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El doble problema de Pérez y de Mendoza
Con el Gobernador se ha ido también la esperanza de Mendoza de conseguir un trato respetuoso de parte del centralismo presidencial.
Es cierto que Pérez ha sufrido el maltrato de Cristina. Aún cuando se mostró al mundo como un soldado del proyecto nac&pop, allá por los comienzos de su gestión a fines del 2011. Pero la falta de gestos amables de Cristina hacia Mendoza condujeron a Pérez, en el tiempo, a buscar su propio lugar dentro del mundo peronista para ganar en visibilidad. Quiso transformarse en el gobernador coordinador de una suerte de liga de gobernadores peronistas que apoyarían a Cristina con cierto grado de visión crítica, creyendo que desde esa agrupación de fuerzas políticas, la de los gobernadores de la nueva guardia, a esta altura del partido ya estaría definido sin medias tintas el sucesor de la presidenta para el 2015. No sólo Pérez no fue ese coordinador que anhelaba, sino que tampoco surgió de allí un candidato de la confianza de la presidenta y muchos de los anotados se fueron diluyendo bajo la cruel indiferencia de la jefa de Estado.
Luego, Pérez, llevado de la mano de su vice Carlos Ciurca, se mostró muy jugado con Scioli, el bonaerense que le disputará al kirchnerismo puro la candidatura del oficialismo el año que viene. Y esa elección, valiente y audaz, le ha traído al gobernador más de un dolor de cabeza. Con lo que, ni desde adentro jugando con el kirchnerismo, ni mucho menos desde afuera del más rancio movimiento que se dice garante del modelo para los próximos años, Pérez ha podido lograr visibilidad y un trato más decoroso.
Con Pérez se ha ido también la esperanza de Mendoza de conseguir un trato respetuoso de parte del centralismo presidencial. Pérez pueda que tenga de alguna manera garantizado su futuro político si toda camina sin demasiados sobresaltos. Pueda que sea candidato a diputado nacional en el 2015 si la birome de la Casa Rosada así lo acepta, o bien un lugar aceptable al abrigo de un Scioli que pueda imponerse ante las ofertas de la oposición.
El problema lo tiene la provincia, ya no sólo porque las decisiones políticas asumidas por su gobernador no han sido quizás las más convenientes; o bien porque a Mendoza se la creyó equivocadamente la más ricas de las provincias pobres o la más pobres de las provincias ricas, navegando en el medio en un país que siempre se jugó a los extremos en todo o casi todo.
Como fuese, en todas aquellas discusiones en donde esté en juego el futuro de las economías regionales y el del patrimonio no renovable, como es el petrolero, Mendoza quedará a expensas de lo que puedan conseguir aquellos estados en los que esté alineada.
Con lo que ya parece no haber demasiado tiempo como para que la dirigencia mendocina se deje de entretener en discusiones internas de baja estofa que no mueven la aguja a nadie, ni aportan soluciones a los problemas de fondo. Y dejar de esperar soluciones mágicas o de asumir la actitud de que el tiempo acomodará el futuro provincial esperanzados en que los que tengan en sus manos el destino del país, le reservarán a la provincia el lugar que creemos los mendocinos debe tener.
