El Día del Maestro y la Maestra se celebra en todos los rincones de Argentina el 11 de septiembre y, aunque los debates actuales se centran en mejorar las condiciones educativas, hay varias historias de docentes que materializan lo que llaman vocación. En Mendoza, en una escuela albergue de Lavalle, en pleno secano, aparece una de ellas a través de Claudia Calvente.
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Cómo es enseñar en una escuela albergue de Lavalle: "Por una semana somos una familia"
Con 16 años de experiencia como docente, por el Día del Maestro, Claudia Calvente cuenta cómo es trabajar y afrontar los desafíos de enseñar en una escuela albergue del secano lavallino.
A pesar de que le queda solo un año para jubilarse, carga consigo la experiencia de 16 años que, según ella, la lleva a elegir las escuelas de modalidad rural por decisión propia. Ahora espera dejarles a sus alumnos, a quienes considera su familia, la valoración de la educación como herramienta de vida.
Crear un segundo hogar en Lavalle: cómo nació la vocación de Claudia
Según datos del Gobierno provincial de 2023, un total de 50 escuelas de modalidad hogar se encuentran distribuidas en toda Mendoza. Allí reciben a niños y adolescentes bajo modalidades y niveles mixtos que conviven en una misma institución, lo que también implica diversas tareas para los docentes, desde enseñar hasta llevar a los estudiantes al hospital.
Así lo refleja el relato de Claudia Calvente ante Sitio Andino, quien es docente de la escuela albergue N.° 4-161 del paraje José Miguel Graneros, en Lavalle. Sin embargo, no fue el primer lugar donde trabajó. Con 16 años de experiencia como docente en diversas modalidades, pasó 13 años en la enseñanza primaria, luego se desempeñó en el nivel secundario en la escuela N.° 4-161 de José Miguel Graneros, de la localidad Gustavo Andrés, y también tuvo un paso por la modalidad de educación para adultos en Costa de Araujo.
“En todos estos años pasé por diferentes escuelas. Generalmente, elijo las de modalidad rural. Son mi elección. Trabajar en Lavalle, hoy en día, es una elección mía”, dijo la docente, quien es oriunda de Ciudad y debe recorrer una distancia de 200 kilómetros, en un trayecto de entre dos horas y media y tres horas.
El origen de su vocación por la enseñanza está en su familia y en su amor por las causas sociales: “Es una historia con bastantes ausencias y con una familia muy contenedora a nivel maternal, no en lo paterno. Creo que es donde empieza mi vocación por lo social. Es mi gran fuerte, y por buscar siempre trabajar en lugares rurales ”, afirmó.
Aunque sus expectativas eran reales, como en todo primer día de trabajo, Claudia tuvo que enfrentarse a la realidad del aula: “Mi primer trabajo fue en Guaymallén, en la escuela primaria Guaymaré. Obvio que inicié con muchos miedos, porque nunca había estado frente a niños, en ese momento, de 7.° grado. Yo daba comunicación”.
Lejos de valorar las complejidades sociales del establecimiento como un obstáculo, allí encontró el desafío perfecto para formarse, pero no habría sido posible sin apoyo: “Fue un desafío estar ahí, pero uno bonito, porque es ahí donde la primera directora me dio la confianza de que lo iba a poder hacer ”.
Al regresar a su niñez, Claudia recordó a la figura que la inspiró para ser maestra, que no sería otra que una colega: “La secundaria me marcó mucho. Fui al Colegio Compañía de María y tuve una profesora, Silva Lazardi, que me acompañó mucho y me sentí muy contenida por ella ”, reveló.
Psicopedagogía era la carrera que había elegido, pero, por cuestiones económicas y por haberla iniciado años después, reconoció a Lizardi como la persona clave para encender su pasión por la solidaridad y el amor. A eso se sumó un gran grupo humano de compañeras que, a casi 40 años de haber egresado, continúan siendo amigas. Para Claudia, la amistad en el ámbito educativo es clave: “Yo le digo a los chicos siempre que tienen que cuidarse entre ellos, porque no sé si se están dando cuenta del tesoro que están cultivando con la amistad ”.
Un trabajo del día a día en la escuela albergue: “Somos todos una familia”
En el establecimiento N.° 4-161, ubicado al límite de la provincia de San Juan, en el paraje San Miguel de los Sauces, la dinámica escolar se transforma durante una semana. Primero concurren los estudiantes de nivel primario y luego ingresa la secundaria, de 1.° a 5.° año, de lunes a sábado.
Como es un cursado muy extenso, Claudia detalló cómo inicia su jornada de trabajo con varios alumnos: “Comienza a las 7 de la mañana hasta las 13, y después, nuevamente, a las 15 o 20 hasta las 21. Aunque ahora va a haber una modificación, va a ser una prueba piloto. Tenemos 78 adolescentes ”.
No todos los estudiantes son de la zona, por lo que la docente explicó que la escuela es importante, ya que forma parte de las cuatro instituciones de modalidad albergue en el secano de Lavalle: “Recibimos estudiantes de 6 escuelas primarias. Por eso la matrícula en la secundaria es más grande ”, explicó.
Uno de los mayores desafíos no comienza al momento de enseñar o lograr que los alumnos aprueben, sino desde que salen de sus casas y deben recorrer varios kilómetros para llegar a la escuela: “Por ejemplo, los chicos del paraje El Retiro hacen hasta 150 kilómetros para llegar y no es que el transporte va casa por casa buscándolos, sino que hace un recorrido y ellos suben en el lugar más cercano”, dice la maestra.
Desde la salita de 4 años, los estudiantes deben acostumbrarse a esta modalidad. En ese sentido, si bien Claudia considera que la educación es lo primordial, entiende que este contexto también requiere pensar en los lazos emocionales: “En la escuela todos somos una familia, o en una semana lo somos. Incluso, los llevamos al doctor por si les duele la panza, la cabeza o los contenemos si se ponen a llorar”.
Si bien ella reniega de la conexión, que debería acercarlos a través de internet y las redes sociales, reconoce que termina por distraerlos, aunque en parte comprende sus acciones: “La carga horaria es muy extensa, y creo que es entendible, porque yo pienso que si me hubiera tocado estar desde las 7 de la mañana sentada hasta las 21 horas, yo no sé si hubiera terminado la secundaria ”.
También valora el esfuerzo de quienes deben enviarlos, ya que la familia de cada estudiante debe pasar varios días fuera de su casa: “Los chicos hacen un esfuerzo enorme y las familias también, porque son 5 días y medio donde están fuera de su familia y pasamos a ser nosotros su familia ”, reveló Claudia.
Aunque es una profesión que puede tener sus lados malos, como los cruces con padres o el desgano adolescente, para la docente mendocina todo se trata de confiar en sus alumnos: “Si un docente no te cree, no te mira y sabe que no tenés los mismos ojos que los de la semana pasada, o que tu ataque de ira no es normal en vos y no lo pudo ver, y ahí viene la baja de puntos y el llamado de atención. ¿A dónde hemos quedado? ¿Qué estamos haciendo? ”.
“Gracias por estar”: Claudia y las enormes anécdotas que vivió en la escuela
Más de una década dando clases dejó en la maestra algunos de los mejores recuerdos que, para ella, son el combustible para dar lo mejor de sí siempre: “Generalmente, son esos grandes desafíos que se presentan en los últimos años. Por ejemplo, ese estudiante por el que nadie daba nada, y vos lo seguís apoyando y que asista al acto de fin de año y diga: ‘gracias por haber confiado en mí’. Ahí es donde yo le digo: ‘¿Lo lograste vos? No lo logré yo’”.
Sin embargo, el mejor momento lo tuvo cuando la escuela albergue logró gestionar un viaje escolar en avión hacia Villa La Angostura. Lo llamativo, según Claudia, es que lo hicieron por primera vez y eso les permitió explorar otro tipo de paisajes: “Los padres trabajando todos en conjunto para que eso se pudiera realizar. Un padre aportando un chivo para un sorteo, el otro haciendo carne a la olla para vender. Era un trabajo en comunidad para lograr un solo objetivo en común ”, recordó.
Además de apostar por el alumno al que más le cuesta y concretar viajes, para Claudia el tercer momento que la hace sentir mejor es cuando recibe saludos de exalumnos, varios de los cuales la identifican como una figura materna: “Hay niñas que me saludan para el Día de la Madre y me dicen: ‘gracias por haberme escuchado’, ‘gracias por estar’ o ‘gracias por el reto’ ”.
Entre todos sus dichos, Claudia siempre espera llenarse de alegría al ver que sus estudiantes culminen sus estudios secundarios: “Algunos continuaron estudiando, y los que no lo han hecho es porque deciden vivir en el campo, y eso también es valorable, que decidan continuar en su lugar. Pero, por lo menos, se llevaron de la escuela una herramienta, que es el secundario ”.
Últimas reflexiones: “Ser docente es amar lo que uno hace”
En el cierre de esta entrevista, Claudia tomó conciencia de sus últimos años de trabajo y, de forma agridulce, tuvo en cuenta que su retiro se aproxima. Así lo resume: “Tenés que amar el trabajo que hacés. Te tiene que gustar lo que hacés, porque ahí es donde tenemos a los docentes enojados y sin motivación. Primero es amar lo que hago, levantarme cada mañana pensando que puedo dar lo mejor de mí, con mis errores y mis aciertos”.
El trabajo en equipo junto a sus compañeros es también otro de los valores que intenta transmitir a sus alumnos, sobre todo a quienes terminan la secundaria: “Siempre digo que cada 5.° que se va, que son entre 15 y 17 estudiantes, y al menos que a uno de ellos le haya quedado una palabra mía en algún momento que la hayan necesitado, yo ya me siento feliz y satisfecha ”, revela.
Que crean en ellos y que, con sacrificio personal, puedan avanzar es lo que la docente busca resumir de sus pensamientos, aunque también expresa que el acompañamiento de las familias es gigantesco para enviarlos a la escuela: “Hacer 150 kilómetros les implica gastar 100.000 pesos de combustible y no los hay. O si tienen que pagar una movilidad, no les cobran menos de 50.000 pesos por 20 o 30 kilómetros”.
“Yo me quedo con eso, con que haya podido acompañar a alguno de ellos en algún momento de su vida. Una palabra, un cariño, un gesto y lo sigo viviendo al día de hoy, cuando me los encuentro en la calle, recuerdan mi nombre y me acerco a charlar. Ese es el mejor regalo de un docente ”, concluye Claudia.