Tras meses de quietud, el tipo de cambio mostró esta semana signos de despertar en un contexto de tasas a la baja y una economía real severamente golpeada, mientras el ministro Luis Caputo sigue a la caza de dólares y financiamiento en el mercado interno para cumplir con los compromisos de deuda que crecen y se acercan.
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El mercado vuelve a mirar al dólar entre tasas en baja y presión fiscal
El dólar sube en un contexto de tasas a la baja, presión fiscal y recesión. El Gobierno enfrenta tensiones para sostener el equilibrio y evitar otra crisis.
Así, el oficialismo se enfrenta al dilema histórico de sostener el equilibrio financiero mientras aguarda una recuperación que valide su capital político.
El movimiento alcista del dólar ha quebrado una racha de estancamiento que se prolongaba en los tableros desde la última contienda electoral. Este despertar de la divisa, que por ahora es como un respingo, ya que, sobre la llegada del fin de semana largo, moderó la suba, obliga a recalcular las expectativas en un contexto donde el tipo de cambio continuaba por debajo de sus valores previos a los comicios y seguía acumulando un notable atraso frente a la inflación.
Inflación y comportamiento del mercado
En paralelo, la macroeconomía lidia con una inflación acumulada en moneda dura cercana al 18 por ciento, un factor insoslayable para la competitividad. Sin embargo, los operadores coinciden en que no existen señales de una corrida descontrolada, sino más bien un reacomodamiento natural y una toma de ganancias lógica luego de un extenso período de alta rentabilidad en pesos.
Al analizar las cifras del mercado cambiario desde el mes de marzo, emergen dos fenómenos simultáneos que explican la coyuntura. Por un lado, la demanda de dólares por parte de los particulares retornó a la zona de los 1.700 millones mensuales. Por otro lado, el sistema financiero modificó su estrategia de resguardo: en lugar de cubrirse en los mercados de futuros, las instituciones comenzaron a adquirir las divisas en la plaza directa.
Esta dinámica, por ahora, no ejerce una presión desmedida sobre la cotización del dólar debido a la inmensa oferta de moneda extranjera que está recibiendo el mercado, producto de la fuerte estacionalidad de las liquidaciones del sector agropecuario, el repunte en los volúmenes de exportación y la constante colocación de deuda comercial, corporativa y provincial.
Caputo baja tasas y los inversores en alerta
En este marco, si bien el Banco Central sostiene su racha compradora diaria ininterrumpida desde la implementación del nuevo esquema de bandas cambiarias, las adquisiciones recientes han sido comparativamente menores frente a volúmenes de transacción sumamente elevados, producto de la evidente búsqueda de cobertura por parte de los actores privados.
La matriz de esta leve agitación en el mercado cambiario se encuentra ligada a la agresiva política de reducción de tasas de interés con la intención de reactivar la economía. Con rendimientos para los depósitos a plazo fijo que descendieron abruptamente desde un 40 por ciento a principios de año hasta orbitar la franja del 20 por ciento, la tasa real en comparación con la inflación resulta profundamente negativa.
Aunque los datos inflacionarios de abril prometen ser más benevolentes para el gobierno que los de marzo, el índice de precios continúa en niveles altos e inestables para una economía que el gobierno asegura está estabilizada.
Hasta el momento, la pasividad del dólar convertía a estas tasas en instrumentos altamente rentables frente al tipo de cambio. No obstante, una mínima devaluación en torno al 2 por ciento en apenas dos jornadas resulta suficiente para licuar por completo la tasa de interés mensual de las posiciones en pesos.
Ante este riesgo, los inversores migran paulatinamente hacia el dólar, mientras el sector público observa un incipiente incremento en los rendimientos de instrumentos como las Letras del Tesoro (LECAPs), en respuesta al movimiento del mercado.
Deterioro de la economía real
Pero lejos de los mercados y los monitores de la city, la economía real exhibe heridas inocultables. Los indicadores preliminares de actividad mantienen su tendencia al estancamiento o a la baja.
La recaudación impositiva de marzo marcó un piso histórico, configurándose como la peor de su serie temporal. A pesar de que los primeros monitoreos vinculados a la coparticipación en abril insinúan una moderada mejora, la presión sobre los ingresos fiscales es crítica.
Para evitar el colapso de las cuentas frente a esta caída de ingresos (que pone en tensión el discurso del equilibrio y el superávit fiscal), el gobierno profundiza el ajuste del gasto y la inversión pública, junto con un incremento de la deuda flotante que trepó al equivalente del 20 por ciento de las erogaciones estatales.
Las cuatro fuerzas en juego
La complejidad de esta transición puede modelarse a través de un esquema de cuatro fuerzas fundamentales: las finanzas, la economía real, la opinión pública y la gobernabilidad.
En la antesala electoral, el país padecía un profundo desorden financiero y político, con tasas de interés asfixiantes que dañaron el crédito y multiplicaron la mora en el sector productivo. Tras el recambio institucional y el debate en el Congreso, el oficialismo logró estabilizar parcialmente el sector financiero (con un riesgo país que se mueve en la zona de los 600 puntos y un fuerte estímulo al carry trade) y recuperó la iniciativa política.
La contrapartida de este saneamiento fue un castigo severo a la economía productiva y una escalada inflacionaria inicial que ha comenzado a erosionar el apoyo en los sondeos de opinión.
El interrogante hacia adelante
El interrogante central que definirá el rumbo de los próximos meses es si el éxito en las variables financieras y el control de la agenda legislativa tendrán la fuerza suficiente para arrastrar a la economía real hacia su reactivación o si, por el contrario, la recesión y el desgaste en las encuestas terminarán por fracturar la frágil estabilidad de los mercados.
Una mirada teórica para entender la coyuntura
Desentrañar este escenario requiere una perspicacia singular. Al escribir el obituario de Alfred Marshall en 1924, el economista británico John Maynard Keynes (con quien el presidente se dedicó a “polemizar” esta semana) advirtió que su disciplina exige una combinación inusual de talentos: obliga a sus expertos a ser, en simultáneo, matemáticos, historiadores, estadistas y filósofos.
La profesión exige comprender lo general a través de lo particular, uniendo lo abstracto y lo concreto para estudiar el presente a la luz del pasado y con la mira puesta en el futuro.
Un año más tarde, en su ensayo de 1925 ¿Soy un liberal?, el propio Keynes reflexionaba sobre el difícil equilibrio político entre un conservadurismo empeñado en mantener un statu quo inoperante y fuerzas progresistas carentes de herramientas de gestión viables.
Una encrucijada abierta
Un siglo después, esa doble exigencia analítica y política resulta imperativa para la economía actual: solo conjugando el rigor técnico indispensable en las finanzas con una lectura pragmática del termómetro productivo y social será posible sortear la encrucijada y evitar una nueva crisis sistémica.
Después de ver y escuchar al presidente “polemizando” con Keynes y sus disertaciones en foros económicos y empresariales, la duda sobre la capacidad de evitar una nueva crisis crece en los círculos del poder.
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