Ya llevamos varios meses trabajando sobre esta temática. Un recorrido que cubre celulares en el aula, sus efectos reales (basados en investigaciones) y las políticas de referencia que pueden ayudarnos a pensar una regulación capaz de cuidar los derechos de nuestros niños y niñas.
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Criar con celulares: ¿Qué hacemos las familias entre pantallas?
La regulación empieza a moverse, pero ninguna ley va a criar por nosotros. Del acuerdo de Meta a las pautas concretas para cada casa: por qué el desafío no es controlar horas de uso, sino acompañar hacia la autonomía digital.
Y, en medio de todo esto, cayó una catarata como pocas. Podríamos estar asistiendo al comienzo del fin de una era de redes sociales despiadadas y sin demasiados límites. Sí, exagero. Un poco.
Pero, al menos, podemos pensar este momento como una especie de gran “juicio a las tabacaleras” de fines del siglo pasado, pero aplicado a las redes sociales. Ese punto de quiebre en el que las empresas finalmente deben reconocer qué sabían sobre los efectos adversos de sus productos y comenzar a responder frente a regulaciones, controles y multas multimillonarias.
Si no estabas al tanto, Meta, la empresa detrás de Facebook, Instagram y WhatsApp, prometió cambios significativos en sus plataformas en el marco del juicio por los posibles efectos adictivos de las redes sociales.
Entre los cambios más importantes anunció:
- Controles avanzadas de verificación real de edad (no limitado a la autodeclaración).
- Límite diario de uso de dos horas para sus plataforma
- Modo de bloqueo por defecto entre la medianoche y las 6 de la mañana (mensajes directos quedan excluídos)
- Notificaciones desactivadas de forma automática en los horarios y días escolares (8 a 15hs).
- Pausas obligatorias tras 15 minutos continuos vía alertas y recordatorios.
- Likes ocultos en perfiles y los contenidos para adolescentes.
- Bloqueos de filtros que alteran la apariencia del usuario.
- Mayores restricciones en contenidos vinculados a autolesiones o trastornos alimenticios.
Además, la compañía se comprometió a pagar una multa multimillonaria (que podría crecer todavía más si YouTube y TikTok adhieren a ciertas condiciones) y a quedar bajo supervisión de una auditoría externa independiente.
Ahora bien, no todo es maravilla. Aunque existen pedidos para que estas medidas se implementen a nivel mundial, todavía no hay ninguna certeza de que vayan a llegar a nuestro territorio. Tampoco este acuerdo obliga automáticamente al resto de las grandes plataformas a adoptar reglas similares. Y tampoco obligaría a discontinuar las recomendaciones personalizadas ni la publicidad segmentada.
Es decir, cambia bastante. Pero no cambia todo.
Recomendaciones para familias
Puede parecer evidente, pero esta serie de acuerdos está lejos de solucionar el problema. De todos modos, no deja de representar un avance y, sobre todo, una oportunidad para seguir discutiendo cómo proteger mejor a nuestros niños, niñas y adolescentes.
La regulación no alcanza, pero es un paso clave. La otra pata es la educación y el cuidado cotidiano de cada familia.
Por eso, me gustaría compartir algunas pautas familiares mucho más concretas. Estas son algunas de las que considero más importantes y que, además, cuentan con bastante respaldo.
- Proteger el sueño. Sacar el teléfono del cuarto durante la noche y mantenerlo silenciado. También conviene evitar rutinas de sueño que dependan de una pantalla o la incluyan como parte indispensable para poder dormir.
- Menos pantallas y más mundo. Priorizar el juego activo, la exploración, el movimiento y la interacción con las figuras de cuidado. Sobre todo en los primero años, resulta útil pensar la diferencia entre pantallas “activas” y “pasivas”: es decir, que el dispositivo funcione como disparador de una actividad o que sea el centro de atención.
- No es solo cuestión de tiempo. El tiempo importa, sí. Pero mucho más importa el contenido, el momento, el propósito y aquello que el teléfono está desplazando.
- Acompañar y conversar. Utilizar los dispositivos de manera compartida cuando sea posible. Preguntar qué están viendo, ayudarlos a interpretar lo que encuentran y poner límites frente a contenidos que no son apropiados para su edad.
- Cuidar nuestro propio comportamiento. El uso de los dispositivos por parte de los adultos es una de las problemáticas más evidentes y, al mismo tiempo, más invisibilizadas de la crianza digital. La llamada “tecnoferencia parental” no solo puede afectar el vínculo, también se asocia con dificultades emocionales, cognitivas y conductuales.
- Preservar momentos sin pantallas. Hay espacios y rutinas que conviene defender de las interrupciones digitales: las comidas, las salidas, los momentos de conversación, el juego, la higiene y los espacios de cuidado. No se trata únicamente de “usar menos”, sino de preservar momentos clave para el vínculo y el desarrollo.
- No utilizar el teléfono como chupete electrónico. Dar una pantalla cada vez que aparece aburrimiento, enojo, tristeza, ansiedad o frustración puede instalar un patrón donde el dispositivo termina convirtiéndose en la principal estrategia de regulación emocional.
Criar para la autonomía digital
El primer celular debe venir siempre acompañado de una charla previa sobre pautas y recomendaciones, corresponsabilidades, límites y las consecuencias de no cumplirlos.
La entrega del primer celular propio abre una etapa con promesas y responsabilidades. Aunque casi nunca lo tratemos así, debería ser todo un rito de paso, un hito en la vida de nuestros adolescentes.
A medida que crecen, el control pierde efectividad como estrategia y el diálogo gana en importancia. En la adolescencia muchas de estas reglas siguen siendo válidas, pero algo empieza a cambiar.
Necesitamos preguntar mucho más qué les pasa dentro de su experiencia digital. Sabemos que problemáticas como el bullying, el grooming, el abuso sexual, la viralización de contenidos, la pornografía, la discriminación o el acceso a contenidos dañinos requieren algo que ningún control parental puede instalar: la confianza para que un adolescente se sienta cómodo para pedir ayuda.
Del otro lado, es importante prestar atención a los niveles de irritabilidad, pérdida de control y deterioro de las actividades cotidianas. Un recordatorio importante: el uso problemático puede generar malestar, sí. Pero también el malestar puede llevar a buscar refugio cada vez más tiempo detrás de una pantalla.
Al llegar al final de esta nota, creo que queda bastante claro que el problema no pasa únicamente por controlar horas de uso. El desafío es mucho más grande: pensar una crianza orientada hacia la autonomía digital.
Y eso no se resuelve juntando un par de tips, instalando un control parental o prohibiendo una aplicación. Implica pensar una crianza acorde con las necesidades y las demandas de nuestro presente.
La evidencia actual no identifica al teléfono como una causa única de los problemas. Tampoco permite afirmar que toda pantalla sea perjudicial. Pero sí empieza a mostrar que ciertos patrones de uso que merecen nuestra atención.
Quizá la pregunta no sea solamente cuánto tiempo pasan nuestros niños con el teléfono, sino qué están haciendo ahí, qué están dejando de hacer y qué necesitan de nosotros para aprender a entrar, navegar y comprender esa enorme ventana digital.
Acompañamiento, límites, regulación, conversaciones y una revisión sincera de nuestras propias prácticas adultas.
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