El equipo económico que comanda Luis Caputo decidió ayer modificar sustancialmente el manejo del dólar que venía sosteniendo el Gobierno de Javier Milei, que fundamentalmente estaba basado en el atraso del tipo de cambio frente a la inflación y la escasa o nula acumulación de reservas.
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El dólar no abandona la escena: devaluación por inflación, reservas y los límites del programa de Javier Milei
El Gobierno acelera la devaluación de las bandas del dólar. Inflación, costos sociales y presión por reservas. ¿Qué hay de nuevo en los anuncios del Central?
El anuncio de una aceleración en el ritmo de devaluación del peso (que oficializó el Banco Central ayer), a partir de enero de 2026, marca el abandono de hecho del crawling peg del 1% mensual y la adopción de un sistema de bandas de flotación ajustadas por la inflación pasada de dos meses. Así, de lo anunciado por Santiago Bausili ayer, se interpreta que el primer día hábil de enero las bandas se actualizarán en 2,5% (la inflación de noviembre).
El dólar como ancla inflacionaria
Durante meses, el tipo de cambio oficial fue presentado como una ancla central para contener la inflación. La estrategia consistía en mantener un deslizamiento mínimo del dólar mientras se apostaba a una rápida desaceleración de los precios. Sin embargo, el resultado fue un atraso cambiario creciente que terminó afectando la competitividad exportadora industrial y de las economías regionales, desincentivando exportaciones y profundizando la escasez de divisas, con una ola importadora imparable. El esquema que comenzará a regir el 1 de enero reconoce que, más allá de los discursos grandilocuentes, los gritos televisivos y la calificación de mandriles a quienes advertían la situación, el diagnóstico no era errado.
Bandas indexadas a la inflación pasada
El esquema anunciado establece que el dólar se moverá dentro de bandas cuya actualización tomará como referencia la inflación de dos meses atrás. En la práctica, se trata de una indexación parcial del tipo de cambio a la dinámica de precios, pero con cierta libertad a que el mercado la tome o no.
El Gobierno intenta así evitar saltos bruscos, pero al mismo tiempo admite que la inflación no será derrotada en el corto plazo. Lejos de una estabilización acelerada, el propio diseño del sistema anticipa la convivencia con tasas mensuales del 2% o 3% durante buena parte del año próximo.
Advertencias ignoradas y giro tardío
Este cambio de rumbo llega luego de una secuencia de advertencias ignoradas. Economistas de distintas corrientes, informes de bancos y señales del propio mercado habían señalado el riesgo del atraso cambiario. La respuesta oficial fue, durante mucho tiempo, la negación y la descalificación. El dólar, se repetía, no era una variable relevante. El anuncio del Banco Central demuestra que sí lo era, y que lo sigue siendo en una economía estructuralmente dependiente de los dólares.
El giro no está exento de costos. Dar pie a acelerar la devaluación implica aceptar un nuevo piso inflacionario y consolidar la inercia. Atar el tipo de cambio a la inflación pasada supone resignarse a administrarla, más que a reducirla de manera significativa. Es una decisión que tiene impacto directo sobre salarios, jubilaciones y actividad económica, en un contexto en el que los ingresos reales no muestran una recuperación sostenida.
Nueva fase del programa monetario
En paralelo, el Banco Central presentó lo que denominó una “nueva fase del programa monetario”, cuyo objetivo central es recomponer reservas. El organismo proyecta compras de entre 10.000 y 17.000 millones de dólares en 2026, financiadas con emisión monetaria que luego se intentará esterilizar. La lógica es conocida: más pesos hoy para obtener dólares hoy, con la promesa de absorber esos pesos más adelante. El riesgo es que el equilibrio prometido nunca llegue o lo haga con costos adicionales.
A esta estrategia se suma un elemento que genera cuestionamientos: la falta de transparencia. El Central se reservó la posibilidad de adquirir divisas “en bloque”, fuera del mercado, sin detallar precios ni contrapartes. El mecanismo contrasta con el discurso de libre mercado y reglas claras que el oficialismo sostiene desde la campaña. En momentos de tensión, la discrecionalidad parece imponerse sobre la ortodoxia declamada.
El respaldo del FMI
El Fondo Monetario Internacional reaccionó de manera previsible. Desde Washington se celebró el fortalecimiento del marco cambiario y la perspectiva de una mayor acumulación de reservas. En términos simples, el organismo respalda un esquema que garantice dólares para el repago de la deuda. El impacto social del ajuste cambiario, sobre salarios y actividad, queda en un segundo plano frente a la prioridad financiera.
El contexto externo y financiero ayuda a explicar la decisión. El intento reciente del Gobierno de regresar al mercado internacional con un bono en dólares tuvo resultados modestos y costos elevados. Con el financiamiento voluntario cerrado, la presión del FMI y límites claros desde el Tesoro estadounidense, la devaluación volvió a aparecer como el recurso disponible. El Tesoro, además, necesita dólares para afrontar vencimientos inmediatos y ya está comprando divisas en un mercado cada vez más tensionado.
Una promesa con límites
La promesa oficial es que un dólar más competitivo impulse exportaciones y actividad. Sin embargo, la ecuación es incompleta. Gran parte de la industria argentina depende del mercado interno. Sin una recuperación del poder adquisitivo, la mejora cambiaria puede no traducirse en mayor producción ni empleo. Hasta ahora, la política de ingresos no ocupa un lugar central en el programa.