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"Héctor y Andrómaca"
HÉCTOR Y ANDRÓMACA
De María Elida Vila
La ciudad comenzaba a desperezarse bajo la luz plomiza de otro día más del año 5047.
El sol todavía no asomaba por el lado del mar de aguas oscuras.
Cuando saliera su brillo sería muy escaso pues se extinguiría en unos pocos millones de años.
Héctor nació en este mundo opaco y monocromático pero no le pesaba, porque era el único que conocía.
Se levantó a la misma hora de todos los días, minutos y segundos incluídos, sin disgusto ni alegría. Se vistió con su habitual uniforme de trabajo, tendió la cama y salió.
Casi una máquina, como todos los demás, se trasladaría en la cinta transportadora hasta la fábrica y cumpliría su rutina de monitoreo con la atención al cien por ciento con que lo habían programado. Cuando volviera, al caer la noche, ingeriría en soledad el alimento insípido pero minuciosamente balanceado por la autoridades del Ministerio de la Salud y cerraría sus circuitos para el descanso nocturno.
No era un robot. Aún era un ser humano al que le suprimieron los sentimientos y las emociones que tanto daño hicieron al planeta.
Había muchos Héctor en las superpobladas urbes.
Todos sistematizados y asexuados, procedimiento con el que se logró la anhelada paz. La procreación, a cargo del sistema Estatal, ocurría en asépticos laboratorios, así como la crianza, educación y modificaciones genéticas y numéricas necesarias a las políticas gubernamentales.
Sin embargo, algo sucedió en esas primeras horas.
Una nave, como tantas de las que surcaban el espacio, aterrizó suavemente cerca suyo.
Levantó un fino polvo dorado cuyo color no supo identificar porque carecía de referencias.
Se abrió la escotilla y alguien semejante a él descendió.
Sus ojos fueron heridos y deslumbrados por los destellos del ropaje brillante: rojo, amarillo, verde...
Cuando caminó hacia él, una danza de sensaciones ópticas lo envolvió.
Un ritmo descontrolado de latidos en su pecho lo desconcertó y quedó paralizado de estupor.
La rara criatura se le acercó y le tendió una mano cálida.
Y fue por la intensidad de ese contacto, que Héctor rescató desde lo más profundo de su memoria celular, la olvidada atracción ancestral del hombre prehistórico.
La llamó Andrómaca, sin saber que el amor había regresado para revolucionar a la Tierra una vez más.