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Los bancos, otra vez al frente de la crisis de europea
Las dificultades de la banca regresaron al primer plano de la crisis económica del Viejo Continente, nueve meses después de que el Banco Central Europeo (BCE) lograra colocar en sordina la situación de las entidades financieras.
Una propuesta que, de manera tajante, fue rechazada por Alemania, que se opone a ser un Estado más en un Consejo en el que su presencia no bastaría para imponer la voluntad de Berlín, lo que sí logra habitualmente a través de la presión de su canciller, Angela Merkel, o con la influencia decisiva del Bundesbank (banco central alemán) sobre el BCE.
La iniciativa de Bruselas busca proceder a una limpieza del sector y desata, automáticamente, la lucha interna entre los países que integran la UE, en primer lugar Alemania, para empujar ese reordenamiento bancario en función de sus intereses nacionales.
Con un sistema bancario que no presta, mantiene en los países del Sur europeo altas tasas de interés y pierde constantemente la confianza de sus clientes, la movida de la CE se explica fácilmente.
La Eurozona, integrada por los países que adoptar el euro como moneda común, está en recesión desde hace 18 meses y se espera que a lo largo de este año decrezca un 0,6%, con el agravante de que Grecia ya ha entrado en su sexto año de retroceso del PBI y que las tasas de desocupación superan el 25% en ese país y España.
Incluso en la todavía pujante Alemania, el PBI ha crecido apenas un 0,1% en el primer trimestre de este año, en tanto que en la segunda economía regional que es Francia ha descendido un 0,2%, cayendo hasta un 0,5% en Italia y España y un 1,3% en la alicaída Chipre.
Los bancos, en este marco, no sólo no ayudan a través del crédito sino que se convierten, poco a poco, en un lastre aún mayor para cualquier posibilidad de recuperación pues sólo administran de mala manera la crisis de sus carteras podridas, sin terminar de hacer un saneamiento a fondo pues eso supondría la liquidación de gran cantidad de entidades.
El BCE ha inyectado en los últimos años una gran cantidad de capital en los grandes bancos que, hoy, tienen un volumen mayor de liquidez que antes de 2008.
Pero se trata de un capital paralizado al que ni siquiera moviliza la tasa de interés mínima, del 0,5%, establecida por el BCE, como lo muestra la caída en mayo pasado del crédito bancario a empresas; un 4,1% en Italia, 5% en Portugal y 9,7% en España.
Sin una hoja de ruta unificada y consensuada, la política económica, fiscal y financiera de la Eurozona y de la UE no puede encontrar ninguna vía de salida o al menos de ensayo para intentar superar su creciente parálisis, que amenaza con profundizarse y hacerse crónica.
Los Estados del sur europeo, los más débiles y atenazados por la crisis, no pueden hacer frente por sí mismos a la crisis de la deuda que los ata y los sume en una recesión imparable, producto de la política de austeridad a ultranza.
Desde el norte dominante, fundamentalmente Alemania y sus aliados menores como Holanda (donde se proyecta amenazante el estallido de la burbuja inmobiliaria), Luxemburgo y Bélgica, se insiste en la receta del ajuste al considerar que el Sur debe poner sus cuentas en orden y poco más.
Mientras tanto, el tejido social de las naciones más débiles se va tensando y marcha hacia una ruptura inexorable que ya está anunciando su traducción futura en el plano político, con el crecimiento de movimientos de extrema derecha en Grecia, Hungría y Francia, o en un crecimiento aún débil de las izquierdas en Portugal, también en Grecia y muy parcialmente en España.
Impedir este movimiento centrífugo, al que se añaden las tendencias separatistas catalanas y vascas en España, es la tarea que se imponen los políticos que buscan enderezar el sistema financiero y las políticas económicas en Europa.
Pero su carácter de minoría y el peso lacerante de los intereses de las grandes finanzas y del gran capital industrial asociado, parece tornar utópico un giro significativo en la economía europea. La respuesta, quizá, la tenga la calle.
Fuente: Télam
