14 de agosto de 2026
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Bodega

Walter Bressia presentó el libro que recorre 25 años de su bodega familiar y la vitivinicultura

Walter Bressia presentó su libro, que recorre 25 años de su bodega familiar, sus vinos, valores, afectos y el legado que busca preservar en el tiempo.

Por Marcelo López Álvarez

En el restaurante Estación del Alma, dentro de la bodega familiar en Agrelo, Walter Bressia presentó el libro que lleva el nombre de su firma: una edición de Catapulta que corona diez años de maduración de una idea y veinticinco de historia vitivinícola. No hay en sus páginas la estructura habitual de una autobiografía de bodeguero, sino crónicas, retratos del fotógrafo Federico García, poesía de Borges y de Sabina, y recetas con acento siciliano. "La primera vez que cruzó por mi mente la idea del libro propio, el razonamiento fue emocionante. Al mismo tiempo, fue un desafío lleno de incógnitas que no tenía cómo despejar", confiesa Bressia, en el arranque de un volumen ajeno al molde de las monografías corporativas.

Ni autobiografía ni tratado técnico

El temor a caer en el tono autorreferencial de las memorias lo mantuvo indeciso buena parte de la última década. "Hacía mucho tiempo que venía pensando en eso... dejar un testimonio, un documento, algo de la bodega y también lógicamente parte de la vitivinicultura", explica. El encuentro con la editorial y con una periodista especializada destrabó el proyecto hace tres años: "Lo que sabía era que no quería una autobiografía, eso no me gustaba", precisa, sin pretensiones literarias: "No soy escritor ni poeta. Solo puse lo mejor de mí para expresar mis pensamientos un poco técnicos o poco románticos. En síntesis, a mi manera". El resultado, dice, "no es en primera persona, sino que tiene historia, historia antigua", pensado para la lectura fragmentaria de un libro de mesa.

Walter hijo, Alvaro, Marita (h), Marita, Walter y Antonella. Los Bressia en pleno brindaron por el lanzamiento del libro con la historia de la bodega y la vitivinicultura

Walter hijo, Alvaro, Marita (h), Marita, Walter y Antonella. Los Bressia en pleno brindaron por el lanzamiento del libro con la historia de la bodega y la vitivinicultura

El salto de 2001

Para entender el peso del presente hay que retroceder a la Argentina de 2001. En medio del colapso económico, Bressia dejó su cargo de enólogo estrella en una gran bodega corporativa, tras dos décadas de trayectoria, para pasar "de la comodidad a la incertidumbre". Su esposa Marita fue el sostén decisivo: "Me apoyó y me dijo: 'Walter, si vos estás seguro, si vos creés que esto está bien para nosotros, yo confío y vamos para adelante'. Si yo no hubiera tenido ese apoyo... quizás esto no existiría". La marca nació a contracorriente: en pleno auge del Malbec monovarietal, debutó con un blend de alta gama, "Profundo", a 75 pesos, cuando los vinos de calidad rondaban los ocho o nueve. "Teníamos todo en contra. Pero me pareció que lo hacía un poco más atractivo. En los momentos más difíciles es cuando más desarrollamos la creatividad", sonríe hoy.

Los accidentes felices

La bodega cultiva una apertura particular hacia lo inesperado. Del Alma nació de un descuido: cuando sus hijos se incorporaron al trabajo diario, Álvaro descubrió tres barricas de Merlot olvidadas siete años en un rincón de difícil acceso. "Bajo todos los pronósticos del Merlot, que siempre fue considerado una variedad que no soporta la guarda, ese vino estuvo siete años y dio origen a nuestra línea alta", detalla Bressia. Una alquimia parecida dio origen a Bajo Velo, un Chardonnay con oxidación espontánea y flor de levadura: "Nos gustó el estilo que tenía con tanta originalidad", cuenta, embotellado como un blanco dorado de estilo Jerez. Ni los nombres escapan a la picardía: su Pinot Noir Piel Negra coincidió con la asunción de Obama en 2009 y llevó a importadores norteamericanos a suponer una jugada de marketing político. "Nada que ver", se ríe.

Familia, productores y sobremesa

La firma no es el proyecto de un enólogo estrella secundado por empleados anónimos, sino un engranaje familiar: Walter, Marita, sus hijos y sus respectivas parejas. Consultado sobre si logran dejar el vino fuera de la mesa de los domingos, Bressia no lo disimula: "Seguimos, lamentablemente a veces no se puede y terminamos hablando de vino. Pero es que el equipo funciona como una familia". Igual respeto le merece el productor de uva, que para él "ocupa el primer lugar dentro de la escala de lo que es la producción de la bodega": cierra cada cosecha con un apretón de manos, sin contratos, al precio más justo de cada zona. Su desconexión pasa por la cocina: "En casa me gusta cocinar para cuando viene la familia... me gusta ponerme desafíos, que las cosas salgan ricas", dice de las recetas toscanas y sicilianas, tierra de su familia paterna, incluidas en el libro junto a la poesía de Borges, sugerida por la editora "porque describe muy bien al vino y expresa mucho lo que uno siente cuando está tomando un vino".

El apellido no se negocia

Bressia no eludió sus zonas de vulnerabilidad: el miedo a la muerte, la curiosidad por lo que vendrá, la dificultad para bajar un cambio. "Me aferro a algo y soy obsesivo en algunas cosas y dejo de ver otras. Eso es lo que quisiera tratar de relajarme, aprender a vivir mejor", admite. De cara al traspaso generacional, su mensaje se concentra en un activo que no figura en ningún balance: la reputación. "El apellido no se negocia. Que el nombre lo sigan manteniendo siempre con hidalguía, con respeto, que cuiden la empresa, pero fundamentalmente que cuiden el nombre". La misma filosofía que lo lleva a cerrar cada cosecha con un apretón de manos: "Me he manejado toda la vida con valores de palabra. La empresa no tiene un solo peso de deuda, no tiene crédito, no tiene nada; todo es genuino. Y ese legado es lo que me encantaría que siga en el tiempo. Lo demás va y viene, pero eso no se puede negociar".

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