¿Cuál es la diferencia entre radiación y radiactividad?
En términos sencillos, la radiación es energía que se propaga en forma de ondas electromagnéticas o partículas.
La radiactividad, en cambio, es un fenómeno que ocurre en determinados átomos. Algunos núcleos atómicos son inestables y tienden a transformarse espontáneamente en otros más estables. Durante ese proceso liberan energía en forma de radiación ionizante.
Dicho de otra manera: la radiactividad es un proceso; la radiación es aquello que puede emitirse durante ese proceso.
Pero no toda radiación procede de materiales radiactivos. Los equipos de rayos X, por ejemplo, producen radiación mediante un dispositivo eléctrico sin que eso convierta al aparato en una sustancia radiactiva.
Esta diferencia permite entender otra cuestión importante: haber recibido radiación no significa necesariamente haberse vuelto radiactivo.
Una persona que se realiza una radiografía o una tomografía es expuesta a rayos X durante el estudio, pero cuando el equipo deja de emitirlos, la exposición termina. En medicina nuclear la situación es diferente: allí pueden administrarse pequeñas cantidades de radiofármacos que contienen radioisótopos y permanecen temporalmente en el organismo mientras cumplen su función diagnóstica o terapéutica.
La radiación está mucho más cerca de lo que pensamos
Aunque la palabra suele remitir inmediatamente a una central nuclear o a materiales radiactivos, estamos rodeados de radiación durante prácticamente todo el día. La luz visible que entra por una ventana es radiación electromagnética, al igual que las ondas de radio, las señales utilizadas por los teléfonos celulares, el WiFi, el Bluetooth y las microondas que permiten calentar los alimentos. Todas ellas forman parte de las denominadas radiaciones no ionizantes, porque no tienen energía suficiente para arrancar electrones de los átomos.
Estamos rodeados de radiación durante prácticamente todo el día, por ejemplo a través de la señal de WIFI.
Pero también convivimos naturalmente con pequeñas cantidades de radiación ionizante. Una parte llega desde el espacio en forma de radiación cósmica —la exposición aumenta, por ejemplo, cuando viajamos en avión debido a la mayor altitud— y otra procede de elementos radiactivos presentes de manera natural en el suelo, las rocas, el agua y hasta en nuestro propio organismo. El potasio-40, por ejemplo, es un isótopo radiactivo natural del potasio que está presente en el cuerpo humano.
A eso se suman las fuentes artificiales que utilizamos con fines específicos. Una radiografía, una tomografía computada o determinados estudios de medicina nuclear implican exposición a radiaciones ionizantes, mientras que una ecografía utiliza ondas sonoras y una resonancia magnética emplea campos magnéticos y ondas de radio, por lo que ninguna de las dos utiliza radiación ionizante.
Por eso, decir que algo "tiene radiación" aporta poca información por sí solo. La pregunta importante es qué tipo de radiación es, qué energía tiene y cuál es el nivel de exposición. No es lo mismo la luz del Sol, una señal de WiFi, una radiografía o los rayos gamma, aunque todos entren dentro del amplio concepto de radiación.
Radiación ionizante y no ionizante: la diferencia clave
No todas las radiaciones tienen la misma energía. Una clasificación fundamental las divide entre ionizantes y no ionizantes.
Las radiaciones no ionizantes no poseen energía suficiente para arrancar electrones de los átomos. En este grupo se encuentran, entre otras, las ondas de radio, las microondas y la luz visible.
Las radiaciones ionizantes, en cambio, tienen energía suficiente para producir ionización en la materia. Allí aparecen los rayos X, rayos gamma y partículas alfa y beta, además de los neutrones.
Esta capacidad explica por qué las radiaciones ionizantes requieren controles específicos: pueden producir cambios en las células y tejidos, aunque ese mismo fenómeno, utilizado de manera controlada, también permite desarrollar importantes aplicaciones médicas, científicas e industriales.
Algunos radioisótopos funcionan como "trazadores": después de ser administrados al paciente, su distribución puede ser detectada mediante equipos como cámaras gamma o tomógrafos PET.
Foto: Cristian Lozano
Por eso, hablar simplemente de "radiación" para determinar si algo es peligroso dice bastante poco. Importan el tipo de radiación, la dosis recibida, el tiempo de exposición y la vía por la cual una persona estuvo expuesta.
Alfa, beta y gamma: no todas atraviesan lo mismo
Dentro de las radiaciones ionizantes existen distintos tipos y cada uno se comporta de manera diferente.
Las partículas alfa tienen muy poca capacidad de penetración. Una hoja de papel o incluso la capa externa de la piel puede detenerlas. Sin embargo, un material que emite partículas alfa puede resultar relevante desde el punto de vista radiológico si ingresa al organismo, por ejemplo mediante inhalación o ingestión.
Las partículas beta tienen mayor poder de penetración que las alfa, aunque pueden ser detenidas mediante materiales adecuados.
Y luego están los rayos gamma, que no son partículas con masa, sino radiación electromagnética de alta energía. Debido a sus características poseen un gran poder de penetración, por lo que para atenuarlos pueden ser necesarios materiales densos y espesores apropiados.
Esa capacidad que obliga a extremar las medidas de protección es, paradójicamente, la que también convierte a la radiación gamma en una herramienta extraordinariamente útil.
Radiación gamma: de tratar enfermedades a esterilizar productos
La radiación gamma tiene aplicaciones que están mucho más cerca de nuestra vida cotidiana de lo que puede parecer. Se utiliza en actividades relacionadas con la salud, la industria, los alimentos, la investigación e incluso la preservación del patrimonio cultural.
Una de sus aplicaciones es la esterilización de productos médicos, odontológicos, farmacéuticos y material de laboratorio. La radiación puede eliminar microorganismos y tiene la ventaja de permitir el tratamiento de determinados productos incluso dentro de su envase final.
También puede emplearse para descontaminar alimentos, cosméticos, envases y otros materiales, así como para intervenir sobre documentos, fotografías y determinados bienes culturales afectados por microorganismos.
La clave está en la dosis: los productos son expuestos de manera controlada a la radiación durante el tiempo necesario para conseguir un objetivo específico.
¿La radiación puede curar? Su papel en la medicina
Sí. De hecho, las radiaciones ionizantes son herramientas fundamentales de la medicina moderna.
Una de las aplicaciones más conocidas son las radiografías y tomografías, que permiten observar estructuras internas del organismo. Pero la tecnología nuclear va mucho más allá.
Las radiaciones ionizantes son herramientas fundamentales de la medicina moderna.
En medicina nuclear se utilizan radiofármacos para diagnóstico y tratamiento. Algunos radioisótopos funcionan como "trazadores": después de ser administrados al paciente, su distribución puede ser detectada mediante equipos como cámaras gamma o tomógrafos PET, aportando información sobre el funcionamiento de órganos y tejidos. Otros se utilizan con fines terapéuticos.
La Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) produce en Argentina distintos radioisótopos de uso médico. Entre ellos se encuentran Flúor-18, Molibdeno-99, Iodo-131 y Lutecio-177, destinados a diferentes aplicaciones diagnósticas, terapéuticas y de investigación.
También están los tratamientos mediante radioterapia, donde se busca depositar una dosis de radiación sobre un tumor para destruir células cancerosas procurando reducir al máximo la exposición innecesaria de los tejidos sanos.
Es decir, la misma capacidad de la radiación para interactuar con las células que explica sus riesgos permite utilizarla para combatir enfermedades.
Entonces, ¿la radiación es peligrosa?
La respuesta no puede reducirse a un sí o un no. Las radiaciones ionizantes pueden producir efectos sobre los tejidos y por eso su utilización está sometida a principios y medidas de protección radiológica. El objetivo es evitar exposiciones innecesarias y optimizar aquellas que están justificadas.
En medicina, por ejemplo, un estudio que utiliza radiaciones ionizantes debe tener una justificación clínica y la dosis debe optimizarse para obtener la información necesaria sin administrar más radiación de la requerida.
Por eso existen protocolos especiales para trabajadores, pacientes y público, además de consideraciones particulares para niños y embarazadas, debido a su mayor sensibilidad.
En otras palabras, el riesgo depende de la exposición y de la dosis, no simplemente de escuchar la palabra "radiación".
La radiación también existe en la naturaleza
Hay otro dato que suele sorprender: la exposición a radiaciones ionizantes no comenzó con la tecnología nuclear.
Existen fuentes naturales de radiación. Parte proviene del espacio —la denominada radiación cósmica— y otra procede de materiales radiactivos presentes naturalmente en la corteza terrestre.
Por eso, la protección radiológica contempla tanto fuentes artificiales como naturales y se realizan mediciones ambientales sobre aire, suelo, sedimentos y aguas superficiales, subterráneas y de consumo para evaluar la presencia de determinados radionucleidos y las dosis asociadas.
La radiación, entonces, no es un fenómeno extraño creado exclusivamente por el ser humano. Forma parte del ambiente en el que vivimos.
Radiación, radiactividad e irradiación: tres conceptos para no confundir
Una forma sencilla de diferenciarlos puede servir para cerrar el círculo:
Radiación es la energía que viaja en forma de ondas o partículas.
Radiactividad es el fenómeno por el cual núcleos atómicos inestables se transforman espontáneamente y emiten radiación.
Irradiación es la exposición de una persona, objeto o material a una fuente de radiación.
Tres palabras relacionadas, pero que no significan lo mismo.
Comprender esa diferencia ayuda a quitarle misterio a un fenómeno que suele asociarse exclusivamente con el peligro. Porque la radiación puede exigir cuidados y controles estrictos, pero también está detrás de tecnologías capaces de detectar enfermedades, tratar cáncer, esterilizar insumos médicos, conservar alimentos y desarrollar investigación científica.
Como ocurre con muchas herramientas tecnológicas, la pregunta correcta no es simplemente si la radiación "es buena o mala", sino qué radiación es, en qué cantidad, para qué se utiliza y bajo qué condiciones.