Camino a La Paz llegó a destino. La película que tiene como figuras centrales a Rodrigo de la Serna y al mendocino Ernesto Suárez - quien debuta por primera vez en cine - hace su última parada para encontrarse con el público argentino a partir de este jueves. Es el primer estreno nacional del 2016 y una oportunidad que, adelantamos, nadie debería perderse.
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Camino a La Paz: un emocionante viaje interior
En su ópera prima, Francisco Varone, nos propone un viaje. Pero no es un viaje cualquiera. En apariencia el relato es sencillo y se ha contado infinidad de veces en el cine: Dos personas desconocidas por casualidad o destino emprenden la travesía hacia un lugar, mientras que en el camino una serie de vicisitudes los transforma. Hay aprendizaje, cambio y una mirada nueva sobre la vida que convierte inevitablemente a los protagonistas implicados en seres distintos.
En este caso la ficción sobre ruedas reúne por un lado a Sebastián. Un joven citadino sin grandes aspiraciones, fanático de la música de Vox Dei y propietario de un Peugeot 505 que según confiesa: es lo único que es solamente mío. El auto termina convirtiéndose en un remis improvisado y así es que llega a su vida Jalil, un viejo y enfermo musulmán que necesita viajar a la ciudad de La Paz, Bolivia, para encontrarse con su hermano. Sin mucho convencimiento pero condicionado por el dinero, Sebastián acepta el trato y ambos salen a la ruta con sus 3 mil kilómetros por delante.
Camino a La Paz es un road movie y la intención del director es clara en este sentido. Lo interesante radica en la forma personal que tuvo de encarar el género y la construcción de la historia. Una cinta que se presenta conmovedora y emocionante desde un lugar espiritual.
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Si bien hay un viaje real y concreto, una salida a la aventura que plantea lo desconocido, el relato cinematográfico está contado desde la carga interior de cada personaje. Por ejemplo, es significativo que el paisaje no cumpla un rol fundamental. Por el contrario, lo que se muestra es casi insignificante y no porque el norte no cuente con el suficiente atractivo visual para ser aprovechado, pero la intención es otra y tiene que ver con la necesidad de transmitir la introspección planteada en el argumento. En este sentido, Varone hace un uso recurrente de planos cortos y primeros planos para narrar lo que sucede. Es una película intimista y con una estética de documental que puede apreciarse desde la fotografía hasta el planteo actoral de los mismos hacedores de la historia.
Mucho se habla en estos tiempos del desapego, de soltar lo que nos ata material y socialmente para ir en la búsqueda de la verdadera libertad del hombre, aquella que nos lleva a encontrarnos con nosotros mismos sin imposiciones externas. Se trata en definitiva del sentido mismo de la experiencia existencial que por obvia no deja de ser fundamental. Este es el esperanzador mensaje que atraviesa el filme y el resultado resulta movilizador. Hay un viaje a la paz, pero hacia la paz interior.
La posibilidad de abordar este aprendizaje desde el acercamiento a una cultura que a los argentinos nos parece distante es otro de los grandes aciertos del guión, también escrito por el joven realizador.
Por otra parte, el filme no sería lo bueno que es, sin el destacado trabajo que logra De la Serna junto a Ernesto Suárez. El primero con una larga trayectoria probada en el cine nacional y, el segundo, un novel para la pantalla grande pero con una prestigiosa carrera en el teatro mendocino y latinoamericano. Ambos, conjugan talento y oficio para darle vitalidad a una relación de opuestos que termina convirtiéndose en un lazo "maestro-alumno", "padre-hijo" de mucha calidez humana.
Nuestro querido "Flaco" Suárez que llamó la atención del jurado del Festival de Cine de Mar del Plata alzándose con el premio a Actor Revelación, desarrolla en este largometraje un papel profundo y de carácter que sorprenderá al público de la provincia acostumbrado a disfrutarlo desde el humor.
Mirá el trailer. El cine nacional tiene para vos un cita ineludible: