22 de junio de 2026
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Libros

Sin heroísmos, por favor

Es el libro de Raymond Carver que reúne cuentos y poemas inéditos, así como introducciones a libros, crítica literaria, ensayos y el fragmento de una novela inconclusa.

Por Sección Cultura
Esta selección de textos fue hecha por William Stull, uno de los más prestigiosos investigadores de la literatura norteamericana del siglo veinte, selección supervisada por la viuda de Carver, la también escritora, Tess Gallagher.
 
Es en la “Nota a la edición original” de Stull donde se manifiesta, en palabras de Carver, la finalidad de este libro: “El asunto es que si un escritor aún se siente bien (siempre estará bien si logra seguir escribiendo) y puede mirar atrás sin sentirse demasiado avergonzado por sus primeros esfuerzos literarios, entonces yo digo que bien por él. Y bien por lo que le empuja  a seguir así. Se olvidará de que este oficio tiene muy pocas recompensas si logra sentir la satisfacción que supone percibir la coherencia del propio trabajo, lo que es como decir la coherencia de la vida”.
 
Raymond Carver nació en 1939 y murió a los cincuenta años por un cáncer de pulmón. Estuvo más de veinticinco años escribiendo casi en el anonimato, buscando su voz, los instrumentos con los que contar sus historias, fundamentándose y partiendo desde una sentencia de Ezra Pound: “La máxima precisión en lo que se dice es la única moral al escribir”. Esas palabras, al ser leídas y procesadas por la mente de Carver, crearon una forma de expresarse, una mirada, un universo.
 
En los cinco años anteriores a su muerte, Carver se convirtió en uno de los autores más famosos de los Estados Unidos y el mundo. Sus cuentos, junto con las novelas de Richard Ford y  a la obra de Tobias Wolff, comenzaron a darle forma a esa corriente literaria denominada Realismo sucio, título que “Les hace gracia y hacen bromas sobre ello, como sobre tantas otras cosas”.
 
A propósito de ellos tres: entre los “Ensayos”, se puede leer uno que se llama Amistad, a la que pertenece la cita anterior, en el que Carver narra un viaje en conjunto a Europa y cuenta como se conocieron y se hicieron amigos. El otro ensayo que aparece, “Pensando en una frase de Santa Teresa”,  tiene una fuerte carga emotiva, ya que es el último texto en prosa que escribió.
 
En la sección de “Crítica literaria”, se revela lo referente a una veintena de lecturas hechas por el autor, entre las que se destacan obras de Ernest Hemingway, Richard Ford, Donald Barthelme y Sherwood Anderson.
 
En lo que se presenta bajo la denominación “Introducciones”, aparecen seis de los textos más brillantes sobre la teoría del cuento: “Guiarse por las estrellas”, “Mi parentela”, “Chéjov, ese desconocido”, “Hechos y consecuencias”, “Del relato corto” y  “Del relato extenso”, que se merecerían un lugar preferencial si alguna vez “Monte Ávila” de Venezuela decidiera reeditar y ampliar esa magnífica compilación realizada por Pacheco, Barrera y Linares en 1992, titulada Del cuento y sus alrededores.
 
El cuaderno de Augustine es el fragmento de una novela, media docena de páginas publicadas en el tercer número de “Iowa Review”.  Es Carver puro, más disgregado que en lo que podría permitirse en la escritura de un cuento, quizá, pero en los diálogos y en lo no dicho es él y en plena forma.
 
Los relatos son cinco, y es extraño encontrar en ellos ciertos trucos narrativos a los que luego aborrecería, como los denominados fluir de la conciencia o la excesiva utilización de flashbacks. Fueron escritos en la época que John Gardner le repetía: “Lee todo lo que caiga en tus manos de Faulkner  y luego lee todo lo que puedas de Hemingway para limpiarte la mente”. Lo que sí ya aparece en estos primeros textos es esa tensión subterránea tan “carveriana”.
 
El primer cuento es Tiempos revueltos, donde en la escritura se nota las influencias de James Joyce y William Faulkner.  “Es un relato cuya relectura me resulta particularmente interesante porque Ray aún no había adoptado dos normas que para él serían ley: la claridad y la concisión de lo expresado”, dice su viuda en el prólogo. Estas palabras describen muy bien al resto de los cuentos: El pelo, la parodia hemingwayniana Los aficionados, Poseidón y compañía y el extraño Manzanas rojas y brillantes.
 
Fuente: Télam

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