El Banco Central registró en los últimos doce meses entradas de divisas por 63.000 millones de dólares y salidas por 62.000 millones, según el balance cambiario conocido el viernes.
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Balance cambiario: el 60% de los dólares que ingresan a la Argentina proviene de deuda
El balance cambiario argentino muestra equilibrio formal, pero el 60% de los dólares ingresados provino de deuda y no de exportaciones genuinas.
La cuenta parece exitosa. Sin embargo, cuando se desagrega la composición de esos flujos, la solidez del equilibrio se vuelve discutible. Solo el 40% de las entradas corresponde a exportaciones netas de bienes (dólares genuinos generados por la economía real). El 60% restante proviene de préstamos: 17.000 millones tomados por empresas privadas, 14.000 millones aportados por el FMI y 7.000 millones de otros organismos internacionales. Del lado de las salidas, el ítem más abultado no fue el pago de deuda ni el turismo, sino la compra de divisas por parte de personas físicas: 40.000 millones de dólares en doce meses, casi todos destinados al colchón. A pesar de los esfuerzos del Gobierno, los argentinos siguen metiendo dólares en vez de sacarlos.
El panorama que emerge del balance cambiario no es el de una economía que genera y retiene dólares, sino el de una plataforma donde el capital ingresa prestado y se filtra hacia el atesoramiento privado. Los pagos de servicios al exterior sumaron 10.000 millones (tres cuartas partes explicadas por el turismo de argentinos en el extranjero, neto del turismo extranjero en Argentina) y los intereses de deuda en moneda extranjera demandaron otros 12.000 millones. Así, los dos componentes más predecibles de la salida de divisas ya consumen el equivalente al total del superávit comercial.
El RIGI: promesa y decepción
El gobierno nacional presentó el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) como el instrumento destinado a corregir estructuralmente la escasez de dólares. La lógica era sencilla: beneficios fiscales, cambiarios y aduaneros de carácter excepcional para atraer capital extranjero hacia energía, minería y agroindustria. Aprobado en julio de 2024 y reglamentado ese mismo agosto, el RIGI debería reflejar ya, al menos parcialmente, sus efectos sobre la inversión extranjera directa.
El informe del Banco Central sobre Inversión Extranjera Directa al 31 de diciembre de 2025 ofrece una respuesta inequívoca. En el cuarto trimestre del año pasado se registraron egresos netos de inversión extranjera directa por 4.687 millones de dólares. La causa identificada por el propio organismo fue la cancelación de deuda comercial entre empresas vinculadas: multinacionales que aprovecharon las flexibilizaciones cambiarias para reorganizar sus balances internos, cancelar adelantos financieros y retirar posiciones acumuladas durante años anteriores. El grueso de ese proceso involucró al complejo exportador, a través de cancelaciones de adelantos de cobro ligados al Decreto 682, que redujo transitoriamente las retenciones a cero para determinados sectores.
La dinámica no es nueva. La urgencia por acumular divisas comerciales genera incentivos extraordinarios para acelerar exportaciones, pero esos flujos no se convierten en inversión de largo plazo. El capital entra y sale al ritmo del ciclo exportador, antes que como parte de un proceso sostenido de desarrollo productivo.
El dato más revelador del informe no es el de los egresos, sino el de la reinversión de utilidades. De los 1.436 millones de dólares de renta de capital registrados en el cuarto trimestre, 1.194 millones correspondieron a distribución de dividendos girados al exterior. Solo 241 millones se reinvirtieron localmente. Las principales salidas netas provinieron de Suiza, Reino Unido, Países Bajos y España, jurisdicciones que funcionan habitualmente como nodos de arquitecturas financieras corporativas globales.
Frente a estos resultados, el gobierno prorrogó por decreto el plazo de adhesión al RIGI hasta julio de 2027 (un año más del previsto originalmente) y anunció el envío al Congreso de un proyecto denominado "Súper RIGI", orientado a ampliar los beneficios para el sector tecnológico. La extensión anticipada del plazo difícilmente puede leerse como señal de éxito del régimen vigente.
La minería: cifras de futuro, realidad de presente
El sector minero concentra buena parte de las expectativas oficiales. El ministro Luis Caputo suele exhibir proyecciones de entre 95.000 y 140.000 millones de dólares en inversiones asociadas al RIGI. Esas cifras incluyen proyectos presentados, iniciativas en análisis y anuncios preliminares. La inversión efectivamente ejecutada en 2025 rondó los 1.388 millones de dólares; en el primer trimestre de 2026, ingresaron aproximadamente 1.205 millones vinculados al régimen. Una fracción mínima de los números que circulan en conferencias oficiales.
Además, no todo ese capital ingresa al mercado de cambios. Muchas empresas adquieren maquinaria pesada directamente desde sus casas matrices en el exterior, sin que esas operaciones pasen por el sistema cambiario argentino.
Los datos del INDEC sobre producción minera correspondientes al primer trimestre de 2026 añaden precisión al cuadro. Los minerales metalíferos acumulan una caída de 3,4% interanual, y la actividad sigue explicada principalmente por oro y plata. El cobre no existe aún como realidad productiva: los proyectos Josemaría, Los Azules, El Pachón y Filo del Sol permanecen en etapas preliminares.
El litio muestra crecimiento real: extracción de minerales para productos químicos subió 66,8% interanual, con el carbonato de litio creciendo 70,2%. Sin embargo, una parte significativa de ese incremento está asociada a sal y salmueras (la extracción de sal creció 138,7%), lo que revela que la Argentina exporta solo materia prima con bajo nivel de industrialización.
Un equilibrio sostenido por deuda
El balance cambiario argentino está formalmente equilibrado. Pero su estructura revela una economía que financia el consumo de divisas con deuda, que recibe inversiones que prefieren prestar antes que comprometerse, y que atesora lo que no reinvierte. Eso no es solidez. Es una ecuación que requiere ser renovada permanentemente para sostenerse.