Una vez que empecé a ahondar más y más en lo que implica el uso de celulares por parte de niños y adolescentes, me encontré con un montón de aristas, debates y temas que vale la pena mirar con atención.
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Criar con celulares: ¿Quién cuida los derechos de los niños?
Desde límites de edad hasta sanciones para las plataformas: un recorrido por las políticas internacionales que buscan proteger a los menores y por las lecciones que dejan sus resultados.
En la nota anterior recuperamos algunos datos que muestran que los celulares llegan cada vez más temprano. Sobre todo, bastante antes de lo que recomiendan muchos especialistas.
Frente a este escenario, distintos países comenzaron a implementar políticas, regulaciones y recomendaciones orientadas no solamente a los niños y adolescentes, sino también a sus familias y a las propias plataformas.
Suecia: recomendaciones claras e información de calidad
La Agencia de Salud Pública de Suecia comenzó a compartir directrices específicas para madres y padres según la edad de sus hijos.
La “regla práctica sueca” propone: menores de 2 años, nada de pantallas; de 2 a 5 años, máximo una hora por día; de 6 a 12, entre una y dos horas; y de 13 a 18, entre dos y tres horas.
Pero quizá uno de los puntos más interesantes sea que las recomendaciones no ponen todo el peso sobre los chicos. También les hablan directamente a los adultos.
Sugieren predicar con el ejemplo: guardar el teléfono cuando estamos con los niños o utilizarlo solamente cuando sea necesario; crear momentos y espacios completamente libres de pantallas, como la mesa familiar o la habitación; establecer límites claros según la edad; y cuidar la privacidad de los hijos evitando publicar indiscriminadamente imágenes o información sobre ellos en Internet, una práctica conocida como sharenting.
No se trata solamente de bajar horas frente a una pantalla. También se busca reducir las interrupciones digitales y recuperar espacios de comunicación directa dentro de la familia.
Estados Unidos: leyes que empiezan a mirar a las plataformas
En Estados Unidos, la Cámara de Representantes presentó el KIDS Act, un paquete de 14 proyectos de ley (todavía en trámite legislativo) que busca establecer protecciones más fuertes por defecto en aquellas plataformas utilizadas por menores.
Entre otros aspectos, propone mecanismos más estrictos para verificar la edad de los usuarios, controles parentales que permitan monitorear el tiempo de uso, límites a mecanismos de diseño potencialmente adictivos o de contenido infinito, restricciones a la publicidad dirigida a menores de 17 años, límites a la mensajería privada para menores de 13 y nuevas salvaguardas para niños y adolescentes que conversan con chatbots de inteligencia artificial.
Hay, sin embargo, un detalle que vale la pena remarcar. Pese al avance que significa empezar a regular directamente a las aplicaciones y plataformas, se decidió quitar la cláusula de “deber de cuidado”, que hubiese obligado a las empresas a diseñar sus productos bajo estándares altos de protección, mitigar posibles daños y realizar evaluaciones de impacto antes, durante y después de su lanzamiento.
Y acá aparece otra cuestión interesante. Aunque una legislación de este tipo surja en Estados Unidos, las grandes plataformas son productos de alcance global. Por eso, cuando cambia la regulación en uno de sus mercados principales, los efectos suelen atravesar fronteras.
Brasil: cuando la regulación llega desde el sur
En marzo de este año entró en vigor en Brasil la Ley 15.211/2025, conocida popularmente como ECA Digital o “Lei Felca”. El debate público que la impulsó tomó fuerza luego de que el influencer Felca denunciara la explotación de menores en redes sociales.
Uno de los cambios fundamentales apunta al fin de la simple “autodeclaración de edad”. Las plataformas quedan obligadas a implementar mecanismos de verificación etaria y las cuentas de menores deben vincularse a un adulto responsable.
Además, se limita la publicidad dirigida a este público y se exige el diseño seguro: que los servicios se piensen desde su concepción teniendo la seguridad de niños y adolescentes como criterio, y no como un parche agregado después.
Hay otros dos puntos que me resultan especialmente interesantes:
El primero es que la ley regula la figura de los influenciadores mirins: chicos y chicas que aparecen de manera habitual en contenidos patrocinados o impulsados comercialmente.
El segundo es que las sanciones tienen dientes: pueden alcanzar hasta el 10% de la facturación del grupo económico en Brasil.
El dato que debería interpelarnos directamente: No estamos hablando de un país lejano, con otra realidad social y tecnológica. Estamos hablando de nuestro vecino más grande.
Francia: restricciones, directrices y socioeducación
Vale mirar las iniciativas francesas, que combinan restricciones con una apuesta importante por la educación y el acompañamiento de las familias.
Francia incorporó advertencias preventivas sobre el uso de pantallas en documentos vinculados con la maternidad y la salud infantil. Estas medidas se suman a recomendaciones en la libreta sanitaria del niño, restricciones a la exposición de menores de tres años en espacios de cuidado, consejos para reducir el uso del teléfono frente a los hijos y medidas destinadas a limitar el acceso temprano a las redes sociales.
El informe Enfants et écrans de 2024 es bastante contundente: nada de pantallas antes de los 3 años; entre los 3 y los 6, acceso “fuertemente limitado”, con contenidos de calidad educativa y acompañamiento adulto; sin celular hasta los 11; teléfono sin Internet hasta los 13; desde los 13, smartphone sin acceso a redes sociales; y recién desde los 15, acceso a determinadas redes consideradas “éticas”.
Recomendación dura, sin embargo el contexto ayuda a entender la preocupación: según Santé publique France, los chicos de 6 a 17 años pasan más de cuatro horas diarias frente a pantallas. Además, de contar con una edad promedio para el primer smartphone de 11 años. A esa edad, el consumo ya alcanza unas dos horas y media diarias; entre los 16 y los 19 años supera las cinco.
España: cuando las familias se ponen de acuerdo
Hay otra experiencia que me resulta particularmente interesante. Se trata de grupos de escuelas y familias españolas que impulsan acuerdos dentro de sus comunidades educativas para enfrentar colectivamente el problema.
El movimiento “Adolescencia Libre de Móviles”, nacido en un barrio de Barcelona, reúne a más de 30.000 familias y profesionales de distintas disciplinas, organizados, paradójicamente, a través de grupos de WhatsApp y Telegram.
La propuesta tiene algo muy poderoso: sacar a cada familia de la soledad de tener que decidir sola.
Entre otras acciones, impulsan acuerdos para retrasar la entrega del primer celular, crean grupos motores integrados por familias y docentes, elaboran recomendaciones comunes y ofrecen alternativas concretas para favorecer el desarrollo de niños y adolescentes.
La premisa es que alcanza con que una masa crítica de chicos dentro de un curso no tenga celular para que la presión social empiece a disminuir.
Es decir, muchas veces la pregunta no es simplemente qué decide una familia, sino qué podemos acordar colectivamente para que esa decisión sea posible de sostener.
Corea del Sur: cuando prohibir no alcanza
Corea del Sur ofrece un contracaso bastante útil. Fue uno de los países que más temprano reguló este terreno. En 2011 implementó la llamada Shutdown Law, que prohibía a los menores de 16 años jugar videojuegos online a la medianoche con el objetivo de prevenir la adicción a estos y garantizar un piso de horas de sueño.
Aún con controles y sanciones importantes, la medida fracasó. Y las razones son muy valiosas para trasladar a cualquier debate local sobre pantallas.
Los chicos encontraron maneras de esquivar las restricciones. Los videojuegos migraron hacia dispositivos móviles. Aparecieron otros formatos de consumo (streaming, webcomics, redes sociales y medios unipersonales). Además, varias empresas extranjeras nunca terminaron de adaptarse correctamente a un sistema regulatorio tan específico.
Lo más importante es que el efecto real de la política terminó siendo prácticamente insignificante. Finalmente, eE agosto de 2021, anunciaron el fin de la ley con argumentos relacionados con el respeto por los derechos de los chicos y la necesidad de fortalecer la educación y el acompañamiento dentro del hogar.
Una lección bastante simple: prohibir puede ser relativamente fácil. Modificar hábitos es mucho más difícil.
China: el caso incómodo
Desde noviembre de 2019 comenzó a limitar el tiempo de videojuegos para menores de 18 años; las restricciones fueron endureciéndose en 2021 y volvieron a ampliarse en años posteriores.
En octubre de 2023, el Consejo de Estado emitió el Reglamento de Protección de Menores en Internet, la primera legislación integral y específica del país sobre este tema. En noviembre de 2024, la administración del ciberespacio publicó además las Directrices para el Establecimiento del Modo Menor en Internet Móvil, un esquema que coordina tres capas al mismo tiempo: desarrolladores de apps, tiendas de aplicaciones y fabricantes de dispositivos. Es decir, plantea un sistema transversal de control parental diseñado desde el propio Estado.
Las regulaciones incluso llegan a diferenciar contenidos por edades: canciones y estímulos adecuados para menores de tres años; contenidos educativos y de habilidades para la vida para otras franjas; entretenimiento con “orientación positiva” para chicos de entre 8 y 12 años.
Y aunque es inevitablemente la discusión sobre el límite de intervención del Estado y los derechos ciudadanos, hay otro aspecto que también resulta interesante: incluso con toda la capacidad técnica, política y tecnológica del Estado chino, los resultados siguen siendo discutidos.
Y quizá justamente ahí aparezca una primera conclusión: Regular importa, pero no alcanza
Después de recorrer experiencias tan distintas, cuesta sostener que exista una receta sencilla.
Hay países que restringen. Otros que informan. Algunos obligan a las plataformas a cambiar sus diseños. Otros trabajan sobre las familias. Algunos colocan límites etarios. Otros construyen acuerdos comunitarios. Y hay políticas que, con enorme capacidad estatal detrás, producen resultados muy modestos.
Pero sí parece haber un patrón. Las políticas más interesantes dejan de poner toda la responsabilidad sobre los chicos. Empiezan a mirar a las plataformas, a los diseños adictivos, a la publicidad, a los sistemas de recomendación, a las familias, a las escuelas y, sobre todo, al comportamiento de los propios adultos.
Nuestros niños y adolescentes no construyen sus hábitos digitales en el vacío. Los construyen mirando lo que hacemos, habitando los dispositivos que nosotros compramos, entrando a plataformas que otros diseñaron y creciendo dentro de reglas que, de algún modo, también decidimos los adultos.
Quizá por eso la discusión sobre el celular nunca fue solamente sobre el celular. Es una conversación sobre crianza, derechos, mercado, educación, diseño tecnológico y responsabilidad pública.
Y si algo muestran estas experiencias es que pedirles a los chicos que aprendan a vivir con pantallas mientras los adultos seguimos mirando para otro lado difícilmente alcance.
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