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El Niño

El Niño pone a prueba a Mendoza: cómo funciona el sistema que protege al Gran Mendoza de los aluviones

Diques que permanecen secos, cauces naturales, zanjones y unos 250 kilómetros de colectores forman una extensa red para contener y conducir el agua de las tormentas antes de que alcance las zonas urbanas.

Por Cecilia Zabala

Puede no estar lloviendo en ningún punto del Gran Mendoza y, al mismo tiempo, una tormenta intensa estar descargando sobre el piedemonte. En pocos minutos, el agua comienza a bajar por quebradas y cauces naturales, se concentra, gana velocidad y avanza hacia un territorio donde hoy viven cientos de miles de personas. Cómo es el sistema que la contiene y qué se espera frente al fenónemo de "El Niño".

Para evitar que esa masa de agua llegue sin control a la ciudad existe una infraestructura que muchas veces pasa inadvertida: diques secos, colectores, canales, zanjones, descargadores y cauces naturales que trabajan de manera articulada para almacenar, regular y conducir las crecidas.

Solo en el Área Metropolitana hay alrededor de 250 kilómetros de colectores urbanos, según explicó a SITIO ANDINO el director de Hidráulica de Mendoza, Pablo Rodríguez. Pero esos colectores no terminan allí: forman parte de una red mayor que tiene como su gran receptor al Canal Cacique Guaymallén y que continúa hacia Lavalle

Entender cómo funciona ese entramado cobra especial importancia ante el escenario de El Súper Niño y la posibilidad de un verano con eventos de lluvia importantes.

"Mendoza está preparada, sí. ¿Esa infraestructura puede verse desbordada? Sí, ya ha pasado", resumió Rodríguez. La tarea, explicó, consiste en reducir el riesgo y conseguir que, cuando llegue una crecida, encuentre diques y colectores en condiciones para recibirla. En este escenario, el rol de los distintos organismos del Estado, pero también el de la ciudadanía es clave.

El primer paso para entender el sistema: mirar hacia el oeste

La clave está en la geografía. Mendoza posee un clima árido o semiárido, pero las precipitaciones estivales pueden ser violentas. A eso se suman grandes pendientes, vegetación escasa y suelos poco consolidados, características que favorecen la generación de escorrentías.

Rodríguez lo explica a partir de una fórmula sencilla: riesgo = amenaza × vulnerabilidad. La amenaza existe naturalmente. Las tormentas de verano pueden formarse rápidamente sobre el piedemonte, ser muy intensas y concentrarse sobre superficies relativamente pequeñas. El problema aparece cuando aguas abajo existe una gran ciudad.

El piedemonte, además, no constituye una única superficie por la que el agua baja indistintamente. Está dividido en cuencas, separadas por las propias elevaciones del terreno. Dependiendo de qué lado de esa divisoria caiga la lluvia, el agua buscará diferentes cauces y puntos bajos.

Entre las cuencas críticas aparecen San Isidro, con 145,7 km²; Papagayos, con 56,8 km²; Frías, con 24,5 km²; Maure, con 56 km²; y Cerro Petaca, con 22,9 km².

Detalles de las cuencas del área Metropolitana.

Y ahí comienza el viaje del agua.

Llueve en el piedemonte: ¿qué sucede después?

Una tormenta no descarga la misma cantidad de agua sobre toda una cuenca. Existe un núcleo donde la precipitación es más intensa y sectores periféricos donde llueve menos.

Cada pequeña subcuenca comienza entonces a aportar agua hacia un cauce mayor. Los caudales se van sumando a medida que avanzan hacia las zonas bajas. Es justamente allí donde aparecen algunas de las principales obras de defensa.

Los diques aluvionales no funcionan como Potrerillos. No fueron construidos para mantener permanentemente un gran espejo de agua, sino para recibir crecidas extraordinarias y regularlas.

Maure, Frías y Papagayos forman parte de esa lógica. Rodríguez utiliza una comparación doméstica para explicarlo: un balde al que se le hace un agujero en el fondo.

Durante una tormenta puede ingresar al "balde" una enorme cantidad de agua en muy poco tiempo. Pero el orificio de salida está calculado para dejar escapar solamente una cantidad determinada.

En una presa sucede algo similar. La crecida ingresa al vaso y el excedente queda temporalmente almacenado, mientras las estructuras de descarga liberan un caudal compatible con la capacidad del colector ubicado aguas abajo.

"Almacenan la crecida que nos pasaría por encima y la van desagotando de a poquito", explicó Rodríguez.

Por eso, ver uno de estos diques con una gran cantidad de agua después de una tormenta no significa necesariamente que estuvo a punto de fallar: significa que estuvo trabajando.

Del dique al colector: cómo se conduce el agua por la ciudad

Una vez atenuada la crecida comienza la segunda parte del sistema: conducirla. De sur a norte aparecen distintos colectores que reciben el agua de las cuencas y la transportan por corredores determinados.

Uno de ellos es el colector Sosa, que capta los escurrimientos de su cuenca en el sector de Chacras de Coria. Parte de la infraestructura atraviesa la zona vinculada con la Ruta Provincial 82 y continúa hacia sectores urbanizados.

Más al norte aparece el sistema Tejo-Viamonte.

El Viamonte muestra, además, cómo Mendoza fue transformando antiguos cauces naturales a medida que crecía la ciudad. Rodríguez recordó que durante años el agua recorría naturalmente ese territorio hasta que se decidió sistematizar el cauce.

Las diferencias entre las distintas obras hidraúlicas.

¿Para qué revestirlo?

Para darle al agua un camino preferencial y controlado, disminuir la posibilidad de desbordes y evitar la erosión de las márgenes.

La lógica es: captar, regular y conducir.

Maure y Frías: los grandes "frenos" antes de la ciudad

La cuenca Maure permite visualizar con claridad cómo funciona una presa aluvional. Los diferentes cauces que recorren las subcuencas terminan concentrando sus aportes en la parte baja. Allí se encuentra el dique Maure.

Dique Maure.

Si la intensidad de la lluvia supera la capacidad con la que puede evacuarse el agua hacia el colector, el volumen restante comienza a almacenarse en el vaso.

Las presas poseen además vertederos de seguridad. Como son estructuras construidas con materiales sueltos, no están diseñadas para que el agua pase por encima de su coronamiento. Ante un evento extraordinario, el vertedero permite evacuar el excedente por un lateral antes de alcanzar ese nivel.

El dique Frías trabaja bajo el mismo principio. Y detrás de esa obra existe una historia particularmente dolorosa para Mendoza.

El día que colapsó el dique Frías.

El aluvión de 1970 que cambió la historia hidráulica de Mendoza

El 4 de enero de 1970, una gran crecida en la cuenca Frías provocó el colapso del antiguo dique. Según recordó Rodríguez durante la entrevista, 25 personas murieron y se produjeron enormes pérdidas materiales.

Por el colapso del dique Frías murieron 25 personas.

Después de aquella tragedia se construyó el actual dique Frías, a comienzos de la década de 1970. El Maure, en cambio, databa de fines de los años 40.

La infraestructura aluvional que hoy atraviesa Mendoza, por lo tanto, no apareció de una sola vez. Fue creciendo durante décadas, muchas veces como respuesta a los efectos que dejaron grandes tormentas y aluviones.

La propia Dirección de Hidráulica tiene como misión legal brindar seguridad a las personas y sus bienes frente a los aluviones que ocurren en la provincia.

Papagayos: contener primero y conducir después

Más al norte aparece otro de los grandes sistemas: Papagayos. Aguas arriba, el dique recibe la crecida. Desde allí el agua comienza a liberarse y continúa por cauces que, en algunos sectores, conservan características naturales.

Dique Papagayos.

A partir de avenida Champagnat comienza el tramo más urbanizado. Y allí se produce una confluencia clave: Papagayos, el colector Infanta y el desagüe proveniente del barrio San Martín se unen para dar origen al colector Zanjón de los Ciruelos.

Ese punto es fundamental para comprender uno de los principales problemas actuales del sistema.

Zanjón de los Ciruelos, el colector que quedó "acorralado" por la ciudad

El colector San Juan de los Ciruelos recorre cerca de siete kilómetros y recibe no solamente agua proveniente del piedemonte, sino también buena parte del drenaje urbano.

Y está sometido a una presión que no existía cuando fue diseñado. Décadas atrás, buena parte de esos terrenos permanecían en estado natural. Cuando llovía, una porción del agua se infiltraba en el suelo, quedaba interceptada por la vegetación o se evaporaba.

La urbanización modificó ese equilibrio. Calles, techos, veredas y superficies impermeables disminuyen la capacidad del suelo para absorber agua. Como consecuencia, una mayor proporción de cada tormenta termina convirtiéndose en escorrentía y llegando a los colectores.

Zanjón de los Ciruelos.

Rodríguez lo ejemplificó con números sencillos: donde antes podía llegar un caudal equivalente a "10", con la impermeabilización puede terminar llegando "15".

"El Ciruelos quedó acorralado porque cada vez recibe más agua y cada vez de manera más recurrente", explicó.

Los puentes también pueden convertirse en un problema

Existe otro factor menos evidente. Un colector puede tener una determinada capacidad hidráulica, pero un puente mal resuelto puede reducirla.

Rodríguez explicó que algunas vigas y estructuras avanzan sobre la sección por donde debería circular el agua. Cuando el colector llega prácticamente lleno, la corriente encuentra ese obstáculo y puede salir hacia los costados.

Por eso, varios episodios de desborde del Ciruelos se producen precisamente en sectores de puentes.

Hidráulica exige actualmente que cualquier obra que atraviese sus cauces pase por un procedimiento de interferencia, con una premisa fundamental: no disminuir la sección hidráulica disponible.

San Isidro: desviar el agua antes de que avance sobre la ciudad

Hacia el norte aparece la cuenca más extensa de las identificadas en la presentación: San Isidro. Allí el funcionamiento es diferente.

La infraestructura de San Isidro no actúa principalmente como una presa que almacena temporalmente una crecida, sino mediante una gran estructura derivadora.

Un muro de aproximadamente 600 metros intercepta los escurrimientos y los desvía hacia el arroyo San Isidro. Desde allí continúan su recorrido hasta alcanzar el colector Las Heras.

Colector Las Heras.

Rodríguez lo define como un "colector escudo": en lugar de acompañar simplemente el descenso oeste-este del agua, intercepta los escurrimientos y los conduce hacia el norte, hasta el dique Campo Espejo.

La idea vuelve a ser la misma: evitar que el agua continúe naturalmente hacia sectores densamente poblados y darle otro camino.

Una red que necesita estar limpia para funcionar

Toda esa ingeniería tiene una condición básica: los cauces tienen que permanecer libres.

En Papagayos, por ejemplo, existe un problema recurrente con la disposición de residuos en determinados sectores. Hidráulica retira basura y poco tiempo después vuelven a aparecer residuos.

Limpieza en el dique Papagayos.

No se trata solamente de una cuestión ambiental.

Cuando llega una crecida, ramas, residuos voluminosos y basura pueden desplazarse y acumularse contra puentes, alcantarillas u otras estructuras, disminuyendo la capacidad hidráulica.

"El colector no es un basural", sintetizó Rodríguez al describir el problema.

La Dirección dispone de unos 80 equipos destinados al mantenimiento de una infraestructura que se rompe, se embanca y necesita intervenciones permanentes.

El Canal Cacique Guaymallén, receptor de todo el sistema

Para comprender cómo funciona la red hidráulica del Área Metropolitana hay un dato central: los escurrimientos que son captados y conducidos por los distintos diques, colectores, canales y zanjones terminan derivando hacia el Canal Cacique Guaymallén.

Es decir, las obras distribuidas en las diferentes cuencas cumplen distintas funciones y recorren diferentes sectores del Gran Mendoza, pero el Cacique Guaymallén funciona como receptor de esos escurrimientos.

Canal Cacique Guaymallén.

Desde allí, el agua continúa su recorrido hacia el norte de la provincia, hasta Lavalle. De esta manera se completa un circuito que comienza con el agua que baja desde las cuencas del piedemonte, atraviesa el sistema de defensa aluvional del Área Metropolitana y finalmente es conducida fuera de la zona urbana.

Este recorrido permite entender el sistema en su conjunto: no se trata solamente de diques o colectores independientes, sino de una red de obras conectadas que conducen el agua hacia un receptor común.

Y este año podría darse una postal que permita visualizar hasta dónde llega ese recorrido. Ante la posibilidad de una temporada con mayores aportes de agua, desde Hidráulica consideran probable que vuelva a observarse agua en la Laguna del Rosario, en Lavalle.

¿Cuánta lluvia puede soportar el sistema?

La pregunta parece sencilla, pero no tiene una única respuesta.

Parte de la infraestructura fue construida hace varias décadas, cuando todavía no existían los estudios hidrológicos disponibles actualmente.

Hoy las tormentas se caracterizan mediante las llamadas curvas IDF: intensidad, duración y frecuencia.

Son, en palabras de Rodríguez, una especie de "DNI" de las tormentas: permiten conocer cómo se comportan estadísticamente las precipitaciones de una región.

Las primeras curvas para Mendoza se desarrollaron en 1998 y fueron actualizadas en 2008. La Provincia prevé volver a actualizarlas en 2027 mediante un convenio con la UTN y el trabajo conjunto con especialistas del Instituto Nacional del Agua.

La necesidad no es menor: la ciudad cambió, el piedemonte cambió y también debe revisarse permanentemente la información con la que se diseñan las obras.

Rodríguez recordó un antecedente para dimensionar la resistencia de la infraestructura. En 2021 se registraron 80 milímetros en uno de los pluviómetros durante un evento que terminó descargando sobre el Ciruelos. La fuerza del agua dañó alrededor de 200 metros de losa del colector.

Sin embargo, la obra no colapsó. Y allí aparece una distinción importante: una infraestructura puede sufrir daños durante un evento extremo y, aun así, cumplir su función si evita que esa masa de agua termine avanzando sobre los barrios.

El Niño: ¿está preparado el Gran Mendoza?

Es la pregunta que sobrevuela toda la preparación para la próxima temporada. La respuesta del director de Hidráulica evita los absolutos.

"Mendoza está preparada, sí. Esa infraestructura puede verse desbordada, sí, ya ha pasado", afirmó Rodríguez.

La preparación, por eso, no consiste en prometer que nunca habrá anegamientos o desbordes. Consiste en reducir la vulnerabilidad antes de que llegue la tormenta.

Hidráulica trabaja con los municipios, Irrigación, Defensa Civil y otras áreas provinciales en limpieza, mantenimiento y coordinación. El objetivo es retirar basura y embanques, mantener despejadas las estructuras y evitar obstáculos que reduzcan su capacidad cuando lleguen los grandes caudales.

El propio Rodríguez señaló que la convocatoria del Gobierno provincial a los intendentes permitió reforzar esa coordinación ante un verano que genera preocupación.

Una enorme infraestructura que solo se ve cuando llueve

Buena parte del año, un dique aluvional puede parecer simplemente una enorme depresión seca. Un zanjón puede llevar apenas un hilo de agua. Un colector puede atravesar silenciosamente barrios y avenidas sin llamar demasiado la atención.

Hasta que llega una tormenta. Entonces, las cuencas comienzan a concentrar agua, los cauces naturales la conducen, los diques reciben la crecida, los vasos la almacenan, los descargadores regulan su salida y los colectores transportan el caudal por la ciudad.

La geografía del piedemonte y sus pendientes determinan el recorrido del agua que, durante las tormentas, desciende hacia las zonas urbanizadas del Gran Mendoza.

Todo ocurre encadenado.

Y ese es probablemente el concepto más importante para comprender el sistema hidráulico del Gran Mendoza: ninguna obra funciona sola.

Un dique necesita un colector capaz de recibir lo que descarga. El colector necesita puentes que no reduzcan su sección. Los cauces necesitan permanecer libres de basura. Y el sistema completo debe adaptarse a una ciudad que continúa creciendo sobre un territorio donde las tormentas intensas existían mucho antes de que existieran las calles, las casas y los barrios.

La amenaza, como explica Rodríguez, siempre estuvo allí. Lo que cambió fue Mendoza. Y la tarea de la infraestructura hidráulica es conseguir que, cuando el agua vuelva a bajar desde el piedemonte, encuentre un camino antes de encontrarse con la ciudad.

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