Rodrigo Manigot es cantante y compositor de Ella es tan cargosa, una de las bandas más reconocidas dentro del panorama rockero de la Argentina. Además, Rodrigo conduce el programa Librocks, por Radio Kamikaze. La semana pasada en su programa leyó este relato llamado "Un cuento mendocino" en donde referencia a Mendoza desde su mirada foránea y donde, además, recuerda cariñosamente a nuestro querido Marciano Cantero.
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"Un cuento mendocino", de Rodrigo Manigot
Acá está:
En Mendoza, a una media hora de la Capital, hay una zona de quintas con un centro comercial muy bonito, con muchos bares y restaurantes llamada Chacras de Coria. Durante años hubo un bar al que los grandes del rock argentino se volvían locos por ir: El Cacano. Fabi Cantilo, Los Ratones Paranoicos, Charly García, David Lebón, hasta los coristas de los Rolling Stones, todos pasaron por ahí. Se llamaba así por su dueño, Alejandro “Cacano” Cabanillas. Yo toqué dos veces con mi banda, Ella es tan cargosa. La primera vez incluso pasé a la pieza de Cacano: un lugar con autitos de colección en una repisa, y con el teclado de Charly a un costado, que había tenido en esos días un ataque y estaba internado en Mendoza.
Cacano esa vez no nos vio: se quedó en bata en su pieza, y yo le vi un aire al juez Oyarbide. Era un hombre petiso, de pelo corto oscuro, de sonrisa apretada y altanera. Sobre él se tejían todo tipo de historias, y lo más probable es que fueran todas ciertas. Pero la segunda vez sí bajó: nos miró cruzado de brazos y sonriente, parado delante del público junto a un hombre de rulos que se pasó todo el concierto hablándole al oído. Cuando el show terminó, el de rulos vino al camarín a decirnos: “Muchachos, me encantó su show, me declaro fan de ustedes”. Cacano nos miró. “¿Saben quién es él? Es Tito Dávila, el tecladista de Andrés Calamaro, y de los Enanitos Verdes”.
Esa noche nos volvimos de día. En la puerta del Cacano, Tito nos saludó a los abrazos, y desde la vereda nos gritó que siguiéramos así, que no perdiéramos la humildad. Pero lo que habíamos perdido era el nombre del hotel. “¿Ni de la calle se acuerdan?” nos preguntó de mal humor el taxista. Eran las siete de una mañana de diciembre y ya hacía un calor tremendo. Entonces el Tano, el violero de la Cargosa, dijo: “Pará, pará”, y de la media sacó un jaboncito con el nombre del hotel y le mostró, y ahí nos pudimos volver lo más bien.
Al mes siguiente, justo se dio que fuimos con mi hermano Mariano y nuestras familias de vacaciones a Mar Azul, y nos encontramos con Olga, la manager de Andrés Calamaro. Hicimos un asado y entonces le contamos que habíamos visto a Tito Dávila, y que le había encantado la banda. “Tito tiene que ser su próximo productor”, dijo ella. Nosotros nos miramos. Estábamos por grabar el tercer disco, y nos sentíamos re cómodos con nuestro productor, el pianista Germán Wiedemer. “Háganme caso alguna vez”, nos dijo. “Pongan a Tito, que es muy amigo de Carlos Narea y les va a abrir las puertas afuera”. Pero nosotros sostuvimos a Germán. La vida a veces tiene un departamento de guion imbatible: al poco tiempo, Germán Wiedemer reemplazó a Tito en la banda de Andrés Calamaro.
El tiempo pasó, el Cacano bar cerró, a Mendoza volvimos varias veces, muchas a tocar a la Arístides, otras al Festival de la Cerveza en Godoy Cruz, también volvimos a Chacras, al Willys. Y después llegó la pandemia, y los shows y las giras se terminaron por un rato largo.
En esos meses, ante el parate, un amigo me ofreció trabajo en la televisión. Volví como guionista a Canal 9. Pero en la tele de hoy, el guion ya casi no existe, y entonces hice un poco de todo. Terminé incluso produciendo.
Una tarde, mi jefa me mostró que Marciano Cantero se había casado con su viejo amor, y me preguntó: “Vos que sos músico: ¿no te animás a llamarlo para hacerle una nota?”. “Claro”, le dije. Le pedí el teléfono a mi querido amigo el periodista Walter Gazzo y lo llamé. Marciano me atendió al toque. Me reconoció enseguida, hablamos un montón, de música, de Paul Mc Cartney, de sus bajos Höffner, me preguntó por La cargosa. Lo noté caído, y él enseguida me aclaró: estaba con un problema en el hombro que le impedía colgarse el bajo, y eso lo tenía a maltraer. Hablamos como media hora, pero al final no hicimos la nota. Quedamos, eso sí, en tomarnos un vino cuando fuésemos a Mendoza, los dos junto a nuestro amigo en común, Walter Gazzo. Lamentablemente, eso no va a pasar. Creo que es una de las cosas más tristes de la muerte: la cantidad de encuentros hermosos que borra de un plumazo.
Hace unos días, Walter me pidió que dijera unas palabras sobre Marciano en su programa El buen salvaje. Yo no sabía bien qué agregar. Apenas si pensé que Marciano aportó a mitad de los ochenta algo que al rock argentino le faltaba: la canción de pop rock simple, con buenas melodías, estribillos imbatibles, la canción de corte popular en un contexto donde el rock venía muy progresivo e intelectual. Pensé también que Marciano Cantero y Los Enanitos Verdes abrieron un camino que luego profundizaría Andrés Calamaro. Pero después que grabé el mensaje dudé. ¿Mandé fruta? ¿Andrés primero produjo a los Enanos y después los emuló? Entonces viajamos con la Cargosa a Tierra del Fuego, y justo vino a tocar Germán Wiedemer. Le pregunté si estaba equivocado. Germán, que sigue siendo hoy el pianista de Calamaro, abrió los ojos bien grandes: “Para nada, Rulo. Es así. Escuchá ‘Por mirarte’. Tranquilamente podría ser una canción de Marciano Cantero.