a Pérez. En la nación vieron que Mendoza, con el curso que había tomado su gobierno, se perdería irremediablemente como sucedió. Y los costos en política están tabulados; pero lo que hizo el kirchnerismo en la última docena de años fue dejarlos grabados a fuego, para siempre. En la negociación entre Pérez y Cornejo en la que se llegó al acuerdo por salir a buscar los 5.800 millones de pesos, el kirchnerismo vio que por el Frente para la Victoria no negociaba uno de los suyos, sino más bien un gobernador débil y golpeado del que se aprovechó el radical Cornejo para sacar el provecho más amplio. Pero como el futuro de ese acuerdo, independientemente de que haya sido refrendado por una ley provincial, dependía de la Nación, en la Rosada esperaron pacientemente a que les golpearan su puerta.
Lo que viene por delante surge como lo más trascedente de ahora en más. Porque tiene que ver con otra etapa que arranca en Mendoza y en el país. Como ya se ha analizado desde aquí, Cornejo y quien sea el elegido presidente de la nación tienen los mismos desafíos y las mismas urgencias, en escalas diferentes claro está, pero asombrosamente similares.
La gestión de Cornejo no se podrá dar el lujo de gobernar a espaldas de la nación. Un nuevo orden debe surgir, institucional y político, para achicar al máximo las probabilidades de error y maximizar las chances para enderezar las líneas que se fueron de madre. Todo dependerá de la visión estratégica de los nuevos conductores, de su responsabilidad y por sobre todo idoneidad, dos atributos que escasearon en los últimos años de una manera asombrosa.