Cada temporada, cuando las primeras nevadas comienzan a cubrir la cordillera, cientos de familias de Malargüe emprenden un viaje que repiten desde hace generaciones. Junto a sus cabras, ovejas, vacas y caballos recorren kilómetros entre los campos bajos de invernada y las veranadas de altura, siguiendo un calendario que no está escrito en ningún libro, sino en la memoria de quienes aprendieron el oficio de sus padres y abuelos. La práctica del arreo y la trashumancia en fue incorporada al Registro de Manifestaciones del Patrimonio Cultural Inmaterial de la República Argentina, dependiente de la Secretaría de Cultura de la Nación.
Trashumancia en Malargüe: el reconocimiento nacional a una forma de vida que se resiste a desaparecer
Detrás de cada arreo hay familias, historias y saberes que pasan de generación en generación. La Nación incorporó la trashumancia malargüina al Registro de Patrimonio Cultural Inmaterial.
Ese recorrido, que para muchos mendocinos forma parte del paisaje habitual del sur provincial, acaba de recibir un reconocimiento que trasciende lo simbólico.Más que una declaración, el reconocimiento pone en valor una forma de entender el territorio que todavía hoy sobrevive en la cordillera mendocina.
Mucho más que mover animales
Hablar de trashumancia es hablar de familias enteras. No se trata únicamente del traslado estacional del ganado. Es una organización de vida donde todos tienen un rol: los mayores transmiten conocimientos, los jóvenes aprenden los caminos, las mujeres sostienen la vida cotidiana en los puestos y los niños crecen entendiendo que el clima, el agua y las montañas marcan los tiempos mucho antes que el reloj.
Cada recorrido implica conocer dónde hay mejores pasturas, cuándo conviene cruzar un arroyo, cómo leer el comportamiento de los animales y de qué manera cuidar un ambiente tan frágil como la cordillera.
Son saberes que difícilmente puedan aprenderse en un aula.
La ciencia al servicio de una historia colectiva
Para que esa práctica pudiera ser reconocida oficialmente fue necesario demostrar, con documentación y evidencia, el enorme valor cultural y ambiental que posee.
Allí fue donde entró en escena el trabajo de Carina Llano, investigadora del CONICET en el Instituto de Ingeniería y Ciencias Aplicadas a la Industria (ICAI), y Gabriela Díaz, docente e investigadora de la Universidad Nacional de Cuyo.
Durante años recorrieron escuelas rurales, convivieron con familias puesteras y registraron conocimientos, historias y formas de habitar el territorio que muchas veces permanecen invisibles.
"La trashumancia no es sólo una práctica ganadera: es una forma de vida que articula conocimientos ecológicos locales, organización familiar, memoria territorial, manejo del agua y los pastos, identidad rural y transmisión intergeneracional de saberes", explica Llano.
La trashumancia es un sistema de movilidad estacional mediante el cual familias crianceras o puesteras trasladan sus animales, principalmente cabras, ovejas, vacas y equinos, entre campos bajos de invernada y zonas altas de veranada.
Toda esa información permitió fundamentar la incorporación de la práctica al registro nacional.
Un reconocimiento construido entre todos
Las propias investigadoras destacan que el reconocimiento no pertenece exclusivamente al ámbito académico.
La presentación fue posible gracias al trabajo conjunto con las familias puesteras Carrasco-Sepúlveda, la docente Mirta González, de la escuela Mapu Mahuida, estudiantes, investigadores y tesistas que participaron del relevamiento.
"Aunque la presentación formal haya sido elaborada por dos personas, el reconocimiento expresa un proceso colectivo, situado y profundamente comunitario", sostiene Llano.
Esa frase resume el espíritu de la declaración: reconocer a quienes mantienen viva una tradición que muchas veces se desarrolla lejos de los centros urbanos.
Una tradición que enfrenta nuevos desafíos
Sin embargo, el reconocimiento llega en un momento complejo. Cada año son menos los jóvenes que eligen continuar con la vida de los puestos. Las dificultades para acceder a la tierra, las distancias, la falta de servicios y las oportunidades laborales en las ciudades empujan a muchas familias a abandonar una actividad que durante décadas definió la identidad de Malargüe.
Por eso, las investigadoras advierten que declarar a la trashumancia como Patrimonio Cultural Inmaterial no debería quedarse únicamente en un diploma.
"Tiene que servir para visibilizar a las familias puesteras, fortalecer políticas públicas, mejorar las condiciones de vida en los territorios rurales y generar herramientas concretas para que las nuevas generaciones puedan elegir quedarse, volver o sostener vínculos con esta forma de vida", plantea Llano.
Un patrimonio que sigue caminando
En una época donde casi todo cambia con rapidez, la trashumancia conserva algo excepcional: el tiempo.
El tiempo para caminar durante días con el ganado, para reconocer los cerros como si fueran parte de la familia, para enseñar sin libros y para entender que el territorio no es solamente un lugar donde producir, sino un espacio donde se construye identidad.
Por eso, el reconocimiento nacional no celebra únicamente una actividad ganadera.
Reconoce a hombres, mujeres y niños que, generación tras generación, siguen escribiendo la historia de Malargüe con el mismo gesto que heredaron de sus mayores: caminar junto al ganado por la cordillera, manteniendo viva una forma de vida que aún hoy se niega a desaparecer.