La Argentina derrama sangre una vez más. Esta vez es por Candela, la pequeña inocente que fue hallada muerta víctima de las atrocidades más grandes que puedan surgir de un ser humano. Fue la noticia más difícil, que nadie quería dar. Pero otra vez un caso tan tremendo copa las tapas de los diarios.
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El título más difícil: mataron a Candela
No fue una causa natural, no fue una causa del destino. El destino jamás podría ser ése. Sólo las circunstancias más absurdas de las que solo son capaces imbéciles desalmados pueden cambiar el rumbo de una niña, una familia y un país porque somos todos los que hoy lloramos a Candela.
No hace falta ahondar en los detalles que pueden resultar morbosos sobre cómo fue encontrada la chiquita, y tampoco especular con las hipótesis de los investigadores. Nada puede justificar esto. Ningún vuelto, ninguna complicidad, absolutamente nada.
Candela no es la única, pero debe ser la última. Aunque en la desprotección en la que estamos inmersos los argentinos porque si no fuera así Candela y los miles de personas desaparecidas en el país estarían con sus familias- hace suponer que la historia de terror no terminó.
La historia debe enseñarnos a comprender el presente y a proyectar un futuro mejor, dice una conocida frase. ¿Pero qué nos está pasando a los argentinos? parece qué no hemos aprendido nada.
Somos víctimas y somos culpables, por no exigir a nuestros gobernantes acción. Es el Estado el que debe protegernos y somos nosotros mismos, los padres, hermanos, hijos, vecinos, amigos, docentes, alumnos, los que no podemos permitir estas cosas.
Estamos derramando demasiada sangre. Es cierto que el hombre es el lobo del hombre porque no hay nada que explique que hoy estemos enterrando a esta niña.
Nos duele el corazón, y la herida tiene que estar siempre presente porque no podemos tolerar una Candela más. Cuando este caso deje de ser la noticia del día todos tenemos que tenerlo presente porque es parte de nuestra triste historia, que se sigue tiñendo de rojo.
¿Cuál es el límite qué estamos dispuestos a pagar por ser una sociedad pasiva? El caso de Candela no debe repetirse en cada familia para ponernos en el lugar del otro, para entender el padecimiento. Todos somos los papás, los hermanos, los compañeros, los maestros, los amigos de Candela.
Fue el padre de María Soledad quien, desde su más profundo dolor, dijo que no le deseaba ni a los asesinos de su propia hija que padezcan lo que él y su familia padeció. Y de eso debemos aprender todos, principalmente los que se amparan en la impunidad, los que esquivan con total facilidad la ley, los que no tienen escrúpulos y encuentran complicidad en el poder.
El crimen de Candela lo lloramos todos, lo padecemos todos. Argentina es la víctima.
