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Charla con sitio andino

Pablo Díaz: “Lograr la justicia en base a la tragedia

Es uno de los sobrevivientes de La Noche de los Lápices. Y siente que esa es su responsabilidad.

Entre el horror de haber sufrido en carne propia lo peor de la dictadura militar, el dolor por los compañeros detenidos y desaparecidos, el maldito designio de haber presenciado y recibido las peores torturas, los robos de identidad y las vejaciones, pero con la fortaleza para ser una voz clave en la búsqueda de justicia; así Pablo Díaz enfrenta la historia, su propia historia, y la “responsabilidad”, como él define, de buscar una sociedad más justa. “Hay una necesidad de tratar de lograr la justicia en base a esa tragedia”, señala. A él se lo pidieron sus compañeros: “Me gritaban que no los olvide”, relató más de una vez.

Pablo Díaz es uno de los sobreviviente de la “Noche de los lápices”, esa triste parte de la historia nacional que hizo de la Argentina un país con una profunda herida que aún no sana porque los desaparecidos siguen sin aparecer y porque las heridas cicatrizan, pero dejan marcas.

El hombre que a sus 17 años vio cómo su vida dependía de los caprichos militares, esperando 90 días su “destino final”, mientras al lado suyo fusilaban, se siente con la misión de que su historia y la de sus compañeros siga viva a través del relato, de los libros y hasta del cine. Por eso la escribió y la documentó cinematográficamente. Y por eso la cuenta una y otra vez.

SITIO ANDINO dialogó con él y conoció parte de sus sensaciones, a 38 años de que la historia lo haya puesto en un lugar tenebroso y que a poco a poco vaya reivindicando parte de sus sufrimientos con los juicios por delitos de lesa humanidad.

“Mis fantasmas son mis fantasmas. En la secundaria siempre di los exámenes con cuatro y a éstos los voy a pasar aunque sea con la misma nota”, reflexiona sobre el daño personal que la dictadura le dejó.

“La noche de los lápices tiene una síntesis: la decisión de la muerte como un escarmiento a todo el movimiento estudiantil secundario para que la desaparición fuera un testimonio de paralización”, relata sobre el hecho que lo puso como protagonista en el Juicio a las Juntas y que hoy lo encuentra como uno de los testigos clave de Abuelas de Plaza de Mayo ya que presenció tres nacimientos en la clandestinidad.

La Noche de los Lápices fue uno de los tantos hechos cruentos que dejó la dictadura militar (1976-1983) y consistió en diez secuestros y asesinatos de estudiantes de secundaria, ocurridos durante la noche del 16 de septiembre de 1976 y días posteriores, en la ciudad de La Plata. Los detenidos, muchos desaparecidos, eran estudiantes de entre 14 y 18 años.

Díaz tenía apenas 17 años cuando lo encontró el horror. Una noche uno de sus hermanos fue hasta su cama y le avisó que venían por él. A Pablo no le sorprendió: era parte de un grupo de estudiantes que militaban desde la creación de los centros de estudiantes, dentro de la juventud guevarista, que recorrían las villas y reclamaban por la gratuidad del boleto, entre otras cosas.

Para los militares, éstos eran un objetivo concreto. “Generamos una especie de resistencia y se decide el secuestro sistemático de aquellos que eran potenciales subversivos”, relata Pablo Díaz.

“Fuimos llevados desde un campo de concentración al pozo de Banfield a la espera del traslado final. Estuvimos 90 días, cuidando a mujeres embarazadas en situación de parto. Fuimos testigos de tres nacimientos”, cuenta y agrega que el próximo año una nueva causa lo tendrá como testigo clave, y es precisamente por el pozo.

A él le llegó un “salvoconducto”, que lo llevó a estar cinco años detenido en situación de seguridad del Ejército Argentino. Pero al resto se los vio por última vez en ese oscuro lugar de Banfield.

Cuando a él, delante del resto, le avisaron de que sería trasladado para la “recuperación”, los demás “me gritaban que no los olvide”, relata.

“Siempre me quedó como que viví una de las cosas más horribles de la dictadura. Lo trasladé a una película y a un libro. Mi obsesión fue que los chicos aparecieran y creo que algo logré al haberle dado entidad con el conocimiento de la historia. Y hoy, a 38 años, tener la reivindicación del reconocimiento del 16 de septiembre es una especie de haber cumplido el juramento”, sostiene.

“Tal vez no sus cuerpos, pero sus historias son conocidas”, relata como dueño de la misión para que al menos los nombres de Daniel Alberto Racero, María Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Francisco López Mountaner, Claudio De Acha y Horacio Ungaro sean conocidos por todos.

“El año pasado se juzgó al que entró a mi casa cuando me secuestraron y le robaron a mi mamá cuestiones personales (joyas y ropa). Llamé a mi madre y le conté que fue condenado. Lo único que me dijo, a sus 90 años, fue ´gracias´. Sentí que una parte se había cicatrizado. Son cuestiones personales de las víctimas. Después hay un ámbito, que es el de la reconstrucción del tejido social, la responsabilidad de que la sociedad comprenda la necesidad de la justicia. No tenemos otra responsabilidad frente a la Nación y a la sociedad que la justicia”, resumen como la herencia que le dejó el haber protagonizado con su propio cuerpo ser una víctima de la dictadura. “Hay una necesidad de tratar de lograr la justicia en base a esa tragedia”.

Hoy Pablo es el director de Pampa Energía, una empresa líder del sector energético a nivel nacional, que es dueña de las represas de San Rafael. Justamente su actividad privada fue la que lo trajo a Mendoza este fin de semana, para participar de la cena anual de la energía.

Y sigue militando en el peronismo, incluso formó parte del equipo de la Secretaría de Energía durante el gobierno de Néstor Kirchner.

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