22 de agosto de 2026
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Vino

Cómo influye la altura en la elaboración del vino: claves del terroir mendocino

El impacto de la altitud en el vino. Claves y secretos de cómo la altura redefine la identidad de las uvas en la provincia de Mendoza.

Por Analía Martín

La altitud constituye uno de los factores más determinantes para definir la identidad del vino argentino, con un protagonismo estelar en la provincia de Mendoza. A mayor elevación sobre el nivel del mar, las condiciones climáticas extremas transforman la fisiología de la uva, aportando frescura, colores profundos y una gran elegancia en la copa.

¿Por qué la amplitud térmica y el sol de montaña mejoran la uva?

A medida que se asciende por la cordillera, la temperatura desciende un grado cada 150 metros, generando una marcada amplitud térmica que puede superar los 20 °C entre el día y la noche. Mientras la radiación diurna permite que la fruta madure y concentre azúcares, el frío nocturno desacelera el proceso y retiene la acidez natural, logrando ejemplares vibrantes y con excelente potencial de guarda.

Por otra parte, la atmósfera delgada de altura incrementa la exposición a los rayos ultravioleta (UV-B), lo que obliga a la planta a engrosar su hollejo como defensa natural. Esta reacción biológica concentra una mayor cantidad de polifenoles, antocianos y antioxidantes como el resveratrol, dotando a los vinos de un color violáceo profundo y una estructura tánica firme pero sedosa.

¿Cómo se expresan los aromas y cuáles son los ejemplos clave en el país?

La combinación de noches frescas y sol intenso potencia los compuestos aromáticos primarios (terpenos y pirazinas), resaltando descriptores minerales, cítricos en blancos y notas de violetas o frutas negras en el Malbec:

  • Gradiente mendocino: En el Valle de Uco, terruños elevados como Gualtallary o San Pablo (1.200 a 1.600 m s. n. m.) ofrecen perfiles minerales y acidez nítida, a diferencia de las notas de fruta madura de zonas bajas (800 m s. n. m.).
  • El extremo del Norte: Cafayate (1.700 m s. n. m.) destaca con su Torrontés fresco, mientras que en Molinos, Cachi (hasta 3.111 m s. n. m.) y Uquía en Jujuy (más de 3.300 m s. n. m.) se desarrolla una viticultura extrema de concentración única.

La búsqueda actual de perfiles más fluidos y bebibles encuentra en los terruños elevados su mayor aliado para garantizar elegancia y balance. De esta manera, la altitud se consolida como el factor clave que define la frescura natural, los colores intensos y el prestigio internacional de la vitivinicultura argentina.

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