Una de las particularidades de la economía argentina es la permanente formación de activos externos, popularmente conocido como fuga de divisas. Un problema que, con diversos procedimientos y por más controles que se pongan, parece insalvable en nuestra economía.
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Divisas y el mal del vuelo interminable
Hubo periodos donde el flujo de capitales fue más o menos controlado, otros (como la gestión anterior) dónde prácticamente fue descontrolado y en esta donde se profundizaron los controles que parecen dar un resultado mucho menor al esperado.
El economista Horacio Rovelli publicó hace pocos días un interesante informe a partir de los datos actualizados del balance del BCRA que confirman que la sangría continúa y continúa a pesar de los controles y trabas que pone el equipo económico
Tomando como base el reciente programa que fijó un dólar especial para la liquidación de exportaciones del complejo agroexportador sojero Rovelli ejemplifica claramente la situación que le significó al Estado la entrada de divisas por algo más de 7500 millones de dólares que además significaron un esfuerzo extra para el Tesoro de unos 382 mil millones de pesos que, como confirmó el ministro Massa el día de cierre del periodo especial, fueron a parar a manos de solo 44 mil productores y personas jurídicas aunque un enorme porcentaje de ese dinero solo se concentró en no más de 20 grandes acopiadores y exportadores de granos.
El objetivo de esa operatoria especial (como de otras que se anunciaron después) era incrementar las reservas de dólares del país, uno de los grandes problemas que complican permanentemente la macroeconomía.
Sin embargo ese esfuerzo de todos en beneficio de unos pocos solo fue un parche que apenas permitió andar unos kilómetros antes que la rueda vuelva a desinflarse
Rovelli expresa que al 26 de septiembre se emplearon para pagar intereses y compromisos en el exterior (incluidos los 2.590 millones de dólares pagados a esa fecha al FMI y que deberían ser reintegrados con la cuota correspondiente con la aprobación de las metas del segundo semestre de 2022 en estos días de octubre) la suma de 4.900 millones de dólares. La diferencia (1.100 millones de dólares), así como ingresó al BCRA, se fue para pagar compromisos del sector privado; dólar tarjeta, dólar ahorro y deuda externa de las empresas, esto último entre muchas comillas.
La realidad indica que las reserva internacionales brutas del BCRA son a fin de septiembre casi 9000 millones de dólares menos que cuando asumió Alberto Fernández y si se comparan con una año atrás casi 7 mil millones menos a pesar de que el superávit de la balanza comercial argentina desde enero de 2020 hasta agosto de este año es de 29500 millones de dólares, sin contar el producido por el dólar soja que podría llevar el número a cerca de 32 mil millones.
Los datos son incontrastables, durante está gestión a pesar de los controles y diversos dólares se fueron por la canaleta de la fuga(que parece no preocupar a nadie) 40 mil millones de dólares; esos 32 mil de superávit de la balanza más la disminución de casi 9 mil millones de las reservas netas del Central
Desde el Central admiten (no oficialmente) que más de 20 mil millones de esos dólares se fueron en empresas grandes que aprovecharon el dólar relativamente barato para cancelar “deuda” (muchas con sus propias casas matrices) e importaciones.
Rovellí también advierte que no solo se termina beneficiando a los grandes exportadores, en detrimento del resto de la economía, sino también a los bancos ya que el BCRA y el Tesoro se ven compelidos a absorber la cantidad de pesos extras lanzados al mercado a tasas que superan largamente el 75 por ciento y además encarecen las tasas de crédito para la producción y la activación de la economía.
El dilema de la frazada corta aqueja por demás a un gobierno que a pesar de los esfuerzos no logra controlar la sangría que provoca el eterno deporte argentino de la fuga de divisas.
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