Cada 10 de septiembre se conmemora el Día Mundial para la Prevención del Suicidio. Y en el marco de las distintas aristas sobre las que hay que reflexionar, hay un punto clave: la prevención también ocurre en los vínculos cotidianos, en una conversación, en una pregunta a tiempo y en la decisión de no mirar hacia otro lado.
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Prevención del suicidio: ¿qué podemos hacer cuando una persona no está bien?
Frente al suicidio, cuáles son las señales de alerta, cómo iniciar una conversación y cómo acompañar a alguien que atraviesa un momento de sufrimiento.
La psicóloga Martina Menéndez explica qué podemos hacer cuando alguien cercano atraviesa un momento de sufrimiento.
A veces las señales de alerta aparecen en pequeños cambios: alguien que deja de responder como antes, que se aleja, que parece agotado, que dice que no puede más. No siempre sabemos qué hacer frente a esas señales. Y, muchas veces, el miedo a decir algo incorrecto termina haciendo que no digamos nada.
¿Qué podemos hacer cuándo nos damos cuenta que una persona que queremos no está bien?
Un problema que necesita conversación
Cada año, alrededor de 727.000 personas mueren en el mundo a causa de suicidios. Y detrás de cada muerte, hay más intentos. En cada una de esas cifras hay una historia, una familia, amigos y comunidades que también quedan atravesados por lo ocurrido.
El suicidio puede ocurrir a cualquier edad y, en 2021, fue la tercera causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años a nivel mundial.
Según la Organización de las Naciones Unidas, la tasa mundial de suicidio descendió entre 2000 y 2021, aunque la realidad no fue la misma en todas las regiones. En América Latina y el Caribe aumentó un 25% durante ese período. En 2021, la tasa mundial fue de 9,2 muertes por cada 100.000 habitantes.
Las cifras ayudan a entender la dimensión del problema, pero no cuentan todo. No hablan de esa persona que quizás venimos notando distinta, de la conversación que no sabemos cómo empezar o de las veces que pensamos “¿será para tanto?” y seguimos de largo.
Identificar las señales de alerta
Por eso, hablar de suicidio también es hablar de prevención. Hablar de las señales, de cómo acercarnos, de qué decir y qué evitar. Hablar también de cuándo pedir ayuda y de cómo acompañar sin creer que tenemos que resolverlo todo nosotros.
Porque sí, queremos ayudar. El problema es que muchas veces no sabemos cómo. Tenemos miedo de preguntar de más, de decir algo incorrecto o, incluso, de empeorar las cosas. Y entonces aparece una duda bastante común: ¿cómo nos acercamos a alguien que no está bien?
Para intentar responderla, hablamos con la psicóloga Martina Menéndez, quien nos dio algunas pautas para identificar las señales de alerta.
La licenciada explica que no existe una única forma de reconocer que una persona está atravesando un momento difícil. De hecho, alguien puede continuar con su rutina, trabajar, estudiar, salir con amigos y sonreír mientras atraviesa un profundo sufrimiento.
“Una persona puede ir al trabajo, estudiar, juntarse con amigos, sonreír y estar cargando por dentro con un dolor inmenso”, señala.
Por eso, más que buscar una apariencia determinada —como la tristeza, el llanto o el aislamiento—, recomienda prestar atención a los cambios respecto de cómo esa persona suele ser.
- Alteraciones en el sueño o en la alimentación,
- un mayor consumo de alcohol u otras sustancias,
- comenzar a regalar objetos personales de valor,
- rechazar encuentros o actividades que antes disfrutaba,
- un aislamiento que se vuelve cada vez mayor.
Según Menéndes se trata de señales a las cuales prestar atención. Aunque aclara que detrás de la conducta suicida suele haber una combinación de factores y, especialmente, sentimientos como la desesperanza, la sensación de ser una carga para los demás y un dolor psíquico profundo al que la persona no logra encontrarle un final.
Cuando notamos que algo cambió en la persona
A veces no tenemos una certeza. Simplemente hay algo que cambió y no sabemos muy bien qué hacer con esa sensación.
Puede que preguntemos y la respuesta sea un simple “estoy bien”. Pero, para la psicóloga, esa respuesta no debería necesariamente cerrar la conversación. Por el contrario, puede ser el comienzo. Si seguimos percibiendo cambios, podemos contarle a esa persona que estamos preocupados, explicarle qué hemos notado y hacerle saber que estamos disponibles para acompañarla.
No se trata de diagnosticar ni de sacar conclusiones apresuradas. Se trata de no ignorar aquello que nos genera preocupación.
Hablar sin miedo
Uno de los grandes mitos alrededor del suicidio es que mencionar el tema puede hacer que una persona tenga más ideas o incluso empujarla a actuar. "Cuando nosotros preguntamos sobre si la persona está teniendo pensamientos relacionados a la muerte o conductas autolesivas, lo que hacemos es permitirle ponerle palabras", explica, concluyendo que abrir esa conversación permite romper el aislamiento y reducir el riesgo.
A veces, una pregunta que nos da muchísimo miedo hacer puede ser justamente la puerta que alguien necesitaba para pedir ayuda.
¿Y qué hacemos cuando finalmente esa persona habla? Menéndez recomienda evitar, ante todo, minimizar lo que está sintiendo. Frases como “no pienses así”, “no es para tanto”, “mirá la vida que tenés” o “pensá en tu familia” pueden surgir desde la preocupación, pero terminan transmitiendo otra cosa: que ese dolor no debería existir.
En lugar de buscar una explicación rápida o intentar convencer al otro de que tiene motivos para estar bien, propone abrir la pregunta y escuchar sin juzgar.
También es importante "preguntar si está pensando en cometer suicidio o si se ha autolesionado y acompañarlo a que consiga ayuda profesional".
¿Qué podemos hacer como padres, familiares y amigos?
Cuando se trata de un hijo o una hija, la preocupación puede ser todavía mayor. Los padres pueden notar cambios y preguntarse si se trata de una etapa propia de la adolescencia o si hay algo más que debería llamar su atención.
La piscóloga explica que la adolescencia implica una crisis evolutiva esperable: aparecen nuevas libertades, cuestionamientos a la autoridad y la necesidad de establecer nuevas reglas dentro de la familia. Pero eso no significa que haya que atribuir cualquier señal a “cosas de la edad”.
La desesperanza sostenida, el aislamiento progresivo y las expresiones relacionadas con ideas suicidas son señales que requieren atención. Ante un cambio que genere preocupación, la recomendación es buscar ayuda profesional, habilitar el diálogo y mostrarse presentes sin invadir.
Algo importante para las familias: no intentar resolver la situación en soledad. Pedir ayuda no significa haber fallado como padre o madre. Significa entender que hay situaciones que necesitan otras herramientas.
Los amigos también ocupan un lugar fundamental. Muchas veces son quienes primero escuchan una confesión, una preocupación o una frase que genera alarma.
En esos casos, Menéndez destaca: "Si un amigo o una amiga expresa pensamientos relacionados con autolesionarse o con cometer suicidio, hay que recurrir a un adulto".
No importa si existe el miedo a romper una confianza o a que la otra persona se enoje. Cuando hay una vida en riesgo, guardar el secreto deja de ser una muestra de amistad. Ayudar a conseguir acompañamiento profesional puede ser, justamente, una de las formas más importantes de cuidar a alguien.
Prevenir el suicidio también es hablar sobre él
Hablar de prevención no significa solamente saber qué hacer cuando una persona ya está atravesando una crisis. Y llegar hasta ese punto implica muchas veces que se intervino demasiado tarde.
La conducta suicida es multicausal y está atravesada por factores psicológicos, sociales, económicos, ambientales y culturales. Por eso, pensar en una única causa o en una única solución resulta insuficiente.
La prevención también implica preguntarnos qué tan accesible es la salud mental, qué ocurre cuando alguien intenta conseguir ayuda, cuáles son las condiciones laborales en las que vivimos, qué redes de derivación existen para los profesionales y qué políticas públicas se están desarrollando.
Menendez sostiene que "esto es prevención, porque cuando pensamos únicamente en la crisis, ya estamos llegando tarde”.
Quizás una de las mayores dificultades cuando queremos cuidar a alguien sea sentir que no tenemos las herramientas suficientes. Que no sabemos qué decir, cómo actuar o hasta dónde involucrarnos. Y quizás justamente ahí esté una parte de la respuesta.
No siempre podemos solucionar el dolor de alguien. No somos sus terapeutas, no tenemos que encontrar las palabras perfectas ni cargar solos con una situación que nos supera. Pero sí podemos preguntar, escuchar, tomar en serio lo que nos cuentan y acompañar a esa persona a buscar ayuda profesional.
"Acompañar también significa ayudar al otro a encontrar el apoyo que necesita", señala Menéndez.
Porque prevenir no siempre empieza con una gran respuesta. A veces empieza con algo mucho más sencillo: animarnos a preguntar “¿cómo estás?” y quedarnos a escuchar la respuesta.
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