El motonauta ya era un fiasco, pero su falta de escrúpulos iba a crear un mito en el sentido más estricto del término griego. Como funcionario público se hizo millonario a escondidas. Casi una década demoró en presentar su primera declaración jurada.
Se podría creer que Daniel Scioli es un tipo con suerte inmerecida; con cierta benevolencia podría ser tratado como alguien que, sin talento alguno, se dibujó un destino de lujo y mentiras. Pero podría ser la precisión terminológica del argentinismo la que lo defina con exactitud: chanta.
El motonauta ya era un fiasco, pero su falta de escrúpulos iba a crear un mito en el sentido más estricto del término griego. Scioli jamás fue campeón mundial de la máxima categoría, pero imprimió un falso anuario de la Unión Internacional para simular una trayectoria que no tenía; consiguió la plata de su sponsor y se hizo regalar el Premio Olimpia de Plata en 1989.
Como funcionario público se hizo millonario a escondidas. Casi una década demoró en presentar su primera declaración jurada porque no sabía cómo hacer para justificar los 12 mil metros cuadrados de la La Ñata, la casa de 2.300, la propiedad de los terrenos que la rodeaban y, sobre todo, las sociedades de las que participaba. Es un tipo que con los Kirchner logró acrecentar su fortuna 20 veces en relación a lo que tenía en 2007. Si hasta se hizo construir y autorizar un helipuerto.
La fue juntando en pala, gracias al padrinazgo de Carlos Menem, que lo convirtió en Diputado nacional en 1997. Sus palabras al ganar la interna contra el duhaldismo, fueron una presentación oficial de su camaleónica capacidad adaptativa: “Vine al PJ para quedarme, es una decisión de vida”.
Renovó banca en 2001, y vendría un meteórico crecimiento político, tan sorprendente como la sospechosa aprobación de 9 materias en 6 meses, con tesis incluida, en la privada Universidad Argentina de la Empresa, para que le dieran la Licenciatura en Comercialización.
El desaguisado institucional con 5 presidentes en una semana en el país, lo encontraron como un funcionario todo terreno, no por capacidad ejecutiva, sino por ausencia total de pertenencias y convicciones. Fue secretario de deportes del efímero mandato de Adolfo Rodríguez Saá, y le renovó el cómodo asiento, el mismo Duhalde al que Daniel había enfrentado en los ’90.
Como daba la imagen de outsider de la política que reclamaban las voces del “que se vayan todos”, lo incorporaron a la fórmula con Néstor Kirchner. El flamante presidente se dio cuenta ahí no más de la calaña que lo estaba acompañando. Es que el vice no tuvo mejor idea que manifestarse en contra del congelamiento de las tarifas de servicios públicos y la anulación de las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida . La reacción presidencial fue inmediata: sacó del Gobierno a todo funcionario con olor a sciolismo.
El traidor ya había mostrado las uñas, pero iba a ser perdonado, y en 2007 le darían una nueva oportunidad laboral: la Gobernación bonaerense. Cuando lo mandaron a ser candidato a presidente en 2015, tuvo que salir a mentir sobre su desastrosa gestión y no se le cayó la cara. Basta recordar que aseguró haber construido 80 hospitales, cuando en realidad, al asumir como Gobernador había 75 y cuando dejó el cargo, un hospital menos: 74.
La inutilidad de Scioli le facilitó las cosas a Mauricio Macri en la carrera a la Presidencia en 2015. Es que la campaña de Daniel, basada en provocar lástima por el brazo perdido en un accidente ocurrido un cuarto de siglo antes, o en pasear a una mujer encantadora que en los hechos ya no era su pareja, sólo mostró que estábamos ante un hombre miserable que, afortunadamente, no se quedó con los destinos de la Patria.
En la campaña de Alberto Fernández en 2019, le pidieron acompañamiento a Scioli; y él, sin orgullo ni prejuicios, aceptó agradecido un carguito de embajador porque, en definitiva, a cualquier animal rastrero, las migajas también le abren el apetito.
Amagó ser candidato a Presidente de nuevo el año pasado, pero ese traje andrajoso ya no le quedaba bien. Definido el nombre de Sergio Massa, se puso a su servicio, olvidando las humillaciones que este le espetó cuando era súper ministro. A un pusilánime no se le puede exigir dignidad.
Hasta que llegó a Javier Milei y le dio ayer la Secretaría de Turismo, Ambiente y Deporte. El noveno cargo público que ocupa el motonauta.
El menemista devenido en duhaldista, y luego kirchnerista de ocasión, es hoy un libertario que transita en las antípodas sin vergüenza alguna. Platón creó esa palabra para hacer referencia a seres que caminan con los pies al revés que los nuestros, que transitan por otro hemisferio y cabeza abajo. Cualquier parecido al andar político de Scioli, es pura coincidencia.
El flamante secretario libertario tiene la capacidad de estar en ambos lados porque carece coherencia y, sobre todo, de gratitud. Si traicionó a Menem, si fue ingrato con Duhalde, si se le dio vuelta a Kirchner, si simuló acompañar a Massa hasta hace dos meses, el cargo que recibió gustoso ayer no es sino una muestra más de la carroñera carrera de un dirigente que no se sabe qué ideología lo guía o a quién es capaz de serle leal.
Aquella eterna pertenencia al PJ que le prometió a Menem, es hoy una traición. Sólo una cosa lo mantiene fiel: el cargo público… el que sea que le dé bienestar.
Se incorporó a la casta política hace 3 décadas, transita los pasillos del poder de la mano de cuanto benefactor de turno le caiga en gracia; se somete a sus enemigos de ayer, para abrazarlos hoy con la misma naturalidad con que Judas besó a Cristo. Y hasta podría sorprender con una nueva movida cuando los vientos cambien de dirección.
El péndulo de los gobiernos argentinos va y viene, con Scioli colgado de él. Sátrapa de turno de cuanto reinado surja, el inefable Daniel parece tener asegurado su sustento económico más que sus fundamentos ideológicos tan movedizos como indescifrables.
Es que nuestro país siempre se da el lujo del perdón y el olvido. No exige credenciales, y premia a los chantas. ¿Quién te ha visto y quién te ve, Scioli? ¿En qué te has convertido, Daniel?