La llegada de Rezist a la vitivinicultura mendocina propone sumar una herramienta diferente al manejo sanitario tradicional: en lugar de esperar a que una enfermedad se instale para intervenir, busca que la vid llegue mejor preparada al momento de mayor presión de patógenos. El desafío, para el productor, pasa por entender dónde encaja esta tecnología dentro del programa que ya utiliza y qué problema concreto puede ayudar a resolver.
Un complemento para la vitivinicultura: ¿qué aporta Rezist a una estrategia de manejo integrado?
Frente al clima variable y la presión sanitaria, Rezist propone fortalecer las defensas de la vid. ¿Dónde radica su clave y qué aporta a la vitivinicultura?
¿Qué problema viene a resolver Rezist?
Presentado por Corteva Biologicals, Rezist es un inductor de resistencia que actúa sobre los mecanismos naturales de defensa de la planta. Ya cuenta con registro para su utilización en vid y está posicionado principalmente para el manejo preventivo de oídio y Botrytis cinerea, dos enfermedades de importancia sanitaria para el cultivo.
Para entender el aporte de esta tecnología hay que cambiar por un momento la mirada: el manejo sanitario no depende únicamente del patógeno. También intervienen el ambiente y el estado fisiológico de la planta, tres factores que conforman el denominado triángulo de la enfermedad.
El ingeniero agrónomo Francisco Maldonado, especialista de Agronomy F&V Chile y Argentina, explicó durante su exposición que aproximadamente el 65% de los impactos sobre la agricultura se relacionan con la inestabilidad climática y el control de plagas y enfermedades. Ambos factores, además, están estrechamente vinculados: cuando la planta atraviesa una situación de estrés, puede quedar más susceptible frente a determinados organismos.
“Desde ahí, esta biología de la defensa vegetal es clave”, señaló Maldonado durante el evento en el que participó SITIO ANDINO, al explicar que los metabolitos presentes en las plantas participan tanto en la activación de sus defensas como en la respuesta frente a condiciones de estrés abiótico.
Si bien el productor sí puede monitorear las condiciones climáticas y anticiparse a determinados escenarios, existe otro vértice del triángulo sobre el cual puede actuar: la planta. Allí aparece la lógica de los inductores de resistencia. La aplicación busca generar una señal que prepare al cultivo para responder frente a un desafío sanitario. En el caso de Rezist, el principal componente es el ácido salicílico al 1%, acompañado por cobre, zinc y manganeso, cada uno en una concentración del 1,75%.
¿Cómo actúa Rezist dentro de la vid?
El ácido salicílico funciona como una señal que activa mecanismos asociados a la Resistencia Sistémica Adquirida (SAR). A partir de allí se ponen en marcha diferentes respuestas defensivas de la planta, mientras que los micronutrientes presentes en la formulación brindan soporte a procesos metabólicos y enzimáticos vinculados con esas respuestas.
“El estímulo que más fuerte esté en ese momento, va a ser el que comande hacia dónde migrará esta hormona a generar una respuesta adaptativa”, explicó Maldonado, al describir cómo las plantas reciben permanentemente señales provenientes del suelo, el clima, las enfermedades y el propio manejo agronómico.
En términos prácticos, la propuesta es que una aplicación realizada en el momento adecuado permita que la planta no tenga que comenzar desde cero su respuesta cuando aparece el patógeno. El objetivo es que pueda responder más rápido, con mayor intensidad y eficacia, incluso en tejidos alejados del sitio donde se realizó la aplicación.
El otro desafío: no depender siempre de la misma herramienta
Hay además una cuestión estratégica que interesa especialmente al productor: el riesgo de ejercer una presión de selección excesiva sobre los patógenos mediante el uso reiterado de los mismos ingredientes activos.
Maldonado fue contundente al explicar el problema: “Nosotros mismos hemos liquidado” algunos productos al utilizarlos constantemente. La repetición de un mismo modo de acción puede favorecer la selección de microorganismos menos sensibles y, con el tiempo, reducir la performance de esas herramientas.
Por eso, recomendó rotar familias químicas y construir programas que incorporen diferentes modos de acción. El problema es que desarrollar nuevas moléculas lleva años y, además, las exigencias regulatorias y de los mercados de exportación hacen cada vez más complejo disponer de nuevas alternativas.
En ese escenario, tecnologías como Rezist pueden cumplir un papel complementario. El producto está clasificado dentro del Grupo P del FRAC (Fungicide Resistance Action Committee, por sus siglas en inglés), correspondiente a la inducción de las defensas de la planta hospedante, y se diferencia de los modos de acción de los fungicidas convencionales.
“El punto es que cada vez cuesta más tener familias químicas distintas”, advirtió Maldonado. Por eso, sostuvo que herramientas como Rezist resultan relevantes para un objetivo mayor: proteger y prolongar la vida útil de las herramientas químicas disponibles.
¿Cómo se incorpora al manejo que ya hace el productor?
La clave está en no pensar a Rezist como un reemplazo de los fungicidas. Su función es ocupar otro lugar dentro del programa sanitario. “Es una herramienta que suplementa al manejo sanitario que lleva a cabo el productor con otros productos”, explicó Gustavo Spiccialli, Gerente Regional de Frutas y Verduras Argentina de Corteva.
Esto significa que se puede continúar utilizando las herramientas sanitarias necesarias según el riesgo, el historial del lote, las condiciones climáticas y el estado del cultivo, pero puede incorporar además un producto orientado a activar preventivamente las defensas de la vid.
La estrategia, entonces, se parece más a una caja de herramientas que a una solución única: monitoreo, conocimiento del ciclo de la enfermedad, manejo del viñedo, condiciones ambientales, fungicidas y, ahora, una tecnología que busca mejorar la preparación fisiológica de la planta.
El momento de aplicación es tan importante como el producto
En Rezist, la prevención no es un concepto accesorio: es el corazón de la herramienta. Por eso, el momento de aplicación debe definirse antes de que los síntomas sean evidentes.
Scarso planteó que el productor debe observar el triángulo de la enfermedad: las condiciones climáticas, la disponibilidad de inóculo y el estado de la planta. El objetivo es identificar cuándo existen condiciones capaces de favorecer el desarrollo del patógeno y actuar previamente para que la vid llegue preparada.
Para vid, la recomendación indicada es una aplicación foliar de 1 a 2 litros por hectárea.
Pero hay una diferencia fundamental que el productor debe tener presente: Rezist no es un producto curativo. Si la enfermedad ya está instalada y el ataque avanzó, la estrategia debe complementarse con herramientas sanitarias que tengan acción curativa. El inductor puede contribuir a que la planta atraviese mejor el estrés, pero no reemplaza esa intervención. Para Maldonado, el enfoque debe ser sistémico y ubicó a este tipo de activos dentro de una estrategia cuyo propósito final es mitigar la enfermedad.
En definitiva, Rezist no plantea cambiar de un día para otro el manejo que realiza el productor mendocino. Su aporte está en agregar una capa preventiva: activar anticipadamente las defensas de la vid, complementar los tratamientos convencionales y contribuir a una estrategia de manejo integrado que busque reducir la incidencia y severidad de las enfermedades.