El HALLAZGO
I.-
Finalizaba la jornada laboral y se agotaban sus últimos minutos en la oficina y los empleados disponían sus cosas para salir, cuando dos gendarmes de uniforme verde oliva, algo cansinos y desprolijos irrumpieron...¡Buenos días ... traemos este secuestro...!, dijo uno... refiriéndose a un bolsa de arpillera sucia y atada con un nudo que contenía algo en su interior. El empleado más atento se apresuró a decir ¡estamos cerrando!... pero el hombre que parecía de mayor rango y que exhibía en su boina una minúscula estrella dorada insistió e increpó al dependiente...¡Mire venimos de muy lejos...haga el favor!, entonces el oficinista buscó el amparo de su superior, la Secretaria del Tribunal, una mujer de edad, la que le susurró despachar a los inoportunos, con excusas pueriles y pedirles que volvieran al día siguiente y así evitar el papeleo.-
Es así que al otro día, prolijos y descansados, los sujetos volvieron. La misma escena, el mismo dependiente inquirió ¿Es un secuestro?¿De dónde vienen ustedes?. Entonces los individuos, protocolares, hicieron las presentaciones de rigor y manifestaron ser del escuadrón de "Punta de Vacas" en plena Cordillera de Los Andes y que ponían a disposición de las autoridades esa bolsa, el susodicho secuestro. ¡Veamos qué es esto! dijo el hombre y poniendo cara de desconfianza, atento el estado de la bolsa, calzó sus guantes de látex y la abrió en el mostrador con desdén. Nada del otro mundo.... unos huesos, un pasaporte desteñido y retorcido por la humedad, un revólver oxidado y un cuchillo de tipo artesanal. El empleado domesticado por la rutina no se inmutó y entonces el militar, como buscando una reacción agregó ¡Miré que son humanos....! refiriéndose a la osamenta... un fémur y unas cuantas costillas... y aclaró: ¡La casualidad quiso que fueran encontrados por una patrulla, en las inmediaciones del cuartel, con el documento y las armas! y continúo en tono castrense como dando un informe, que el lugar del hallazgo era una cañada de muy difícil acceso, profunda y oculta a simple vista, lejos de cualquier sitio habitado y que el pasaporte se encontró debajo de una gran piedra, que a su entender había sido colocado ex profeso. El oficinista se tomó su tiempo..., de vez en cuando levantaba la mirada para simular atención, firmó los papeles de rigor y cumplió el procedimiento. Los militares partieron raudos, satisfechos ... quizás por el deber cumplido o por desprenderse del molesto encargo, fueron sólo cinco minutos.-
El procedimiento a seguir indicaba el registro, la calificación como "Av. Hallazgo" y su archivo. No había más que hacer. El destino de la "bolsa" era, como otros, perderse en el tiempo, cubierta por el peso de la burocracia. Y así "eso" durmió días, semanas y hasta meses guardado en el armario metálico de la oficina.-
II.-
Pero un día, la necesidad de poner orden en la oficina sacó "a la luz" la bolsa. Otra vez fue abierta, pero ahora fue escrutada con curiosidad y los objetos que contenía fueron expuestos sin más en un escritorio común y como un "impasse " en la rutina, los empleados y la Secretaria empezaron a especular sobre su origen y su estado. Se hicieron chistes y afirmaciones diversas, y hasta alguien, burlescamente, jugó con los huesos, pero la atención en el asunto no fue más que pasajero.
De los objetos, el pasaporte casi ilegible, incompleto y humedecido, concitó mayor interés en los presentes; pero no indicaba mucho, no había fotografías, firmas, etc.; sólo en su tapa se observaban unos signos, como orientales, un número troquelado y un símbolo, que parecía imitar una flor. Pero ¿Cómo descubrir su origen y su dueño?. El dependiente atento al asunto, manifestó con algo de suficiencia, que creía que ese dibujo representaba la flor del crisantemo, símbolo del Japón imperial.
No había necesidad de hacer otra cosa, pero siguiendo en el distracción y movidos por la curiosidad y atento la manifestación efectuada, la Secretaria manifestó ¡si pedimos informe a la Embajada de Japón!, quizá esperaba un "no" rotundo, pero la mayoría de los dependientes asintió la propuesta, como para condescender a la señora. La rutina volvió y pasó el tiempo, pero no ahogó la curiosidad que perduró en el prolijo dependiente y su Secretaria y así un día, se escuchó: ¡Alberto.... haga el oficio a la Embajada por aquél asunto... y luego solicite las pericias de rigor ...! fue la orden de la señora y así fue cumplida.
III.-
Otra vez los días pasaron y la omnipresente burocracia y la desidia se conjugaron perfectamente. Pero la respuesta llegó, contenida en un sobre, de fino papel, con membrete "Embajada del Japón en Buenos Aires". Su estilo, diplomático era conciso y claro... "En respuesta a vuestro oficio de fecha 09 de abril 1990 por recibido. Pasaporte pertenece a Aito Shimano (preliminar). Se requerirá confirmación al Ministerio del Interior del Japón. Trámite largo atento lo común del apellido Shimano. Firmado: Ishiro Yamamoto. Ministro Plenipotenciario. Atte. ".-
La misiva exacerbó el interés de la dupla empleado y Secretaria. Ahora no los movía más el deber, sino la curiosidad personal; a tal punto que la "cuestión" pasó a ser para ambos una distracción de la rutina, que desdibujó sus roles y funciones, pasó a ser "cosa de ellos". Juntos dispusieron librar nueva nota a la legación, informando un poco imprudentemente, asociando huesos y pasaporte, el hallazgo de los restos de Aito Shimano.
Para sorpresa, la respuesta fue pronta y eficaz y confirmó que se trataba del pasaporte de Aito Shimano de la ciudad de Osaka, Japón, del cual no se tenían noticias desde 1975.
IV.-
Aparentemente la "historia" de esos huesos estaba resuelta, pensaron los "investigadores". Su dictamen fue: los huesos pertenecían a Aito Shimano, muerto en la cordillera de Los Andes en un viaje, quizá de "aventura ", en solitario, hace unos cuantos años, y todo develado gracias al pasaporte. Tal era su hipótesis. Pero uno inquirió, rompiendo la certeza lograda, ¿Qué del revólver y del cuchillo? Acaso, no habrá sido un homicidio o un suicidio. Las dudas volvieron.
V.-
Otra vez el tiempo omnipresente, hasta que un día se arribaron tres individuos de rasgos orientales a la oficina, dos hombres y una mujer. Uno, algo común, se presentó por medio de una tarjetita como el embajador Yamamoto, el otro, formal y atildado, resultó ser el Dr. Ike Shimano, quien dijo ser hermano de Aito. La mujer de edad, que hablaba en un castellano algo confuso y campechano, resultó ser la intérprete. Los visitantes actuaron con parsimonia y solemnidad, primero escuchando y luego preguntando. El Dr. Ike Shimano no demostró especial emoción, pero sí pidió volver otro día para llevarse los restos de su hermano. La Secretaria dirigiendo el "asunto", manifestó que debían esperar unos días, por trámites legales, y dispuso una nueva reunión.
Las tres personas volvieron el día y hora fijados, y fueron conducidos por la dupla de oficinistas rápidamente al despacho del Juez, atravesando sucesivas oficinas, como otorgando un "salvoconducto" para evitar dilaciones e interrogaciones y evitar así que los visitantes presenciaran el desorden, la multitud y papeleo del lugar y también que fueran observados. Ya en el despacho, en un ambiente más íntimo, la intérprete manifestó a sus interlocutores, que debían celebrar una ceremonia, simple, pero esencial para la familia Shimano. Fue cuando el médico, de pie frente al estrado judicial y frente a una bandera nacional y un pequeño crucifijo, y puesto frente a esos huesos, el revólver, el pasaporte y el cuchillo, sacó de un ornamentado estuche que traía consigo, un pañuelo de fina seda color púrpura, lo extendió en el escrito delicadamente, y con precisión quirúrgica rompió un pedacito, sólo un pedacito, de uno de los huesos expuestos, lo envolvió en el pañuelo y puso dentro del estuche. Los demás objetos no fueron de su interés. Por un momento se sintió por el lugar un halo de santuario y misticismo, como transportándolos a otro lugar y tiempo. Fecho, la satisfacción se apoderó de la cara del doctor.
Entonces, la intérprete explicó que para el shintoismo, la religión predominante en Japón, era esencial el culto a los antepasados muertos y su veneración en el ámbito familiar; que esos pedacitos, reposarían en un altar familiar para veneración de la familia Shimano, especialmente para la madre de Aito, ya una anciana.-
VI.-
Luego, el doctor Shimano agradecido por la tarea y la diligencia de esos oficinistas, se permitió esbozar una breve reseña familiar y manifestó que provenía de una familia de clase media y sus padres regenteaban un prospero comercio. Que él había estudiado medicina, formado familia y hecho carrera en el Hospital de la Cruz Roja de Osaka, del cual era su director. Que su hermano menor Aito, fue un joven idealista y aventurero, poco afecto a la educación formal y que hacía muchos años, a la edad de veinte, había viajado al Perú, movido por la curiosidad hacia el país y su pujante comunidad nipona. Que lo recorrió en bicicleta y se fascinó con la cultura e historia del lugar; pero especialmente por el paisaje de Los Andes. Por ello, había manifestado a sus padres su interés en continuar su "aventura", ahora por tierras de Bolivia, Chile y Argentina. Y así fue, que en 1975 emprendió su aventura latinoamericana para no volver más.
VII.-
Los anfitriones entendieron que debían dar algunas explicaciones. La señora brindó la teoría más plausible, en clave forense, que daba cuenta que Aito, viajero solitario, habría sufrido un accidente, caído en las profundidades de las montañas, quebrado sus miembros inferiores y quizás, luego de algunos pocos días, en espera de rescate ocasional, en la soledad e inmensidad de Los Andes, agobiado por el dolor, el frío y el hambre y lo inexorable de su destino, decidió suicidarse. De ello daba fe el revólver, que había comprado como defensa, según entendían. Pero, antes de tan fatídica decisión, el muchacho poco afecto a las tradiciones familiares, pero en la necesidad de su identificación, dejó a salvo de las inclemencias del tiempo su pasaporte bajo una gran piedra y quizás, en algún momento, parte de su ser podría descansar en el altar familiar.-
Esta es la historia del "hallazgo"... Bueno, así es como me la contó la secretaria, mi madre, la que también me aclaró, que mucho tiempo después del aquél "asunto", llegó un informe forense, que indicaban que los huesos pertenecían a una mujer...
Autor:
Rodolfo Manuel Vacarezza
Ávido lector y mendocino. DNI 21949603
