Vitivinicultura argentina: las lecciones de Chile y Australia ante la caída del consumo mundial
Un informe del IERAL analiza cómo Chile y Australia enfrentaron la crisis del vino y advierte sobre los cambios que necesita la vitivinicultura argentina.
La vitivinicultura argentina atraviesa una crisis importante, pero hay experiencias globales para mirar
La vitivinicultura argentina enfrenta un escenario que amenaza con modificar las condiciones sobre las que construyó buena parte de su desarrollo exportador. El consumo mundial de vino disminuye, los mercados internacionales absorben menores volúmenes y los precios encuentran dificultades para sostenerse. Al mismo tiempo, los costos de producción argentinos aumentan en dólares y reducen los márgenes de rentabilidad de las bodegas. Para Mendoza y San Juan, donde la actividad tiene una importancia económica decisiva, el problema adquiere una dimensión particular: las dos provincias deben competir con productores internacionales que cuentan con mejores condiciones logísticas y comerciales.
Un informe del Instituto de Estudios sobre la Realidad Argentina y Latinoamericana (IERAL), elaborado por el economista Jorge Day, analiza este escenario a partir de las experiencias de Chile y Australia. Ambos países atravesaron períodos de apreciación cambiaria que encarecieron sus exportaciones, aunque posteriormente debieron afrontar también la retracción del consumo mundial.
La principal diferencia es que Argentina enfrenta ahora las dos dificultades simultáneamente. Y, según advierte el estudio, si se consolida la estabilidad macroeconómica, la pérdida de competitividad derivada del aumento de los costos en dólares podría convertirse en una condición relativamente persistente.
Cuando el dólar deja de ser una ventaja
Entre 2002 y 2012, Chile y Australia experimentaron un fenómeno que modificó sus economías. El crecimiento de las exportaciones de cobre, en el primer caso, y de productos mineros, en el segundo, generó un fuerte ingreso de divisas y favoreció la apreciación de sus monedas.
Para las bodegas, aquello significó producir con costos locales cada vez más elevados medidos en dólares. La respuesta no fue uniforme.
Chile aprovechó sus acuerdos comerciales y las redes de distribución internacional para ampliar sus mercados. El crecimiento de las exportaciones permitió compensar parcialmente el deterioro de la competitividad cambiaria. Paralelamente, sus productores invirtieron en tecnología, modernización de los viñedos y sistemas de riego.
Australia enfrentó una apreciación más intensa y encontró mayores dificultades para sostener sus ventas externas. La industria respondió profundizando la mecanización, la automatización y las economías de escala, al tiempo que comenzó a reorganizar empresas y reducir capacidad productiva.
Los dos países también avanzaron en calidad, marcas y diferenciación comercial para conseguir mejores precios, aunque conservaron segmentos de vinos económicos y a granel.
Existía, sin embargo, una ventaja que hoy Argentina no tiene. Durante buena parte de aquel período, el consumo internacional todavía crecía. Esa expansión permitía buscar compradores adicionales para compensar los mayores costos. El mercado actual ofrece muchas menos posibilidades.
Un mercado que ya no alcanza para todos
Desde la segunda mitad de la década de 2010, la industria mundial comenzó a enfrentar una transformación más profunda: la reducción del consumo de vino.
El cambio obligó a revisar estrategias comerciales que durante años habían privilegiado el aumento de la producción y la expansión exportadora. Las bodegas buscaron mejorar sus márgenes mediante productos diferenciados, marcas más sólidas y canales de venta directa. También comenzaron a desarrollar vinos más frescos, de menor graduación alcohólica y con presentaciones adaptadas a nuevas preferencias. Pero la innovación comercial no resultó suficiente para absorber los excedentes.
Australia redujo los volúmenes procesados y revisó inversiones y activos, sin conseguir eliminar completamente los desequilibrios entre oferta y demanda. En Chile comenzaron a disminuir las superficies cultivadas y algunos productores decidieron abandonar la actividad vitivinícola o reemplazar sus viñedos por otros cultivos.
La experiencia internacional muestra así una distinción fundamental. Cuando el problema es cambiario, las empresas pueden recuperar competitividad mediante productividad, diferenciación y nuevos mercados. Cuando lo que disminuye es el consumo, esas medidas deben acompañarse con una revisión de los volúmenes producidos y de la capacidad instalada.
Para Argentina, ambas respuestas resultan necesarias.
La vitivinicultura argentina tiene varias debilidades pero tambien importantes fortalezas para enfrentar la crisis
Las desventajas propias de Mendoza
La comparación internacional revela otras dificultades estructurales. Mendoza y San Juan se encuentran aproximadamente a mil kilómetros de los puertos atlánticos, una distancia considerablemente mayor que la que deben recorrer buena parte de los vinos chilenos y australianos para llegar a sus puntos de embarque.
El costo del transporte perjudica especialmente a los productos de menor precio y al vino a granel, cuyos márgenes dejan menos espacio para absorber gastos logísticos.
A esa desventaja se suma la limitada apertura comercial argentina. Chile y Australia desarrollaron acuerdos que les permiten ingresar a mercados relevantes con condiciones arancelarias preferenciales. Argentina, en cambio, dispone de menos convenios y ha mantenido distintas restricciones e impuestos sobre sus exportaciones.
En consecuencia, las bodegas argentinas no solamente enfrentan costos internos más elevados, sino que en determinados destinos deben competir pagando aranceles superiores a los de sus principales rivales.
El costo de no cambiar
El informe del IERAL identifica dos caminos posibles para la vitivinicultura argentina. El primero consiste en mantener las prácticas actuales y permitir que el ajuste recaiga principalmente sobre los productores primarios.
De hecho, el precio de la uva acumula tres años de retroceso. La continuidad de esta tendencia podría acelerar el abandono de viñedos, con consecuencias sobre la capacidad productiva futura. Incluso una mala cosecha podría provocar aumentos transitorios importantes en el precio de la materia prima y generar nuevas dificultades para las bodegas.
La alternativa supone una transformación más amplia, con responsabilidades tanto empresariales como gubernamentales.
Para el sector público, las prioridades pasan por reducir los costos que afectan la competitividad: mejorar infraestructura y logística, simplificar trámites, revisar impuestos y tasas y avanzar en una mayor apertura comercial. También aparece la necesidad de facilitar una reconversión ordenada de los viñedos, aunque las restricciones fiscales limitan la capacidad de intervención estatal.
Las bodegas, por su parte, deberán mejorar la productividad, reducir los costos por litro y aumentar la participación de vinos de mayor valor agregado. La venta directa y el enoturismo ofrecen posibilidades para desarrollar canales más rentables, pero no eliminan la necesidad de revisar las dimensiones de la producción frente a un mercado internacional más pequeño.
El desafío resulta especialmente complejo para las pequeñas y medianas empresas, que disponen de menos escala y encuentran mayores dificultades para financiar inversiones.
Las lecciones de Chile y Australia para el vino argentino
La experiencia de Chile y Australia no ofrece una solución única. Sus trayectorias muestran, precisamente, que las estrategias deben responder a las condiciones de cada mercado y a la naturaleza de los problemas.
Para la vitivinicultura argentina, la cuestión ya no parece limitarse a recuperar competitividad cambiaria o esperar una mejora de las exportaciones. El cambio en la demanda internacional obliga a discutir también cuánto vino producir, con qué costos y para