La Argentina consigue más dólares por sus exportaciones, pero no logra convertir ese ingreso en una recuperación extendida. En septiembre, las ventas al exterior superaron por primera vez los 10.000 millones de dólares. Sin embargo, el último dato de actividad económica del INDEC correspondiente a agosto mostró una caída interanual del 1,7% y una mejora de apenas el 0,1% respecto de julio. Entre ambas cifras transcurre el principal problema económico y político del Gobierno: el éxito de los sectores exportadores convive con fábricas en retroceso, consumo restringido y dificultades para sostener el empleo.
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Cara y seca: Exportaciones récord pero no repuntan la industria y el consumo
Argentina bate récord de exportaciones, pero la industria, el consumo y el empleo están débiles. Los límites de un crecimiento que no llega a toda la economía
Javier Milei eligió la exposición de petróleo y gas en Neuquén para celebrar el récord. También lo utilizó para responder a los empresarios que advierten sobre el atraso cambiario: si las exportaciones alcanzan máximos históricos, sostuvo, los cuestionamientos sobre la competitividad pierden sustento. Sin embargo, el resultado agregado no resuelve la discusión sobre las condiciones en que produce cada sector.
El impulso proviene fundamentalmente del agro y de los hidrocarburos. En el caso del petróleo, confluyen mayores volúmenes despachados y una suba de los precios internacionales superior al 30%. Esa combinación explica parte de la fortaleza exportadora, aunque dice poco sobre la situación de una empresa que abastece al mercado interno o compite con productos importados.
La expansión que no alcanza a los proveedores
El contraste apareció en el relevamiento de septiembre de la Asociación de Industriales Metalúrgicos de la República Argentina. Todos los rubros registraron caídas, desde bienes de capital y autopartes hasta maquinaria agrícola y equipamiento médico. Incluso la producción de los proveedores del petróleo y del gas retrocedió un 3,3%.
Ese último dato permite dimensionar la debilidad de los vínculos entre la expansión energética y la industria nacional. Vaca Muerta crece, pero parte de sus necesidades se cubre con insumos y equipos importados. Los fabricantes locales enfrentan tarifas, tasas de interés e impuestos que dificultan su competencia. La demanda existe; su capacidad para impulsar producción y empleo dentro del país resulta limitada por decisiones de política económica y empresarial.
La discusión cambiaria conserva, por eso, relevancia. En los últimos doce meses, el dólar avanzó alrededor del 5% nominal, mientras la inflación acumulada superó el 30%. El aumento de los costos internos medidos en dólares afecta de manera desigual a las actividades. Un sector favorecido por mejores precios internacionales puede absorber condiciones que comprometen la rentabilidad de una fábrica.
Tampoco el funcionamiento del mercado cambiario está exento de intervención: el Gobierno vende bonos para ofrecer cobertura en divisas y mantiene restricciones de acceso para las empresas.
El dinero no llega al consumo
La disponibilidad de dólares encuentra otra dificultad en el sistema financiero. El Banco Central compra divisas y emite pesos que regresan como depósitos a los bancos. Pero, ante la escasez de tomadores privados solventes, las entidades destinan esa liquidez a títulos del Tesoro. El circuito financia al sector público sin traducirse en una expansión equivalente del crédito productivo.
En los hogares, la posibilidad de consumir depende de algo más que la comparación entre salarios e inflación. Los servicios públicos absorben una porción creciente del presupuesto y las deudas acumuladas comprometen los ingresos disponibles. Aun cuando una remuneración consiga alguna mejora real, ese margen puede terminar aplicado a gastos fijos o cuotas atrasadas.
La caída del empleo formal agrava el cuadro. La ocupación informal no compensa la pérdida de puestos de calidad, mientras la política fiscal mantiene su orientación contractiva. La paralización de la obra pública nacional resta actividad y los proyectos provinciales financiados con deuda no alcanzan a revertir esa tendencia.
Las empresas, a su vez, encuentran pocos incentivos para ampliar plantas con capacidad ociosa y ventas débiles. Los anuncios y aprobaciones del Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones se concentran en actividades extractivas; sus desembolsos todavía no compensan el deterioro de la construcción residencial y las manufacturas.
La disputa por el crecimiento
La persistencia del estancamiento trae al debate el recuerdo del año 2000, cuando las previsiones de crecimiento se corrigieron sucesivamente hasta llegar a cero. La comparación requiere cautela: entonces escaseaban las divisas y la soja cotizaba en niveles mínimos. Hoy, la fortaleza exportadora marca una diferencia sustancial. La semejanza está en la espera de una recuperación que los datos mensuales no confirman.
También merece matices la explicación política del auge energético. Las críticas presidenciales a las anteriores gestiones conviven con una expansión apoyada en decisiones e infraestructura acumuladas durante distintos gobiernos, entre ellas la recuperación del control estatal de YPF y la construcción del gasoducto hoy denominado Perito Moreno.
El desafío oficial consiste en transformar esa capacidad exportadora en una mejora más amplia, sin desordenar el esquema cambiario y monetario. Con la inflación cerca del 2% mensual y un horizonte electoral, el margen es estrecho. El récord aporta divisas; la caída de los propios proveedores petroleros muestra cuánto falta para que esa fortaleza se convierta en desarrollo industrial y empleo.
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