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Sorpresa financiera

El peso argentino sorprende en 2026: por qué se fortalece frente al dólar y qué riesgos enfrenta

El peso argentino se aprecia más de 5% en 2026. Factores externos, tasas altas y carry trade explican la fortaleza y reabren el debate sobre competitividad.

Por Marcelo López Álvarez

El peso argentino comenzó 2026 enfrentando una paradoja poco frecuente en su historia. En un país acostumbrado a la fragilidad cambiaria, nuestra moneda aparece entre las que más se fortalecen dentro del universo emergente, así lo destaca un informe de la agencia internacional Bloomberg.

En apenas dos meses, el peso acumuló una apreciación superior al 5% frente al dólar estadounidense, un desempeño que la alinea con otras monedas latinoamericanas y la distancia de economías vulnerables, que tienen características similares a la Argentina: desequilibrios externos persistentes y una elevada dependencia del financiamiento externo.

Dólar: el quiebre de la estacionalidad

El dato resulta aún más llamativo si se considera la estacionalidad del primer bimestre. Históricamente, enero y febrero suelen ser meses de tensión para el tipo de cambio argentino: tras el pico de demanda de dinero de fin de año, empresas y familias reducen sus tenencias en pesos y presionan sobre el mercado cambiario. Desde 2003, el dólar financiero había mostrado en ese período una suba promedio cercana al 4%. Este año, sin embargo, el patrón se quebró.

Lejos de una depreciación, el dólar descendió hasta perforar niveles que no se observaban desde hacía varios meses, incluso en un contexto de inflación aún elevada. El tipo de cambio real multilateral, medido por el Banco Central de la República Argentina, se ubicó en niveles que reflejan una apreciación real significativa respecto del inicio del año. El interrogante que emerge es inevitable: ¿qué explica esta fortaleza cambiaria y cuán sostenible resulta?

El contexto internacional

Según Bloomberg, una primera respuesta remite al escenario internacional. El dólar atraviesa un período de debilidad global, reflejado en su comportamiento frente a las monedas del G10 y en el renovado apetito por activos de mercados emergentes. Los flujos financieros hacia este grupo de países se intensificaron en los primeros meses del año, favoreciendo una apreciación generalizada de sus monedas. En ese contexto, el peso argentino no quedó al margen y se benefició de un viento de cola externo que amplificó sus propios factores domésticos.

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El Peso Argentino vive un proceso de fortalecimiento frente al dólar. Se debate si es ficticio o tiene bases solidas

Factores domésticos y política monetaria

No obstante, reducir el fenómeno exclusivamente a causas exógenas sería insuficiente. La dinámica local aporta elementos decisivos. El endurecimiento de la política monetaria, con tasas de interés elevadas para contener la inflación, encareció el costo de permanecer en dólares y volvió más atractivos los rendimientos en pesos. A la vez, la oferta de divisas mostró un comportamiento inusualmente robusto. La liquidación del complejo agroexportador se mantuvo firme, mientras que las emisiones de deuda corporativa y provincial aportaron un flujo adicional de dólares al mercado, asegura la agencia internacional.

Ese doble movimiento, mayor oferta de divisas y tasas altas, incentivó estrategias de carry trade: inversores que desarmaron posiciones en moneda extranjera para aprovechar rendimientos en pesos. El resultado fue una presión a la baja sobre el tipo de cambio, que se sostuvo incluso con un Banco Central activo como comprador neto de reservas. Lejos de intervenir para frenar la caída, la autoridad monetaria aprovechó el contexto para recomponer activos externos, acumulando en pocas semanas un volumen significativo de compras.

¿Hasta dónde la apreciación del peso responde a un equilibrio genuino y en qué medida es consecuencia de flujos transitorios?, se pregunta el informe. Algunos analistas sostienen que, sin la presencia compradora del Banco Central, el tipo de cambio podría haber caído aún más. Otros, en cambio, plantean que la intervención contribuyó a anclar expectativas y a sostener la confianza, evitando movimientos bruscos en sentido contrario.

Estabilidad, competitividad y riesgos productivos

Más allá de la discusión técnica, la apreciación cambiaria reabre una vieja tensión de la economía argentina: el vínculo entre estabilidad nominal y competitividad. Un tipo de cambio bajo ayuda a moderar la inflación y mejora el poder adquisitivo en el corto plazo, pero también encarece los costos en dólares de la producción local. El reciente cierre de una empresa industrial volvió a poner en primer plano el riesgo de que un peso fuerte, sostenido por flujos financieros, termine erosionando la base productiva si no es acompañado por mejoras estructurales.

La apuesta por el Peso fuerte

Desde el Gobierno, la fortaleza del peso no es vista como un efecto colateral, sino como un objetivo explícito. La administración de Javier Milei apuesta a que la estabilización macroeconómica y la desregulación generen condiciones para que la competitividad no dependa exclusivamente del tipo de cambio. En esa lógica se inscriben las reformas impulsadas en distintos frentes, con la expectativa de que una mayor productividad compense un dólar más bajo.

El ministro de Economía, Luis Caputo, ha reiterado la idea de construir una moneda fuerte como ancla del nuevo esquema macroeconómico. La premisa es clara: escasez de pesos, abundancia de dólares y una economía que funcione sin la necesidad de devaluaciones recurrentes. Se trata de una apuesta ambiciosa, que desafía la experiencia histórica del país.

El desafío en el corto plazo será sostener este equilibrio en un contexto de alta volatilidad global y con un frente interno que aún exhibe fragilidades. La apreciación del peso, celebrada por su efecto desinflacionario, convive con interrogantes sobre su impacto en el crecimiento y el empleo. Bloomberg asegura que la respuesta a esos dilemas no será inmediata. Como tantas veces en la economía argentina, el comportamiento del tipo de cambio vuelve a ser el termómetro donde se condensan expectativas, tensiones y apuestas de largo plazo.

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